Una voz menos
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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Tenía pensado dedicar la columna de hoy a otro tema, pero la situación es tan apremiante que a última hora he decidido volver sobre el asunto que discutí en mi columna pasada.
Hace solo quince días dedicaba este espacio a la salida de Roberto Aguilar de Diario Expreso, y a lo grave que resulta para la libertad de expresión en el país. Ayer me encontré con la noticia de que la periodista Gisella Bayona, después de ser víctima de una tremenda campaña de trolleo —digna de los más oscuros mandatarios que hemos tenido en las últimas décadas— ha decidido “optar por su familia” y dar un paso al costado. Y lo hace con palabras fuertes: “Señor presidente, usted ganó”, le dice de frente al presidente Noboa.
Un caso más entre muchos. Las ventas de La Posta, Radio Centro y El Universo, el cierre de espacios críticos, el silenciamiento de periodistas importantes, el reparto millonario de pauta oficial a otros. Todo se acumula para hacer que los espacios de debate y pensamiento crítico en el Ecuador sean cada vez menos.
Pero hay algo en el caso de Gisella Bayona que lo distingue de los anteriores. A Roberto Aguilar lo desvincularon de su medio; a La Posta, a Radio Centro y a El Universo los compraron. A Bayona, en cambio, nadie la despidió: la sacó una turba. Y ese es, probablemente, uno de los mecanismos de censura más eficientes que existen, porque no deja huella. No hay una orden firmada, no hay un funcionario a quien pedirle cuentas. Solo hay una avalancha de cuentas anónimas que durante días insultan, difaman y desgastan, hasta que la persona concluye, por sí misma, que el costo es demasiado alto. En este caso, el poder no calla a nadie: es la gente la que decide callarse sola. Es censura tercerizada, y tiene la enorme ventaja de que nadie se tiene que hacer responsable de ella.
Mientras tanto, hay prensa y periodistas que se hacen de la vista gorda y no levantan la voz ante tales abusos. Sí, es verdad que dedican tiempo a denunciar otras cosas relevantes, pero ante casos como los de Aguilar o Bayona, guardan silencio. A lo sumo llegan a decir “con el otro era peor”. Si los propios colegas periodistas —que deberían ser los primeros en denunciar cualquier tipo de censura, encubierta o explícita— no dicen nada para proteger la libertad de expresión en este país, mal estamos. La narrativa oficial (la única, tal vez) es la impuesta desde el poder. Los periodistas serviles, feroces ante los débiles pero tibios ante el poder —y valiéndose de la excusa anticorreísta— solo sirven de amplificadores de esa narrativa.
Ya lo dije en mi columna pasada: es penoso ver cómo un presidente con la formación de Daniel Noboa —educado en gobierno y administración en varias de las mejores universidades del mundo— no logra entender que una oposición frontal y honesta le hace bien. Ir callando las voces críticas, una a una, tal vez le hará parecer más potente en el corto plazo (y tal vez le dé réditos electorales), pero a la larga le pasará factura. Hoy somos pocos quienes levantamos la voz ante estas acciones del gobierno, pero el mundo —y la política— dan muchas vueltas, y no nos sorprendamos si, cuando se siembra miedo y odio, se termina cosechando venganza.
Hoy, después de la renuncia de Gisella Bayona al ejercicio periodístico, nos quedamos con una voz menos. No gana el gobierno, aunque ella lo haya afirmado en su video de despedida, y aunque en las altas esferas piensen que puede ser así. Tampoco creo que ella salga ganando, como algunos colegas sostienen. Pero de lo que sí estoy seguro es que pierde el país. Un país donde las voces críticas son cada vez menos —sean de la ideología que sean— es un país que se está quedando sordo. Y un país sordo no deja de tener problemas: solo deja de enterarse de que los tiene.