Honradez e integridad
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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“A confesión de parte relevo de prueba” es un principio que encierra una lógica implacable y que puede entenderlo y repetirlo cualquier aspirante a tinterillo. Sí, cualquiera, excepto los dirigentes de la organización política que lleva como candidata a una persona que confiesa abierta y alborozadamente que se benefició de la corrupción. “¿Que yo copié? Sí copié, ¿y qué pasa?” fueron algunas de sus palabras dichas casi a gritos en un aula llena de personas que, según las notas de prensa, eran estudiantes.
Imposible oír una confesión más clara. Sin embargo, como si les hubieran taponado los oídos (ahora que, gracias al cine, se ha revivido el episodio de los marinos y el canto de las sirenas), los impulsores de su candidatura no solo no reaccionaron para condenar esas frases y defender la integridad de su organización política, sino que no dijeron una sola palabra. Al parecer, se sintieron satisfechos con la tardía explicación de la copiona (como ella misma se definió), propia de la picardía criolla, que afirmaba que se trataba de una broma. O, más grave aún, consideraron que hacer trampa en un examen o en general en la redacción de un texto es algo que no merece ni siquiera un pedido de aclaración, mucho menos su exclusión de la papeleta, que es la única sanción que corresponde en casos como este.
Para suerte de esa organización, de inmediato se cruzó por ahí el exministro Serrano en su camino desde la Florida hasta la cárcel del Encuentro. Obviamente, la dimensión de este hecho opacó al anterior, lo hizo aparecer como un episodio anecdótico que apenas será recordado en algún mentidero. Pero, ya que vamos a tener materia para largo rato con lo que calle Serrano y lo que digan las múltiples víctimas sobre las verdades de su abigarrada trayectoria, habrá tiempo suficiente para tratar ese tema, de manera que no cabe dejar en el olvido la confesión pública de la prefecta que aspira a la alcaldía.
Nos hemos acostumbrado a considerar que la corrupción se presenta únicamente en actos relacionados con el sector público y no vemos, o no queremos ver, que hay tanta o mayor corrupción en nuestros entornos cotidianos. Uno de estos es precisamente el de la educación, donde la trampa muchas veces es reivindicada como habilidad y expresión de una picardía que busca afectar y burlar al profesor, como lo dijo ella en su penosa aclaración. No se le pasó —no se nos pasa— por la cabeza que, además de una afrenta para el profesor que confía en que su trabajo no caiga en saco roto, es un hecho que afecta a quien lo hace y que causa daño a la sociedad.
Afecta a la persona que actúa de esa manera porque la convierte en un elemento potencialmente nocivo para su entorno. Si actúa de esa manera en algo tan importante para su propia carrera profesional, no cabe esperar un comportamiento diferente en los demás campos. Ese acto, esa supuesta expresión de astucia, socava las bases de la confianza sobre las que se asienta la vida social. Generalmente es festejado por su entorno, como lo fue por quienes llenaron aquella aula sin considerar el efecto colectivo. Además del tema de valores, que suena siempre etéreo, lejano, abstracto, cabe considerar los efectos negativos que tiene ese mínimo acto sobre las posibilidades del resto de personas.
Putrefacción, descomposición, podredumbre, degeneración, corruptela, deshonestidad, depravación, perversión, vicio, envilecimiento, peste, soborno, cohecho, coima, son algunos de los sinónimos de corrupción que ofrece el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Se puede escoger cualquiera para comprender lo sucedido. Pero, bastan los dos únicos antónimos que recoge, honradez e integridad, para comprender por dónde deberían ir las acciones de las organizaciones políticas en casos como este.