De la Vida Real
Quito, un libro abierto de cinco días
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Actualizada:
La Feria Internacional del Libro de Quito 2026 empezó antes de abrir sus puertas. Empezó en marzo, cuando parecía que este año no habría feria. El Municipio la suspendió y, al día siguiente, el Gobierno, a través del Ministerio de Educación, Deporte y Cultura, anunció que la haría junto a la Cámara Ecuatoriana del Libro y la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo. A eso se sumaron los aranceles a los libros que vienen de Colombia, y hubo que buscar otros caminos con Perú, Chile y Argentina. Pero se hizo, a pesar de todos los tachones que hubo en el borrador.
El 30 de septiembre, el Centro de Exposiciones Quito abrió sus puertas, y durante cinco días, hasta el 4 de octubre, la entrada fue gratuita para todos.
Y entonces la feria se volvió un libro. Los expositores fueron sus capítulos: 137, uno tras otro, cada uno con su propia historia. Los libreros y los escritores, junto a sus personajes. Y el público, el más variado que se pueda imaginar: niños que corrían al Pabellón Infantil, jóvenes con la lista de compras en el celular, familias enteras, abuelos que buscaban con calma ese título que leyeron hace años. Fueron cinco días en los que el libro fue el centro de todo.
Hubo de todo: más de 200 eventos entre charlas, presentaciones, firmas y talleres. Vinieron Carmen Posadas, Guillermo Arriaga y Andrés Neuman, y más de 50 autores presentaron sus obras. Y los profesionales del libro también se juntaron a conversar sobre hacia dónde va la edición.
Porque la feria es solo la portada. Detrás de cada libro hay mucho más que un escritor. Hay una editorial que creyó en esa obra. Hay diseñadores que pensaron cada cubierta, correctores de estilo que cuidaron cada palabra, distribuidores y libreros que conocen las obras y a sus autores casi de memoria. Todos fueron parte de esta edición: desde abril, editores, libreros, correctores, traductores y bibliotecarios se sentaron en mesas de trabajo para pensar juntos la feria. Personajes principales y secundarios, todos necesarios para que la historia funcione.
Estar detrás de un stand es conocer al lector. Es conversar, intercambiar risas, recomendaciones y contactos.
Cada persona que se acerca es un mundo por descubrir. Comparte un tiempo con nosotros y luego se va, como las páginas de un libro: ellas nos pasan y nosotros las vemos pasar.
Pasear por los stands es recorrer el trabajo de cada uno. Hay promociones, novedades y sorpresas. Y quien atiende repite una y otra vez la misma explicación, como si fuera la primera vez. El visitante agradece, se va, llega otro, y la explicación vuelve a empezar, con la misma sonrisa.
Desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la noche. Se ve gente pasar, libros y brillar. Se come a toda velocidad, porque toca volver al stand que por un ratito se dejó encargado. Y nadie se queja: así se vive la feria.
Esta vez, la feria tuvo algo distinto. Tuvo un ambiente ligero y un público con ganas de estar.
Los organizadores esperaban alrededor de 40.000 visitantes, y los pasillos no se vaciaron. La gente entra, sale, recorre, compra, sonríe y se va con dos, tres libros o más. Algunos no esperan llegar a su casa: se sientan un rato, abren el libro y empiezan con la historia ahí mismo.
Y la feria no termina cuando se apagan las luces. Por algunos días, los quiteños seguiremos recordando que fuimos a la feria. Los vendedores hablaremos del cansancio y de lo lindo que lo pasamos. Y los lectores verán ese libro pendiente en el velador y se acordarán de que lo compraron en la Feria del Libro 2026. Así es como una feria se queda con uno, mucho después de que termina.
Y eso fue posible gracias a la organización y a la colaboración de todos los que hacemos que, cuando un libro se cierra, otros mil más se abran.