Callar a Roberto Aguilar
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
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No tengo el gusto de conocer personalmente a Roberto Aguilar, pero he venido leyendo sus columnas por más de dos décadas. Y siendo consciente de que esto es un juicio muy subjetivo, me arriesgo a decir que es el mejor cronista político ecuatoriano de nuestra era.
Aguilar es un tipo de una sagacidad poco común. Retrata los entretelones de la política con inteligencia y humor. Y, aun si se puede diferir con él en ocasiones, nadie lo puede acusar de hacer proselitismo ideológico o partidista a través de sus escritos. Recuerdo que me desternillaba de risa cuando hace unos 15 años leía sus crónicas de “espectáculo” de las asambleas correístas. Hoy, ante un régimen de otros colores y otras consignas ideológicas, sigue siendo uno de los referentes obligatorios del análisis político cotidiano en el país.
Hoy el gobierno pretende callarlo. Ha sido desvinculado de su posición en Diario Expreso, desde la que semana a semana escribía de forma crítica sobre el accionar del gobierno, y en términos más generales, sobre la política ecuatoriana. Ya han existido serias denuncias sobre el hostigamiento por parte del Estado a Expreso y Extra desde 2025; ahora han llegado a la cabeza del que tal vez sea su periodista más destacado.
El caso de Aguilar no es aislado, y eso es precisamente lo que debería preocuparnos. El año pasado, La Posta y Radio Centro fueron vendidos a un asambleísta alterno de ADN, en condiciones -por decir lo menos- sospechosas. La Posta pasó de ser el medio que sacaba ministros e incluso un presidente a ser prácticamente nada. En febrero de este año El Universo, más de cien años sostenido como empresa familiar ecuatoriana, pasó a manos de un consorcio transnacional, y algunas de sus plumas más lúcidas empezaron a despedirse. Y ahora, Aguilar. Vistos uno por uno, cada episodio puede admitir una explicación comercial, administrativa o personal. Vistos en conjunto, dicen otra cosa: en menos de dos años, los espacios desde los cuales se critica al poder en el Ecuador se han ido apagando, uno tras otro.
Por cómo este gobierno ha venido manejando la libertad de expresión desde los inicios de su mandato —callando o comprando medios y periodistas de varias maneras— solo quedan dos posibilidades: o que no conozca los fundamentos básicos de la democracia, o que su vocación democrática no sea fuerte. Un gobierno, por más que le incomode, e incluso a veces le duela, se beneficia de tener gente inteligente y honesta que le diga frontalmente las cosas que está haciendo mal. Es una lástima que al actual gobierno eso parezca no interesarle. Y ese es un rumbo peligroso: el callar a las voces críticas, o hacer oídos sordos ante ellas, solo puede llevar hacia un gobierno cada vez más cerrado y menos democrático.
Creerán que han callado a Roberto Aguilar. Yo sospecho que se equivocan. Un analista de sus quilates, con la inteligencia y pluma que lo caracterizan, encontrará otras plataformas desde donde seguir ejerciendo su oficio de incomodar al poder, eso que hace tan bien, y que es tan necesario para la salud del régimen democrático.
Pero no solo que confío en que Aguilar encontrará otros espacios para seguir escribiendo. Su salida forzada de Diario Expreso ha caído mal a muchos, entre los que me incluyo. Y esto nos da ánimos para que desde nuestros espacios, por más pequeños que sean, y aun sin la gracia, el humor y el talento que él tiene, sigamos denunciando las cosas que nos parecen equivocadas de las sociedades, la política y los gobiernos (y ojo, hablo de los gobiernos en plural, no solo del actual gobierno ecuatoriano).
El intento por callar a Roberto Aguilar solo traerá resultados negativos a este gobierno: mayor certeza de su vocación antidemocrática, sin la seguridad de que en realidad puedan callarlo. Un grave error que comete el gobierno en contra de la libertad de expresión en el país - y en contra de sí mismo, paradójicamente.