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Más democracia y menos desigualdad, cómo funciona la ecuación

Susana Herrero Olarte

PhD en Economía. Especialista en desarrollo. Coordinadora del Centro de Investigaciones Económicas de la Universidad de Las Américas.

Actualizada:

07 abr 2021 - 19:00

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La democracia es la mejor forma de limitar la ambición de más poder y más dinero. Esa concentración de recursos que impide reducir la desigualdad.

En la práctica, no existe un techo para el poder y el dinero. El que un grupo político o económico, cualquiera que sea, haya alcanzado cierto nivel de poder y prosperidad, no garantiza que vaya a conformarse. Querrá más. Y los de abajo quedarán cada vez más abajo, hasta que nadie los vea.

No es la ideología lo que limita el ansia de poder, es la institucionalidad. Cuando contamos con una buena institucionalidad, reconocida, construida, legitimada y defendida por todos, se atreven menos a atacar la democracia porque saben que el sistema no los va a dejar (y que además van a quedar mal ante la opinión pública).

Explícitamente la meta no es la acumulación. Nadie dice que va a cercenar las instituciones democráticas ni que les va a tapar la boca (más o menos discretamente) a los que menos poder tienen. Tampoco que habrá condenas sociales, desprecios más o menos sutiles para que el debate acabe reduciéndose y parta de puntos de vista absurdamente lejos del consenso.

No dicen nada, hasta que nos damos cuenta de que lo que pensamos es entonces menos libre y cada vez más radical. Nos da incluso hasta vergüenza decirlo.

Implícitamente, la meta tampoco es la acumulación de riqueza y poder. Creen que sus razones para limitar la democracia son legítimas. Son los únicos que pueden hacerlo bien y creen que cuando los otros llegan al poder es un error.

Es que los otros ni quieren ni pueden hacerlo bien. Son eso, un pequeño obstáculo en su propio plan de desarrollo y de crecimiento, que nunca cuenta con el contrario. Y cuando ya se está produciendo esa acumulación de poder y de dinero, es ese un mal menor en el camino. Un peso que han de cargar, pero que no escogen como verdadero pago por el trabajo terrible que es la política.

Los pactos de Estado de mínimos entre las principales fuerzas políticas sobre cuestiones aquí fundamentales, como la mejora de la calidad de la educación, el fortalecimiento de la dolarización o la reducción de la informalidad, ni están ni se los espera.

Son estos ejemplos de buenos niveles de institucionalidad. Una institucionalidad que, hecha entre todos, vela porque la ciudadanía tenga esperanza de mejora, de más y mejores oportunidades.

Siempre. La que premia a los gobiernos que dialogan con la oposición, a los que aprenden, a los que reconocen que se equivocan y corrigen.

La que no permite que la ciudadanía piense que aquí nunca se logrará reducir de verdad la desigualdad. Que el país se acaba, que no hay nada que hacer, que es la esperada condena (a más o menos largo plazo) de Ecuador. Seguimos.

  • #Ecuador
  • #Democracia
  • #Libertad
  • #desigualdad
  • #Institucionalidad

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