Contrapunto

El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte

Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

8 Oct 2022 - 5:27

La fuerza narrativa de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) está en todos sus libros de disímiles temáticas, incluso en ‘El maestro de esgrima’, una de sus primeras novelas, publicada en 1988 y reeditada en 2021 por Alfaguara.

Al contrario de la trilogía ‘Sabotaje, Eva y Falcó’, esta novela tiene un comienzo lento y hasta cierto punto un lenguaje técnico para quienes desconocemos la esgrima, un deporte que se disputa con espada, sable y florete.

Sin embargo, pese a ese detalle, la novela permite apreciar toda la habilidad del escritor para contar una historia poco conocida, pero que se vuelve vertiginosa cuando los personajes comienzan a participar en la trama.

No son demasiadas las figuras importantes, en tanto que las secundarias están ubicadas en la España de 1866, bajo el reinado de Isabel II (la católica) y en un ambiente de conspiraciones políticas y pretensiones revolucionarias.

Se sitúa en el denominado Madrid galdosiano, que aún era un pueblo atrasado, pobre, en el que nunca ocurría nada, pero Pérez-Reverte se encarga de darle vida y acción.

Una España que, de acuerdo con uno de los personajes, necesitaba de “una buena y encarnizada guerra civil con mucho mártir, barricadas en las calles y con el pueblo soberano asaltando el Palacio Real”.

También se dice en el libro que los dos aportes decisivos para la historia de la humanidad habían sido “la imprenta y la guillotina”.

El principal protagonista de esta historia es Jaime Astarola, un sexagenario maestro de esgrima culto, muy respetado por la comunidad por su maestría en el manejo de los utensilios de acero.

El otro personaje, también diestro en el uso del florete, es Luis de Ayala-Vallespín, de origen noble, marqués de Alumbre, ambicioso, locuaz.

Y tan importante como los dos anteriores, la enigmática doña Adela de Otero, 25 años, de belleza seductora, que también practicaba la esgrima y metió a los dos hombres en una encrucijada sin retorno.

Adela aparece en la vida de Jaime Astarola, cuando le pide que le enseñe algunas maniobras con el florete, especialmente la mortal estocada conocida como la de los doscientos escudos o simplemente “estocada perfecta”.

El libro transcurre entre cuarta, parada de cuarta, tercia, parada de tercia, tercia sobre el brazo, cuarta a fondo, hombros y cabeza atrás, cuarta sobre el brazo, parada en primera, parada en cuarta…

Un lenguaje técnico y específico que, en el caso de la novela, es vital para matar, conspirar y luchar por el honor.

Todo acontece en Madrid, sin embargo, desde el interior se conspira contra la reina; Ayala-Vallespín guarda secretos, que comparte con Astarola: un sobre con documentos comprometedores que contiene los nombres de los conspiradores.

El maestro de esgrima ignoraba y no le interesaba la política, por eso prefirió compartir los documentos con su amigo periodista Agapito Cárceles -que tenía aspecto de cura exclaustrado- que sí conocía los entresijos del poder.

Fue la peor decisión del periodista y también del maestro de esgrima, que se enteró demasiado tarde del papel que desempeñaba en la trama la bella Adela de Otero.

Al contrario de las novelas del siglo XXI de Pérez-Reverte, en las que la lucha cuerpo a cuerpo entre los personajes Eva y Falcó llegan hasta la agonía, aquí la pelea es con armas de acero; Adela maneja un florete con punta afilada, el arma de Astarola tenía un botón en el extremo.

La batalla final, tras revelarse el contenido de los documentos, solo podía ser ganada por quien aplique mejor la definitiva estocada de los doscientos escudos.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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