Contrapunto
La Nueva York ‘A prueba de fuego’ de Javier Moro
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

Actualizada:

8 Ene 2021 - 19:00

Javier Moro (Madrid 1955) tiene la virtud de transformar un tema para especialistas en una obra literaria para el entendimiento de la mayoría de los lectores. Su más reciente libro ‘A prueba de fuego’, editorial Espasa, indaga con mucho rigor el aporte de arquitectos españoles al desarrollo urbanístico de Nueva York.

Parecería un libro sobre arquitectura o ingeniería civil, sin embargo, es una historia que permite entender cómo un arquitecto y su hijo desarrollaron materiales de construcción que evitaron los incendios que arrasaban ciudades como Chicago, Boston y la misma Nueva York, en el siglo XIX y comienzos del XX.

“La arquitectura es una cosa colectiva ¿o es que alguien recuerda el nombre del que diseñó las pirámides?”

Dos personajes: Rafael Guastavino Moreno, el papá, conocido como “el arquitecto de Nueva York” y Rafael Guastavino Roig, cuyo nombre fue transformado a Rafael Guastavino Junior, como es costumbre en Estados Unidos.

El padre, con 39 años de edad, decide salir de España en 1881 para intentar cumplir el ‘sueño americano’, que conseguiría recién después de una década de penurias.

Las razones para emigrar a una edad que resulta tardía para cualquier emprendimiento y, más aún, considerando que en su natal Valencia gozaba de prestigio, nunca se las contó a nadie, pero su hijo se encargaría de averiguar hasta llegar a escalofriantes conclusiones, que se conocen al final del libro.

El hijo descubre, al poco tiempo de haber llegado a Nueva York con su padre, que su madre Paulina Roig tenía dos hijas con otro hombre.

Rafael Guastavino Moreno fue obligado a casarse con una prima cuando tenía 19 años y luego se separó cuando se descubrió que tuvo un hijo por fuera del matrimonio y ese hijo es Rafaelito.

Le tocó trabajar y aprender la arquitectura de manera empírica y llegó a ser maestro de obra, como se denominaba entonces a los arquitectos.

En Barcelona había conseguido fama y cierta estabilidad económica, pero súbitamente las abandona, deja a su esposa y a los tres hijos, pero se lleva a Paulina, una criada de la familia de su tío, con quien procreó a Rafaelito.

Dos interrogantes: ¿por qué se fue de Barcelona? ¿Por qué nunca regresó a España a pesar de añorarla tanto? Son reveladas en algunas cartas que Moro descubrió cuando viajó a Estados Unidos para completar la investigación, que comenzó en 2016.

Quien relata la historia es el hijo que tuvo una relación muy especial con su padre, pero que con el transcurrir de los años se transformó en rivalidad por causa de las infidelidades del padre y también porque derrochaba el dinero que entraba a Guastavino Company.

Cada crisis económica era una tragedia que se hubiese aliviado con ahorros.

La mexicana Francisca Ramírez, 20 años menor, se transforma en la eterna novia que en algo ayudaba a la estabilidad de la familia, pero cuando descubría cada infidelidad se regresaba a México y quien más sufría era Rafaelito, que la consideraba como su madre.

Proyectos como la estación del metro de City Hall, en la antigua Penn Station; la biblioteca de Boston, el puente de Queensboro, el capitolio de Nebraska o la catedral de San Juan el Divino destacan entre el millar de obras que acentuaron el prestigio de Rafael Guastavino Moreno, considerado como un innovador por llevar una técnica que había aprendido en Valencia y en Barcelona.

El sistema de construcción ignífugo, inspirado en la bóveda tabicada mediterránea fue una idea que le costó vender, pero cuando se probó su eficiencia aparecieron el éxito y el prestigio.

Tuvo que probar su invento de manera pública, frente a las autoridades y a la prensa neoyorquina; en un descampado, donde construyó una bóveda, colocó material que encendió él mismo con una antorcha, alcanzó mil grados Fahrenheit, ardió cuatro horas, y la cúpula no se desplomó.

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