Tablilla de cera
El nuevo “Tratado de Versalles”: la derrota de Trump en Irán
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Donald Trump firmó el 17 de junio sobre la mesa de comedor del Palacio de Versalles el Memorando de Entendimiento (MOU por sus siglas en inglés) mediante el cual cedió a la mayoría de las pretensiones iraníes tras la guerra que él mismo desató el 28 de febrero.
Apremiado estaba Trump. Primero, por la impopularidad en su país de la guerra, la más impopular de todas en las que EE. UU. se ha metido. Segundo, por el golpe directo a los bolsillos de los estadounidenses de la inflación (4,2%, la mayor en tres años) y el alto precio de los combustibles (subieron en 50%). Y, tercero, por el efecto que todo esto tendrá en las elecciones legislativas de noviembre. Así que no tuvo más que recular ante un país que en el papel se consideraba muchísimo más débil.
Ya tiene su propio tratado de Versalles. Lo rubricó con su ubicuo marcador, y haciendo espacio entre platos y copas, antes de la cena que brindó a los líderes del G7 el presidente francés Emanuel Macron.
Al visitar el palacio, Trump, seguro que pudo ver en los 357 espejos del salón del mismo nombre, ubicados estratégicamente frente a los grandes ventanales para amplificar la luz y reflejar el poder del Rey Sol, lo magullada que tiene el aura que rodea a su rubicunda figura.
Viendo su reflejo en esos espejos y el texto que firmaba, ¿habrá flaqueado su autoconvencimiento de que es el ser más poderoso que ha existido en la historia? ¿No le dirían los hechos que han sucedido en ese palacio y el fiasco en Irán que el poder tiene límites?
Lo que es seguro es que palideció de envidia ante la exuberancia barroca del palacio, pues la profusión de detalles dramáticos, altorrelieves de pan de oro, mármoles polícromos y cielorrasos pintados al fresco deja enanos a los pegostes dorados con que él ha arruinado la sobriedad neoclásica de la Casa Blanca.
Si Macron le mostró la puerta secreta por la que escapó María Antonieta de la revuelta popular, ¿no habrá deseado tener una para escapar de esta derrota humillante y del enorme daño reputacional que él ha irrogado a EE. UU.?
En abierta contradicción a sus proclamas al inicio de la guerra de que iba a destruir su civilización para siempre y de que no aceptaría sino su rendición incondicional, esa noche en Versalles firmó su derrota.
Muy costosa derrota, por lo demás: EE. UU. ha gastado en esta guerra “más de 50 mil millones de dólares”, dijo anteayer el senador Tim Kaine; han muerto 14 soldados, fueron heridos casi 400, su arsenal de cohetes y bombas ha quedado muy disminuido y, como lo reconoció el propio Trump, sus reservas estratégicas de petróleo llegaron a un punto crítico.
Por eso, aunque ciertamente Irán ha sufrido graves daños en su infraestructura y en su poder militar, y aunque tuvo más de 7.000 muertos, entre ellos las 168 niñas de la escuela de la ciudad de Minab, el MOU es un claro reconocimiento de que triunfó sobre el país más poderoso de la Tierra.
¿Cuál es el mayor logro de EE. UU.? Reabrir el Estrecho de Ormuz, ¡el cual estaba abierto antes de la absurda guerra!
Tampoco consiguieron los compinches Trump y Netanyahu ninguno de los otros objetivos que proclamaron jactanciosos los primeros días de bombardeos: ni hubo cambio de régimen ni se destruyó su arsenal de misiles balísticos, ni siquiera está contemplado, por ahora, que los ayatolás entreguen el uranio enriquecido que aún conservan.
Sí, es verdad que los bombardeos del 28 de febrero mataron al líder supremo Alí Jamenei y los posteriores a otros dirigentes. Pero la oposición no se tomó el poder; el líder supremo es hoy Moshtaba Jamenei, hijo del anterior, y el gobierno de los ayatolás se ha consolidado.
Los traicionados son los millones de iraníes que anhelaban librarse de la oprobiosa dictadura de los ayatolás, luchadores a quienes Trump les ofreció repetidamente ayuda. Hoy la Guardia Revolucionaria Iraní es más fuerte que nunca y sigue apresando, condenando a latigazos, a la cárcel o a la horca a los disidentes.
Y tras esta guerra de cuatro meses, que iba a durar cuatro semanas, lo que Trump ha conseguido es lo mismo que constaba en el acuerdo obtenido en 2015 por la administración de su odiado Barack Obama y que él desconoció en 2018: garantizar que el programa nuclear iraní fuera exclusivamente pacífico y sujeto a inspección internacional a cambio del levantamiento de sanciones, las cuales Trump se ha apresurado a desmontar. En efecto, esta semana, por primera vez en 40 años, el Departamento del Tesoro retiró las sanciones al petróleo iraní.
Además, el nuevo MOU es mucho más débil que el tratado de 2015 (llamado JCPOA por sus siglas en inglés), en el cual estaban comprometidos China, Francia, Reino Unido, Rusia y Alemania, hoy conspicuamente ausentes, y otorga mucho más a Irán, como el fondo de 300 mil millones de dólares para la reconstrucción, el descongelamiento de fondos en los bancos de Occidente y el pleno retorno del país a los mecanismos del comercio internacional.
Israel, por su parte, ha sufrido una tremenda derrota estratégica. Y aunque acordó un alto al fuego con Hezbolá, el pacto ha presentado inestabilidad y violaciones recientes.
Ahora EE. UU. pretende que, mediante negociaciones diplomáticas, se resuelvan en los próximos dos meses cuestiones que están pendientes desde hace décadas.
¿Cómo actuará Israel? ¿La soberbia e impulsividad de Trump no echarán por la borda el acuerdo? ¿Y cómo se comportará Irán, ahora que, gracias a Trump, descubrió que con el cierre del Estrecho de Ormuz puede provocar el caos en la economía mundial y que la geografía le ha dado un arma más potente que la bomba atómica?