Lo invisible de las ciudades
La memoria construida
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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Durante esta semana los medios especializados en arquitectura explotaron escandalizados, por los videos de una arquitecta bogotana, que muestra cómo demuele la escalera diseñada por el legendario arquitecto Rogelio Salmona. La escalera en cuestión es parte de un apartamento en el edificio Altos de Santana, ubicado al norte de Bogotá; edificio que fue declarado “bien de interés cultural” en el 2010. La escalera original, definida por el uso del ladrillo, tan característico en la obra de Salmona, fue demolida y reemplazada por una de peldaños flotantes, con barandas de vidrio e iluminación LED. Por realizar dicha remodelación, sin los permisos pertinentes, la arquitecta recibirá una multa equivalente a USD 222.000; mientras que el propietario será castigado con una de USD 95.000.
De esta noticia llama mucho la atención cómo Bogotá define su patrimonio construido. A diferencia de lo que ocurre en nuestro país, en Bogotá no sólo se considera lo histórico al momento de proteger una construcción patrimonial. El clasificar una obra construida como “de interés cultural” le libra a cualquier construcción de tener que sobrevivir una determinada cantidad de tiempo, para que su relevancia sea considerada. También creo que nos libraría del fetiche obsesivo, según el cual, toda construcción vieja merece ser preservada. Esta errada forma de entender el valor patrimonial nos ha llevado a querer preservarlo todo; y no contar con recursos para restaurar nada.
Dicha figura sería de gran ayuda en nuestro país. Permitiría que se pudiese proteger aquello que marca un hito en la historia de la ciudad, y en la historia de nuestra arquitectura. En la actualidad existen muchas edificaciones que no cuentan con la edad requerida para ser preservados como objetos patrimoniales, pero que son relevantes para nuestra cultura e identidad. Uno de ellos es el edificio Atrium, ubicado en la avenida González Suárez, diseñado por el arquitecto Milton Barragán. En dicha edificación comienzan a realizarse trabajos en una de sus terrazas que alteran el carácter de su fachada oriental. También se han perforado algunos componentes de su estructura, con el fin de instalar nuevas tuberías. Si tuviéramos la posibilidad de declarar al Atrium como “bien de interés cultural”, existirían alternativas para -al menos- alcanzar un punto intermedio entre la intervención irresponsable y la preservación inmaculada. Ahí también encontrarían refugio tantos objetos arquitectónicos que han sido dejados a su triste suerte; como las casas antiguas de Urdesa. Muy pocas de ellas mantienen algo de su estado original.
Ampliar los criterios que sustenten la preservación requiere de definiciones claras y precisas. No se debe repetir el error de crear una clacificación nueva y meter todo en ella, como si de un saco sin fondo se tratara.
Resulta indispensable establecer criterios para sustentar la preservación y restauración de la memoria construida. Otra idea que ha sido contraproducente en este ámbito es la negación total de intervenciones, readecuaciones y mantenimiento. Quizá la demolición de la escalera en Altos de Santana sea perjudicial para mantener la atmósfera original del departamento, pues estas se encuentran en el corazón del mismo. Pero sí deberíamos tener la posibilidad de adaptar una construcción para prolongar su vida útil, así sea con adecuaciones leves de sus espacios a nuevos usos.
Pero, más allá de los criterios, debería reinar por encima de todo el sentido común. Hay intervenciones que no deberían ocurrir ni en la más mundana de las construcciones. Eso de perforar componentes estructurales de un edificio para instalar tuberías es un sinsentido que coquetea ya con la barbarie.
Hay mucho por definir y eso requiere de profundas reflexiones. No podemos seguir llamando “archivo patrimonial” a ponerle etiquetas genéricas a las construcciones que dejamos caer, en un lerdo intento por preservarlas.