Punto de fuga
La honestidad intelectual y otras especies en extinción
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Dice internet que son más de 49 500 las especies en peligro de extinción. Todas pertenecientes a la flora y la fauna de este magnífico, y maltratado, planeta. Si se pudieran incluir en esa lista también las especies de reinos más etéreos como el de la ética, sin duda, a la cabeza de los valores casi extintos iría la honestidad intelectual (o sea, la voluntad de emitir criterios apegados a la evidencia). Al menos eso pensé apenas me enteré bien del episodio protagonizado por la Cámara de Industrias y Producción (CIP) esta semana, cuyo clímax fue la renuncia (¿voluntaria obligatoria?, oxímoron heredado de los tiempos del mashi) de María Paz Jervis a su presidencia ejecutiva.
El afán de tapar el sol con un dedo de los agremiados de la CIP enviando a los medios al presidente de su Junta Directiva, José María Ponce, a defender la decisión, haciendo acrobacias retóricas para las que no estaba preparado, solo confirma mi punto. ¿Que cuál es el sol que ese escuálido dedo no logra tapar? Que el Ecuador está viviendo una arremetida contra los valores democráticos más básicos (la libertad de expresión, por poner un solo ejemplo), que no es compatible con la libre empresa y el derecho a vivir una vida digna.
Disculpen que parafrasee la manida frase, pero cuando vengan por ellos, quizá ya no quede nadie para defenderlos. En sociedad —ojalá lo tuviéramos todos siempre presente— tanto el chico necesita del grande, como el grande necesita del chico; y a lo largo de nuestra existencia siempre alternamos entre uno y otro grupo. Además, una vida de rodillas apenas vale la pena ser llamada vida. Parecía que la mayoría de los empresarios lo comprendía cuando mandaba Rafael Correa. Ahora, en cambio, parece que les ha dado amnesia.
Como todo hay que decirlo, también es comprensible el miedo del que habló Jervis y que tan mal cayó a sus ahora exrepresentados. Siempre y cuando sea miedo (indiscutiblemente fundado) y responsabilidad real, pragmática, con sus trabajadores y accionistas, a quienes no pueden dejar en la calle tras haber dado un paso en falso contra alguien que se autodenomina como "un pésimo enemigo para tener".
Sin embargo, la técnica del apaciguamiento sin un plan, a corto plazo, de salida de este intríngulis, que los deja éticamente mal parados ante la sociedad de la que dependen, puede convertirse rápidamente en complicidad. Sería horrible que esos "valientes" que defiende la presidenta de la Cámara de Comercio de Quito, Mónica Heller, se extinguieran y, sin solución de continuidad, se convirtieran en unos acomodados. Horrible.
Disculpen que me haya extendido tanto en esta primera especie ética —la honestidad intelectual— que se ve cada vez menos por estos lares. Toca dejar para otra ocasión las demás especies que prometía el título. Aquí va una enumeración breve e incompleta: el respeto por la ley (eso parece haber quedado reservado para los giles); el civismo (que yo entiendo más como amor propio ejercido en perspectiva plural); el honor y el pundonor (creo que ya poquísimos saben siquiera lo que significan); la vergüenza propia y ajena (basta con asomarse a alguna red social a ver a quienes ya están en campaña para comprobarlo, ¡auxilio!); o la clemencia (a más saña, más likes y vistas, ¿más votos?).
Y casi me olvido de mencionar a la especie que le pisa los talones a la honestidad intelectual en este ranking deprimente: la conciencia, ese dispositivo intelectual que nos ayuda a distinguir el bien del mal, especialmente en los actos propios. Una hazaña de la que somos capaces solo los humanos, entre todas las especies que pueblan la Tierra, y que tristemente parece ir camino a la extinción.