Esto no es político
Yo no quiero ser servil
Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
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Me va a perdonar, querido lector, que en esta columna hable en primera persona. Como periodista. Como mujer. Como madre de un pequeño ciudadano. Soy todo eso. Y no quiero ser servil. No está en mí eso de callarme, acomodarme en una embajada, aceptar un puestito discreto donde muera lo mucho o poco de periodismo que he hecho en 18 años de carrera.
No está en mi eso de tener opiniones tibias. De hablar en voz bajita, ofreciendo sonrisitas coquetas al poder de turno a ver si el funcionario tiene ganas de responder a una entrevista o de aplaudir en Carondelet mientras los poderosos de turno reparten la pauta a los medios que “no les den palo”.
No quiero ser quien llame a Lavinia Valbonesi “la primera servidora”, amplificando el marketing oficial en lugar de hacer periodismo. Ni quien ofrezca un bolón al Presidente después de que este confiese en una entrevista que tiene la potestad de sacar de la cárcel a un ministro que infrinja la ley.
No quiero jubilarme aplaudiendo todo lo que antes critiqué. Ni recibir pagos por difundir fakes. No quiero olvidarme de los hechos para centrarme en los afectos. O desafectos. Ni medir con varas distintas a quien destruye la democracia. Ni silenciarme ante el hostigamiento, las amenazas, la censura, los seguimientos, el exilio y la muerte de periodistas que desafían al poder. O el intento de apropiarse de Expreso, un medio privado que resiste, valiente.
No quiero que la muerte de los hijos ajenos me sea indiferente. Que use el color de su piel y el barrio del que vienen para justificar la tortura. No quiero llamarlos delincuentes por defender lo indefendible.
No quiero ver al buen periodismo morir.
Ni quiero que ejercerlo pueda costar una vida.
No quiero estar precarizada ni acomodar mi discurso porque si no me sacan del aire. Tampoco quiero que hostiguen a mi familia o que tener una voz me cueste el empleo. No quiero fingir que eso no me ha pasado.
No quiero ser servil. Servil a la violencia, al crimen, al estado permeado, a la propaganda política, a los caprichos del partido.
No quiero recibir “reconocimientos” de los que no reconocen la democracia. De los que, tapiñados o no, lavan caras gubernamentales, repitiendo un guión oficial. Sin contraste. Sin pluralidad. Sin vergüenza.
No quiero ser parte del Club de Toby de la opinión, en donde cinco señores se dan palmaditas en la espalda mientras sonríen, condescendientes, ante aquellos que han golpeado a la empresa, desfalcado fondos públicos, atropellado la institucionalidad, utilizado el poder para perdonarse sus acólitos, otrora con banderas verdes o amarillas, hoy visten de morado sin chistar.
No quiero llamar experto a quien no es, aunque diga que lo sea, y sentarle en un medio nacional a parlotear sin sentido.
Y sé, que como yo, muchas colegas tampoco lo quieren. Y resisten como las periodistas sabemos resistir: haciendo más y mejor periodismo. Esquivando insultos que nos mandan al burdel o a la cocina, el sitio en el que muchos desearían que permanezcamos.
Karol, Susana, Estefanía, Alina, Carolina, Ana Cris, Sara, Blanca, Adriana, Jacqueline, Bessy, Belkis, Ana María, Yalilé, Mayuri, Liz, Arahí. A ellas, y a otras que ustedes sabrán reconocer en estas palabras, mi respeto, mi cariño.
Son ejemplo, son camino.
A usted, querido lector, le queda una tarea. Sostener ese periodismo riguroso, distanciado del poder, cuidadoso, profundo, crítico, plural. Respaldar a quienes no queremos ser serviles ni a este ni a ningún otro poder. Ni ahora, ni antes, ni después.