De la Vida Real

Zapateando con reguetón para el programa del colegio

Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

5 Dic 2022 - 5:27

Luego de la pandemia, volver a un programa del colegio de mis hijos fue una experiencia surrealista.

Durante semanas, el colegio se organizó para hacer un circo. Los actores, los estudiantes de cuarto de básica; el público, los padres de familia.

El Rodrigo y La Amalia, mis mellizos, ensayaban juntos un baile. Debo reconocer que la descoordinación y la falta de ritmo de mis hijos es un asunto genético preocupante.

El Rodri algo atinaba en la coreografía, pero La Amalia nada y era ella la que le torturaba al Rodri todas las tardes para ensayar. 

-Ñaña, déjame en paz. Ya practicamos lo suficiente. 

-Bueno, que te pongan cero, que bailes feo. Ese no es mi problema.

-Bueno, voy, pero solo si ya te aprendes los pasos.

Y así se pasaron algunas tardes. Lo que no sabía es que ellos, por su cuenta, cambiaron la coreografía y la música oficial.

El día de la presentación en la escuela, la canción fue totalmente distinta a la que practicaban en la casa. Ellos repasaban con reguetón un baile que no tenía sentido alguno. Yo pensaba que así han de haber armado las profes.

Aparte del baile, cada niño debía demostrar sus habilidades. Unos niños hicieron de payasos. Estuvieron chistosísimos. La seriedad y solvencia con la que decían las bromas sacó a los padres más de mil carcajadas.

Otros hicieron su demostración en karate. Eso sí que fue impresionante. Ver niños tan chiquitos con ese nivel de motricidad y dominio del cuerpo fue algo increíble.

También se presentaron músicos, magos y acróbatas.

Y después salieron mis hijos:

El Rodri fue el ayudante del mago, e hicieron magia de verdad. Las monedas que tenían para el show desaparecieron. El acto del agua fue realmente asombroso. Se estilaron los dos.

La Amalia, junto a su compañera María Ale, que en la vida real es gimnasta profesional, salieron dándose medias lunas. Su amiga se descuartizaba, se daba mortales y mil piruetas más.

Los padres de familia, claro, filmamos y aplaudimos a cada niño. Pero cuando salían nuestros hijos, el corazón nos explotaba de orgullo, los ojos se nos humedecían, las ganas de llorar aparecían y la atención se fijaba solo en ellos.

La hora de la coreografía llegó. No podía creer el nivel de desorientación de mis hijos. Primero, la canción no era reguetón, era ‘Zapateando juyayay’.

Yo les había oído que últimamente le pedían esa canción a la Alexa, pero como le piden cada tontera, jamás me imaginé que era la que iban a bailar en realidad.

La Amalia se perdió en el escenario: todos iban a la izquierda, y ella a la derecha.

El Rodri no podía más del estrés de ver a su hermana en otro baile. Trataba de agarrarle el paso, de orientarla, pero nada. La Amalia seguía su propio show, hasta que por fin se dio cuenta y sintonizó con el grupo.

Me sentí identificada, porque soy igualita, despistada y descoordinada. Quería pararme y guiarla. La ternura me invadió, porque ella era la que más repasaba la coreografía por las tardes.

Luego del show del circo, llegó la hora de la demostración de las habilidades en inglés. Para esto, los niños escogieron un país y debían saber la receta y los ingredientes del plato típico del país seleccionado.

Mis hijos están en el mismo grado, pero en distintos paralelos. Le pedí a la ‘teacher’ que los pusiera en el mismo grupo, para preparar una sola comida.

Mis guaguas escogieron como país Inglaterra y como plato principal el desayuno. Me esmeré mucho preparando cada detalle. Compré salchichas y tocino, llevé tostadas, preparé fréjol (que me salió delicioso), en un termo puse té para que esté calentito y hasta deshidraté tomate.

Todas las mamás nos paramos y empezamos a arreglar los stands de los países que nos asignaron. Mis hijos compartieron mesa con México, que tenía unos tacos deliciosos, y con Italia, que llevó pizza comprada y cortada en cuadraditos.

Me llamó la atención que nadie comiera mi fréjol inglés. Empezaron a llegar muchos niños y profesores de otros grados. Agarraban el té, las tostadas, el tocino y las salchichas, pero le hacían feos al fréjol, hasta que una mamá me dijo:

-Valen, el fréjol está dañado.

No podía creer. Probé y casi vomito. Estaba agrio y sabía a podrido. Una profe me explicó que seguramente lo guardé caliente. Y sí, eso pasó. Guardé caliente. No tenía idea.

Saqué el fréjol de la escena, y la Amalia me dijo:

-Má, nos fue pésimo. Ni tú sabes cocinar ni yo sé bailar, pero igual pasamos lindo. Mejor la próxima vez hacemos cualquier otra cosa.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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