Ese miedo a no encajar
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
Actualizada:
Hay otro Mundial, el de las lenguas y los acentos, que se juega todos los días a lo ancho del planeta y expresa cuestiones políticas, históricas y de identidad cultural. Aquí, la humillación es la regla. Veamos.
Un artículo reciente de El País explica “Por qué cambiar nuestro acento para integrarnos es un efecto del colonialismo”. Se refiere a los migrantes mexicanos que se esfuerzan en hablar inglés como gringos para mejor integrarse en los EE.UU. Esa “vergüenza lingüística, ese miedo a no encajar”, respondería a un sentimiento de inferioridad que se remonta a los tres siglos de colonización española, agravado por el hecho de haber perdido medio país a manos del poderoso vecino.
Suena conocido, ¿verdad? pues esa colonización y parecida expropiación también las sufrió el Ecuador, cuya primera ola de migrantes, a mediados del siglo pasado, apuntó a Nueva York. Surgió entonces la figura estrafalaria de los cholo–boys que volvían de vacaciones hablando en spanglish a los gritos.
Pero hay otros casos menos ostentosos que se viven diariamente y están incorporados a la cultura nacional, una cultura tan contradictoria que algunos prefieren llamar plurinacional.
Sucede que la lengua quichua es la más hablada entre la población indígena y es una de las características que definen la pertenencia de un ciudadano a esa etnia. Históricamente, uno de los mecanismos del dominio blanco–mestizo fue estigmatizar y ridiculizar las dificultades y tropiezos para hablar el español que presentaban y presentan muchos de los indígenas que migran a las ciudades.
Esa división se proyectó en el regionalismo que ha enturbiado las relaciones de la Sierra con la Costa, siendo la manera de hablar el primer indicio para diferenciar a los monos de los serranos, y aplicar a continuación los prejuicios correspondientes, empezando por el clásico “serrano, come papa con gusano”.
Me tocó vivir ese problema cuando niño: de familia quiteña afincada en Manta, en la escuela y en la esquina yo era un monito más debido a esa imperiosa necesidad de mimetizarse con sus pares que tienen niños y adolescentes. Pero cuando venía a Quito en las vacaciones, automáticamente hablaba como serrano, evitando que me vacilaran por hablar como mono.
Sin embargo, para la gente de Manabí, para los manabas, monos son los guayaquileños, quienes históricamente se han sentido superiores a los demás ecuatorianos porque Guayaquil fue el eje de la economía agroexportadora, allí estaba el billete y la buena vida. Eso los volvía más audaces y desenfadados, más seguros de sí mismos, sobre todo en relación con la ola de migrantes de la Sierra que llegaban en busca de una mejor vida y terminaban mimetizándose.
En cambio, los guayaquileños que se mudaban a Quito conservaban su acento y sus rasgos de identidad el resto de su vida. Pero cuando los mismos guayaquileños empezaron a migrar a España, una sociedad obviamente más desarrollada y admirada, en cuestión de meses incorporaron los acentos de la península. Ellos y los demás empezaron a hablar parecido a los españoles.
Todos salvo los argentinos que nunca cambian su acento rioplatense. Según el cliché, y aquí los clichés importan mucho, ellos se sienten superiores al resto, no solo en el fútbol. Otra vez juega la historia: desde fines del siglo XIX, Argentina fue un polo de riqueza agrícola que atrajo oleadas de españoles, italianos y del Este europeo. Llegaban los migrantes en los barcos con una mano delante y otra detrás; eran blancos, trabajadores y al paso de una o dos generaciones ya se habían integrado, ya eran tan argentinos que miraban sobre el hombro a los nuevos advenedizos.
Pero cuando el auge económico terminó, esa arrogancia se volvió tema de burla. Recuerdo un titular de los años 70: “¿Argentina potencia o prepotencia?”
Ahora bien, una identidad se alimenta de realidades y mitos, de historias y prejuicios. También del orgullo que ayuda a preservarla contra viento y marea, pero ni la camiseta de campeones del mundo les protege cuando eventualmente migran a la superpotencia. Allí, el mismísimo Leo Messi se lamenta de no haber aprendido inglés cuando era joven.
En cambio, los más finos intelectuales y académicos –argentinos, mexicanos o de otra procedencia– se esforzaron siempre en pronunciar el inglés como los anfitriones, soterrando el acento latino no tanto por vergüenza cuanto por elegancia.
Todo esto parecía un asunto menor hasta que el supremacismo blanco de la administración Trump desató la persecución de los agentes del ICE a todo lo que huela o suene a foráneo. Se acabaron los toques pintorescos: además del look, responder en un inglés con acento extranjero puede conducir a la cárcel y la deportación. Súbitamente el acento se convirtió en cuestión de vida o muerte. O casi.