De la Vida Real
Preguntas que no tienen respuesta lógica
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Hay personas con tanta plata que hasta las cosas más simples se vuelven un problema de opciones interminables. Y mientras más pienso, más preguntas absurdas se me ocurren. Preguntas que probablemente nunca van a tener una respuesta clara, pero que me dejan pensando en cómo será vivir así.
Empiezo por algo tan fácil como saber la hora. ¿En qué reloj ve la hora una persona que tiene cincuenta, sesenta, setenta relojes? Porque no es lo mismo tener un Rolex Daytona que un Patek Philippe Nautilus o un Audemars Piguet guardados en un cajón. ¿Se levanta y elige según el humor del día? ¿Según la ropa? ¿O solo les tiene ahí, como trofeos, y usa el celular para ver la hora, como cualquiera de nosotros? Me parece raro que alguien junte tantas formas distintas de medir el tiempo cuando, en el fondo, el tiempo pasa igual para todo el mundo.
Después pensé en los autos. ¿En cuál se va a hacer las compras del súper alguien que tiene más de ocho, diez, veinte autos de colección? Porque no puede ser que saque el Bugatti para ir por la leche y el pan, y tampoco me parece muy práctico manejar un Lamborghini solo para ir a comprar una pomada para el dolor. ¿Tendrá un auto «normal» escondido entre el Ferrari, el Rolls-Royce y el Pagani, solo para esas cosas del día a día? O tal vez ni siquiera hacen las compras ellos mismos y toda esa colección termina siendo, más que un medio de transporte, una especie de museo privado en que uno de esos autos casi nunca se usa para aquello para lo que fue creado: moverse de un lugar a otro.
Y ahí seguí con otra pregunta que me parece todavía más difícil de responder: ¿cómo decide alguien dónde va a dormir esa noche si tiene cinco, seis mansiones y tres, cuatro, cinco departamentos repartidos por el mundo? ¿Elige según el clima, según el país en el que amaneció o según la casa que más extraña? Yo, que solo tengo una cama fija, sé perfectamente a qué lugar volver todas las noches. Esa idea de tener tantas casas y ningún sitio fijo debe ser un relajo. ¿Cómo hace con la ropa? ¿Hace maletas? ¿Tiene pijamas en cada casa a la que llega? ¿Y si se olvida algo, simplemente va y lo compra? ¿O será que manda a comprarlo?
Lo mismo me pasa cuando pienso en la comida. ¿Cómo hace alguien para decidir, entre tantas opciones, a qué restaurante con estrella Michelin ir a cenar esa noche en su jet privado? ¿Tiene una lista guardada en el celular? ¿Un asistente que reserva por él? ¿O ya perdió la cuenta de cuántos ha probado y ahora elige por antojo, como quien decide entre pizza o sushi? Me imagino que, para alguien acostumbrado a lo mejor de lo mejor, hasta comer bien debe dejar de ser algo especial.
Y no puedo dejar de preguntarme también por el arte. ¿Cómo sabe alguien qué cuadro comprar para las paredes de sus varios penthouses? ¿Contrata a un experto que le diga qué obra va a subir de precio con los años? ¿O simplemente elige lo que le gusta a simple vista, sin saber si está frente a algo verdaderamente valioso o ante una copia carísima? Me parece increíble pensar que, para algunas personas, decorar una pared es una decisión de cientos de miles de dólares, tomada casi tan rápido como cuando yo elijo un cuadro pintado por mi mamá para ponerlo en el comedor.
Y hay una última pregunta que no tiene nada que ver con relojes, autos o cuadros, sino con algo más incómodo: ¿cómo te sientes si vales millones de dólares y te compran y te venden como si fueras un objeto? Porque en este mundo hay personas por las que otras pagan más de cien millones de dólares para «adquirirlas», como si fueran una pieza más de colección. No sé qué se sentirá saber que tu valor está escrito en un contrato y es negociado entre dos empresas que discuten cuánto vales.
Toda esta riqueza sin límites, estos relojes, estos autos, estas mansiones y estas cenas de lujo no me los inventé. Son la otra cara que me mostró este Mundial, que terminó ayer. Por TikTok, Facebook e Instagram me he ido enterando de cómo es la vida de los más cotizados y, por lo tanto, millonarísimos jugadores de fútbol.
Porque, mientras unos jugadores tienen tantas propiedades que ya ni recuerdan en cuál durmieron la semana pasada, otros aficionados ni siquiera alcanzaron a comprar la entrada más barata para ver un partido en vivo, esa que la propia FIFA ofreció desde 60 dólares y que, para muchísima gente, sigue siendo un lujo inalcanzable. Ese contraste, más que cualquier gol, fue lo que realmente se me quedó grabado de este Mundial: dos mundos que se cruzan en un mismo estadio y que viven realidades completamente distintas.