Lo invisible de las ciudades
El Centro de Guayaquil naufraga
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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El mejor adjetivo que puedo usar para describir mi más reciente estadía en Guayaquil sería “dolorosa”. Vi una ciudad a la deriva, con calles sucias, monumentos descuidados y ciudadanos abandonados a su suerte. Suele creerse entre los guayaquileños de mayor edad, que los peores días del puerto principal ocurrieron durante la alcaldía de Elsa Bucaram. Me atrevo a decir, sin mayor duda, que la actual situación de la ciudad es mucho peor. Calles y veredas enmugrecidas. Hasta el Malecón 2000, que solía ser cuidado como si fuera la joyita de la corona, lucía descuidado. Pasé por la plaza Pedro Carbo y el monumento que rinde homenaje a dicho personaje histórico tenía el rostro desfigurado, por la cantidad de excrementos de paloma que lo cubrían. Algo similar se veía en la cubierta de la tradicional glorieta del Parque Seminario. La encontré convertida en una letrina de aves, roedores y reptiles. Mientras veía dicha desolación en el centro de la urbe, no pude más que deducir que el resto de la ciudad estaría aún peor.
¡Pero ojo! Que esta observación no se queda solo en lo estético. A medida que fui recorriendo las calles donde viví, noté una correlación extraña entre el abandono físico y la atrofiación de la actividad económica. Aquel espacio que contaba con negocios abiertos y llenos hasta bien entrada la noche, ahora luce con montones de locales que cierran sus cortinas metálicas entre las cuatro y las cinco de la tarde. Hay miedo a esas horas. La gente quiere llegar a casa lo más temprano posible, para evitar al vacunador, al asaltante o —peor aún— caer como baja incidental por estar demasiado cerca de algún acto de sicariato. Los únicos que se quedan son quienes realizan actividades comerciales informales o aquellos que no tienen más lugar para dormir que la calle; quienes han aumentado su presencia en la ciudad de manera vertiginosa.
La suciedad y abandono de los espacios públicos guayaquileños son el síntoma visual del abandono social y económico que engangrena al centro de Guayaquil.
En sus mejores tiempos, el centro era el epicentro comercial y social de la ciudad. Aquellas sociedades donde los diferentes estratos interactúan económicamente entre sí, suelen ser las que logran una integración más cohesionada. El centro de Guayaquil era donde interactuaban todos; ricos, clase media y pobres. Ahora los únicos que persisten en el centro son quienes no tienen más alternativa que seguir buscando cómo ganarse la vida. Quienes cuentan con el privilegio de poder escoger, han optado por otros sitios.
Con profunda indiferencia, las clases más acomodadas guayaquileñas han traicionado a su propia ciudad. Lo que comenzó como una migración exclusivamente residencial, ha abarcado también actividades laborales y recreativas. De esto no hay alcaldía a la que podamos culpar. Quienes tenían recursos para hacerlo se fueron; y quienes no tenían, se quedaron anhelando poder hacerlo.
Lo que sí podemos resaltar es la carencia total de plan alguno para persuadir a la población en pro de la reactivación comercial y residencial del centro. Los propietarios de los inmuebles necesitan ayuda. No se puede seguir exigiendo renovaciones y mantenimiento; cuando no hay clientes ni ocupantes. He repetido hasta el cansancio, que un primer paso para la reactivación económica se logra estableciendo desgravámenes a los negocios del sector; tanto en los impuestos prediales, como en las patentes municipales.
Hoy por hoy, el municipio padece las consecuencias de vacíos y pugnas. La gestión política se ha convertido en el segundo obstáculo para el manejo de la ciudad. El primero lo somos nosotros, los ciudadanos; que preferimos ver hacia otro lado, mientras dejamos que el centro se muera olvidado.