Leyenda Urbana
En Ecuador, la vida no vale nada
Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC
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Con sentidas muestras de solidaridad, Quito acompañó a Jorge García, padre de Ronny, el joven al que un busero le quitó la vida, semanas atrás, cuando ingresaba en su casa, de regreso del trabajo.
Su muerte causó conmoción, repudio y frustración colectiva, al saber que el chofer del bus que le cegó la vida conducía en estado etílico y, a toda velocidad y con violencia inusitada se incrustó en una casa, en cuya puerta de ingreso estaba Ronny, el chico que, dos días después, iba a graduarse de ingeniero, lo que tenía ilusionada a su familia.
Su muerte provocó un vuelco inesperado en la vida de sus seres queridos, que solo piden que todo el peso de la ley caiga sobre este sujeto, de manera ejemplar, aunque se sabe que nada repondrá la vida arrancada de cuajo, ni el dolor de toda una familia.
Con el alma en vilo, he revisado, una y otra vez, sin dar crédito, las estadísticas que muestran a Ecuador como el país con la tasa de mortalidad vial más alta de Sudamérica, y resulta doloroso admitir que, en este caso, en este país, parece que la vida no vale.
En 2025, en Ecuador se registraron 20.346 siniestros de tránsito que dejaron 2.354 fallecidos y 17.932 heridos, con un promedio de 55 accidentes diarios. Solo de imaginar el sufrimiento de los familiares de cada una de las víctimas todos deberíamos prometer respetar las leyes, lo que implica no conducir a exceso de velocidad y, sobre todo, nunca manejar tras consumir licor.
Registros de la Agencia Nacional de Tránsito (ANT) dan cuenta de que los siniestros mayoritariamente ocurren los domingos, siendo la jornada de mayor siniestralidad. Los expertos dicen que no se trata de una casualidad, ya que los siniestros son multicausales, pero la madrugada del domingo concentra factores de riesgo muy altos, por el consumo de alcohol y el exceso de velocidad, y que esa combinación letal eleva las probabilidades de choques severos.
Cuántos huérfanos, cuántas viudas y cuántos padres que entierran a sus hijos se convierten también en víctimas que, a más del inmenso dolor, deben afrontar secuelas psicológicas difíciles de superar y hasta problemas sociales y económicos, que permanecen en el tiempo.
La siniestralidad golpea por todos los flancos y afecta al país en su integridad.
Un estudio del Banco Mundial, elaborado en 2025, reveló que los siniestros de tránsito le cuestan a Ecuador USD 5.480 millones cada año, lo que equivale al 5% del Producto Interno Bruto (PIB), pues incluyen costos médicos, productivos, daños materiales, gastos funerarios y la atención a heridos y fallecidos.
Esta información que parece inverosímil consta en los reportes oficiales.
Dentro del lamentable récord de siniestralidad está Quito donde entre enero y agosto de 2025 se registraron 2.554 siniestros de tránsito, con 1.698 lesionados y 210 fallecidos. Un promedio de 10 accidentes diarios, de acuerdo con cifras de la Agencia Metropolitana de Tránsito (AMT)-
La avenida Simón Bolívar es también considerada de alto riesgo; en sus 63 kilómetros de extensión se producen accidentes frecuentes, que dejan cifras escalofriantes. Entre enero y agosto de 2025 se registraron 268 siniestros, 155 lesionados y 27 fallecidos, siendo el exceso de velocidad el detonante.
Como en Fuenteovejuna, todos somos culpables: los que sacan la licencia sin la formación suficiente, y quienes las otorgan saltándose los controles; los que matriculan carros destartalados y quienes los permiten; las rebajas de multa que hoy se pueden conseguir por internet, y la negligencia de quienes, desde hace cinco años, no expiden el reglamento para la Ley de Tránsito aprobada en 2021, lo que ha dejado vacíos técnicos en control de velocidad y movilidad que podría evitar que se produzcan más muertes.
Todo esto solo confirma que en Ecuador la vida no vale nada.
¡Qué pesar!