Economía y Desarrollo
Demagogia y caudillismo: se cultivan en las crisis y nos condicionan al subdesarrollo
Andrés Mideros

Andrés Mideros

Doctor en economía, máster en Economía del Desarrollo y en Política Pública. Decano de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

Actualizada:

28 Jul 2020 - 19:00

La demagogia es, según la RAE, la “degeneración de la democracia, consistente en los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”.

La enciclopedia de la política, de Rodrigo Borja, se recoge la concepción original que Aristóteles da a la demagogia, como aquello en que se convierte la democracia cuando se suplanta el interés colectivo por el individual, de la misma manera que la monarquía degenera en tiranía y la aristocracia en oligarquía.

Así mismo, en la enciclopedia se señala que Montesquieu “decía que cuando la democracia está dirigida por personas mediocres el peligro de que degenere en demagogia es inminente”. Para Borja, es un estilo engañoso e irresponsable de ejercer el poder o hacer política, ofreciendo lo que no podrá cumplirse.

Ecuador tiene una vida republicana de 190 años. En este periodo, se ha (re)fundado 20 veces. Son 20 constituciones, con una vida promedio de 9,5 años, siendo las de mayor duración las de 1906 (23 años), 1946 (21 años), 1978 (20 años), 1884 (13 años) y 2008 (12 años).

La RAE define al caudillismo como caciquismo, y a este como el “sistema político basado en la dominación o influencia del cacique”. Borja, en su enciclopedia, define al caudillo como “el jefe o conductor de un Estado, partido o grupo político, cuyo poder se funda en determinaciones individuales y no en principios ideológicos”.

El caudillismo, dice Borja, es el ejercicio del mando de manera personal antes que institucional del Estado, corresponde al subdesarrollo político ya que en los procesos de desarrollo político-institucionales el poder público se descentraliza y diversifica. Los caudillismos se explican, en la historia, por la inmadurez y desorganización que demanda “personas fuertes” que impongan disciplina y mantengan la unidad social.

Ecuador, en su historia republicana de 190 años, suma 87 jefaturas de Estado, con una duración promedio 2,2 años cada una. Quienes más tiempo han ostentado el poder son José María Velasco Ibarra (13 años, en 5 periodos), Gabriel García Moreno (12 años, en 3 periodos), Eloy Alfaro (11 años, en 2 periodos), Juan José Flores (10 años, en 2 periodos) y Rafael Correa (10 años, en 3 periodos consecutivos), además de varias juntas militares que suman un poco más de 14 años en varios periodos. Si se retira del cálculo, a estas cinco personas y a las juntas militares, los demás periodos duraron menos de dos años en promedio.

La historia de Ecuador tiene ciclos claramente definidos de auge económico con estabilidad política, para luego caer en crisis económico-social y pugna por el poder. Estos ciclos han sido y son “caldo de cultivo” para la demagogia, y para que desde el interés personal aparezcan candidatos a caudillo.

Cada ciclo trae además una propuesta de refundación, y con ello permanentes retrocesos y capturas del poder político por intereses de grupo, plutocracias lo han llamado los historiadores, círculos vicios del subdesarrollo lo categorizan Acemoglu y Robinson en el aclamado libro “Por qué fracasan los países”.

Para lograr cambios hay que hacer las cosas diferentes, dar paso a mayor descentralización del poder político, a liderazgos de mayor horizontalidad, a fortalecer garantías institucionales para que el Estado sirva al bien común y no al gusto del gobernante de turno, a generar un sistema económico centrado en el bienestar y la inclusión, y no en la acumulación y acaparación.

¿Aprenderemos de la historia o la repetiremos una vez más?

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