De la Vida Real
Lo que nos dicen los objetos y los cuadros sobre nuestra vida
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

16 May 2021 - 19:01

En mi cuarto siempre hubo dos cuadros que, seguramente, mis papás no tenían donde más poner y colgaron uno en la pared frente a mi cama y otro sobre la puerta, desde donde se caía con cada portazo que daba.

No me había dado cuenta la importancia que estos cuadros tuvieron en mi vida, hasta que este sábado de encierro fue mi papá para ayudarnos a decorar la ampliación que hicimos en mi casa.

Feliz trajo cuadros, unos enmarcados y otros para enmarcar. Decidí quedarme solo con los que ya estaban listos para ser colgados.

Entre esos había un grabado de la pintora Sara Sánchez. Ese es el cuadro que vi desde que nací hasta que me casé. Ahí estaban tan perfectas y esbeltas seis bailarinas ensayando. Yo veía esa pintura y me imaginaba que era la protagonista del cuadro.

No tenía más de ocho años de edad cuando decidí ser bailarina. Entré a una academia de ballet. Fui feliz. Nos preparábamos para la primera presentación que se iba a realizar en la Casa de La Cultura Ecuatoriana.

Me acuerdo que mi abuela me hizo un moño apretadísimo y me pasó limón por la cabeza para que quedara el pelo bien pegado al cuero cabelludo. Me dolía hasta pestañear de lo apretado que estaba el peinado.

Todos fueron a mi presentación, mis papás, mi hermano, mis tíos y mis abuelos. Por fin era el personaje principal de mi propio cuento. No me acuerdo qué canción habremos bailado, pero la coreografía se trataba de unos pescados bajo el mar que bailaban con sirenas.

Cuando se terminó la presentación nos aplaudieron de pie. Salí feliz. Fuimos todos a comer comida china. Ese día se quedó guardado para siempre en mi memoria, porque a la siguiente clase la directora de la academia le dijo a mi mamá que no podía seguir asistiendo porque era muy gorda y el ballet estaba hecho para niñas delgadas.

Mi mamá cuando entró al auto solo me dijo: “Valen, ya no tengo plata para pagarte más estas clases, además la dueña es insoportable, vamos a encontrar otra escuela de ballet donde la dueña sea más inteligente”. Estas palabras también se quedaron guardadas para siempre.

Entré a mi cuarto y les entregué mi alma a las bailarinas del cuadro. Siempre que las veía ahí, tan erguidas y esbeltas, podía entenderles cómo les dolían los pies con sus zapatillas de puntas. Les entendía cómo se sentían de hermosas, vestidas con mallas y tutú y podía sentir su dolor de cabeza al contemplarlas con sus moños perfectamente templados.

En el fondo, prefería estar despeinada, sin ampollas en los pies y sin un tutú que me apretara la cintura.

Nunca sabemos lo valiosos que pueden ser los objetos con los que crecemos. Están ahí inertes, les vemos todos los días y llega un punto en que ya no nos fijamos en ellos.

Cuando mi papá sacó el cuadro de las bailarinas me acordé de toda mi vida: de los colores de mi niñez, de los olores de mi adolescencia, de los sabores de la adultez.

Entendí lo importantes que son los objetos en una casa: te trasportan al pasado o simplemente forman parte del presente teniendo una vida útil o adornando algún rincón olvidado.

También cuando me acostaba en mi cama y veía hacia la derecha estaba el cuadro del pescado viéndome. Y yo hablaba con él y no podía entender qué hacía un pescado fuera del agua. No tenía lógica que estuviera ahí quieto junto a un círculo rojo.

Luego crecí y comprendí que el marco de ese cuadro era irrompible, cada vez que se caía le volvía a poner en el sitio y me reía sola. Porque luego del ‘crashpum’ de cada portazo sonaba el ‘tarararac’ del cuadro en el suelo. Me paraba en la silla y lo volvía a colgar. Las iras se me pasaban, pero el orgullo no. Me quedaba ahí encerrada desahogándome con el pescado.

Tenía 26 años, cuando entró mi papá al cuarto, y, sin piedad, descolgó el cuadro del pescado. Me dijo que lo iba a regalar a un amigo que vivía en la playa. Lo encontré lógico porque el pescado debía estar en el mar. Ahora me doy cuenta de que ese cuadro también tiene mi esencia.

¿Cómo estará el pescado? ¿Le habrán cambiado de marco? Hubiera quedado tan lindo en mi nueva sala, pensaba mientras mi papá clavaba un clavo para colgar un cuadro rarísimo. “Ve qué lindo quedó este aquí. Ese cuadro estuvo en la casa de mi abuela toda la vida. Desde que yo era niño, estaba en el comedor. Qué alhaja que ahora lo tengas tú”, me dijo.

Y yo entendí que para mi papá ese cuadro era parte de su historia y ahora será parte de la vida de mis hijos y nuestra también.

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