Esto no es político
Su silencio no los va a proteger
Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
Actualizada:
Otra periodista ha sido silenciada. Gisella Bayona decidió retirarse del periodismo tras varios días de una campaña claramente orquestada desde lo más alto del poder.
El 28 de agosto, Daniel Noboa acusó a Bayona —sin siquiera nombrarla— de ser proveedora del sector salud y de tener una pareja que “está en todas las mafias eléctricas” hace 15 años y que es testaferro de Jorge Glas.
Sin presentar una sola prueba, el hombre que ostenta el poder político entregado en las urnas, usó su poder para señalar a una periodista crítica. Sus acusaciones, por supuesto, vinieron con la dosis de misoginia ya habituales en varias de sus actuaciones: para descalificar la voz de una periodista con años de trayectoria, el mandatario no rebatió sus cuestionamientos ni desmintió sus aseveraciones; la redujo a la extensión de un hombre.
En la lógica del poder machista, una mujer nunca actúa por criterio propio ni ejerce un oficio con independencia; si incomoda, tiene que ser el instrumento, la cómplice o la beneficiaria de una sombra masculina.
Bastó que Noboa la acusara para que se desatara una campaña de desprestigio y estigmatización contra Bayona.
Nada nuevo.
Colegas como Sara Ortíz, Hernán Higuera, Blanca Moncada, Yalilé Loayza, Alondra Santiago, Álvaro Espinosa, Martín Pallares, Roberto Aguilar, Fausto Yépez y yo misma, hemos sido blanco de hostigamiento y amenazas provenientes de cuentas trolls y pasquines disfrazados de periodismo.
¿Quién financia esos pasquines? Probablemente usted, estimado lector, con sus impuestos que se traducen en loas a un gobierno que dedica más energía a censurar al periodismo y a proscribir opositores que en ofrecer soluciones al desabastecimiento en los hospitales o la violencia que no cesa.
Pero eso parece no importar. El silencio es ensordecedor. Ese de los gremios empresariales o profesionales —de los periodísticos no tengo ni la menor esperanza—, de la academia, de los medios de comunicación como instituciones, de quienes se autodenominan periodistas pero lucran silenciosamente a costa de quienes sí se atreven a ejercer con un mínimo de decencia.
Muchos de aquellos que en el pasado se sintieron muy valientes para cuestionar lo que era cuestionable, hoy parecen cachorritos serviles a un poder que tarde o temprano también los va a aplastar. Su silencio no los va a salvar. Al contrario, su silencio ayuda a cavar la tumba donde se hunde la democracia, y con ella, todos los que nos aferramos a lo poco que queda de ella.
Ustedes, los medios que abandonan a sus periodistas; ustedes, los “colegas” que se acomodan en sus espacios propagandísticos; ustedes, los empresarios que dan palmaditas y nos felicitan en privado pero no "arriesgan" su pauta para respaldar al periodismo; ustedes, los académicos que nos invitan a sus foros pero son incapaces de pronunciarse públicamente... Todos ustedes son cómplices de esta debacle.
Ustedes que creen que su silencio es prudencia. No lo es. Es cobardía. Es comodidad. Es indiferencia. Es la idea equivocada de que callar mientras persiguen a los pocos que se atreven a alzar su voz, va a hacer que ustedes o sus negocios pasen desapercibidos. No funciona así.
El autoritarismo nunca se sacia con una sola cabeza; se alimenta precisamente del vacío que dejan los que logró espantar. Los que hoy respiran aliviados porque el golpe no cayó en su patio, no saben que sin democracia, el golpe siempre llega.
¿Qué creen que va a pasar cuando terminen de purgar a las voces incómodas?
No quedará nadie para defender a quienes hoy prefieren el silencio de su comodidad.
Y no juzgo a Gisella por abandonar el periodismo. Ni a Hernán por dejar de investigar a Progen. Quienes ponemos nombre y apellido a nuestras investigaciones, reportajes, análisis u opiniones sabemos lo que arriesgamos y nadie, desde la comodidad de su teclado, puede exigir que sigamos haciendo lo que ellos no hacen: dar la cara y enfrentar un poder en absoluta desigualdad de condiciones.
¿Cómo no tener miedo viendo lo que les pasa a otros?
No se puede juzgar las decisiones derivadas de ese miedo.
Los casos de Hernán y Gisella han sido muy visibles por el perfil de ambos, pero eso no ocurre con la mayoría de colegas cuyas historias de presión y hostigamiento ni siquiera se conocen públicamente.
Y por favor, dejemos la condescendencia de preguntarnos cómo llegamos a esto. La respuesta está bastante clara.
Llegamos aquí cuando normalizamos el consumo de pasquines disfrazados de periodismo y empezamos a replicar su veneno, aunque fuera para indignarnos en redes, regalándoles la visibilidad que necesitan para operar.
Llegamos aquí cuando vimos a colegas ser blanco de linchamientos digitales orquestados, expulsiones ilegales o censura a sus espacios y no dijimos nada.
Llegamos a este punto exacto cuando la mezquindad nos hizo pensar que estaba bien que callaran, expulsaran o vetaran a los periodistas que no nos caían bien, que no pensaban como nosotros o que resultaban demasiado estridentes para la compostura aceptable.
Llegamos aquí cuando el autoritarismo, la corrupción, la violencia y el horror se hicieron aceptables porque prefieren el color del partido que gobierna hoy.
Todos sabemos que el poder del Estado aplasta. Pero la megalomanía de un gobernante es tan letal para los ciudadanos como para él mismo, por una razón elemental: la desmesura de su ego suele esconder la gravedad de sus torpezas. Con el tiempo, sin embargo, los errores ganan peso, agrietan el espejismo del control y terminan por desplomarse, arrastrando consigo tanto al autócrata como al coro que lo aplaudió.
Sería injusto exigirle valentía heroica a periodistas aislados que enfrentan maquinarias de poder sin ninguna protección.
Esta es una invitación urgente a la lucidez de quienes sí tienen peso institucional y capacidad de influencia: los gremios con representatividad, las instituciones mediáticas y los espacios académicos.
Cuidar al periodismo no es un acto de caridad o de altruismo; es una necesidad de supervivencia democrática. Si hoy eligen el silencio y permiten que las voces críticas se desgasten y apaguen una a una, se quedarán sin interlocutores válidos.
Cuando llegue el momento —porque llegará— en que ustedes necesiten fiscalizar un abuso o denunciar una arbitrariedad, cuando sean sus propias causas o sus libertades las que necesiten salir a la luz pública, ¿quién pondrá la cara, la firma y la voz para hacerlo?
No habrá nadie.
Si siguen mirando a otro lado y creyendo que ser indiferentes ante la persecución les va a ofrecer inmunidad; de que entregar la dignidad o aplaudir los abusos les garantizará su supervivencia ante el pésimo enemigo, les tengo un spoiler: su silencio no los va a proteger.