Leyenda Urbana
Richard Carapaz nos vuelve a la realidad y hace llorar a los ecuatorianos
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

26 Jul 2021 - 19:23

Los ojos de Richard Carapaz, humedecidos por la emoción, al contemplar izar la bandera de Ecuador, mientras se entonaba el himno nacional, lo delatan.

Es la imagen de la gloria, en conexión, indisoluble, con la tierra que lo vio nacer; el país por el cual participó. Son instantes en los que, más allá de las palabras, es el corazón el que se expresa.

Su triunfo ha sido celebrado por los ecuatorianos con emoción y orgullo, al contemplar que, con coraje, valor e inteligencia estratégica, el nombre de un compatriota ha quedado grabado en la historia del olimpismo.

Richard Carapaz confirma que los héroes contemporáneos surgen, hoy, de los escenarios deportivos, en los que alcanzan el honor y la gloria.

Debieron pasar 25 años para que el país volviera a poner su nombre el cénit del deporte olímpico, desde cuándo el marchista Jefferson Pérez lo consiguiera en Atlanta, en 1996.

El oro olímpico de Ecuador proviene de las canteras de la dignidad de familias excepcionales, con vidas de carencias y sacrificios, en las que el pundonor parece ser el arma secreta para romper barreras infranqueables.

Las primeras lecciones de integridad y decoro de estos atletas las recibieron de sus madres. La de Jefferson, una mujer ciega que debió vender guineos en el mercado de Cuenca, para sustentar a su familia.

La de Richard, una mujer que se levanta al alba, en El Carmelo (Carchi), para ordeñar las vacas; tarea que el hoy campeón olímpico aprendió temprano, por lo que pudo relevarla cuando su madre debió ser hospitalizada, para tratarse de un cáncer de seno, 15 años atrás.

El paralelismo en las carreras de estos dos íconos del olimpismo, no deja de asombrar.

En su día, los expertos hablaron de las condiciones morfológicas excepcionales de Jefferson Pérez. De sus tobillos de goma para marchar kilómetros hasta treparse a los podios más elevados.

Hoy, se comenta de la singular condición física y la brillantez mental de Carapaz, así como de su depurada táctica ciclística para medir tiempos y distancia y, a la hora precisa, despegarse del pelotón hacia la gloria.

Flanqueado por el belga Van Aert, y el esloveno Tajed Pogacar, ciclistas de la élite mundial, en el podio de Japón, Richard Carapaz lucía gigante, con la presea dorada en su pecho.

La imagen es inédita porque, solo siete días atrás, los mismos tres actores estuvieron en el podio del Tour de Francia.

El tránsito de Carapaz hacia el Olimpo ha estado precedido de hazañas que hicieron que su nombre y el de Ecuador repercutieran en el mundo deportivo.

Primer lugar en el Giro de Italia (2019); segundo lugar en la Vuelta a España (2020), y tercer lugar en el Tour de Francia (2021). Un grado superlativo en deporte. 

En la prueba ciclística de ruta en el circuito de Fuji, la carrera de la ‘locomotora de Carchi’ fue de excepción: Seis horas, cinco minutos y 26 segundos, para recorrer 234 kilómetros.

Tras la contundente victoria, hizo declaraciones que muchos no habrían querido escuchar, pero que tenían que ser dichas, en instantes en que la atención nacional estaba en el más alto grado.

Tras la victoria hizo declaraciones que muchos no habrían querido escuchar, pero que tenían que ser dichas.

“El país nunca creyó en mí”, dijo Richard Carapaz, estremeciendo las fibras de 17 millones de ecuatorianos, muchos de los cuales conocían la terrible verdad.

A los 15 años debió irse a Colombia, para lograr respaldos. Fue una decisión difícil, dolorosa, pero providencial. Su imagen internacional comenzó allá, cuando los expertos en ciclismo pusieron los ojos en él, y su vida dio un giro.

Formó parte del equipo Movistar, alcanzado sonados triunfos; ahora está con el gigante Team Ineos, de Inglaterra, en el que también milita su compatriota, Jhonathan Narváez, su gregario en la hazaña de Tokio.

“El país nunca creyó en mí”.

Richard Carapaz.

El pueblo ecuatoriano ha estado siempre junto a Richard, siguiendo su trayectoria y festejado sus logros. Han fallado quienes tenían la obligación de hacerlo: los dirigentes, que también les han fallado a otros deportistas.

Que a las Olimpiadas hayan ido sin apoyo del Estado, es cruel y vergonzoso. Richard usó una bicicleta cedida por Ineos y ni siquiera tuvo masajista.

Marina Pérez participó en tiro deportivo, con armas viejas y no contó con entrenador para prepararse. Llegó a Tokio con “dificultades y carencias”.

Así ha sido desde antes. Cómo olvidar que la marchista Glenda Morejón, que ganó oro, en Kenia, en 2017, entrenaba con zapatos parchados; que Jonathan Amores debió hacer una rifa para comprar su pasaje a México, donde ganó bronce, en 2019; que la ajedrecista Carla Heredia y decenas de brillantes deportistas más, triunfan por la ayuda de la empresa privada.

Cómo olvidar que la marchista Glenda Morejón, que ganó oro, en Kenia, entrenaba con zapatos parchados.

Carapaz fue honesto y valiente al decir lo que dijo, en Japón. ¡Ya basta!

Las autoridades deportivas están obligadas a rendir cuentas. El país quiere saber qué han hecho, por lo menos, los últimos diez años.

Que lo hagan, será otro logro de Richard Carapaz, cuya hazaña, en Tokio 2020, nos devolvió a la realidad, al demostrar que los ecuatorianos pueden alcanzar el Olimpo, lo que nos hizo llorar de emoción.

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