Libre comercio vs. mercantilismo
Fellow en Estudios Latinoamericanos del Instituto Cato. Entre 2006-2026 escribió para El Universo (Ecuador). Es autora de En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales en Iberoamérica (Editorial Planeta, 2025).
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Este año se conmemoran los 250 años de dos hitos importantes para el liberalismo clásico: la Declaración de la Independencia de Estados Unidos y la publicación de 'La riqueza de las naciones' de Adam Smith. En columnas anteriores hemos comentado aquí la influencia que tuvo la tradición hispana de la libertad en la Revolución Americana, así como también la influencia que a su vez tuvo esta última en América Latina.
Si investigamos las ideas que compartían influyentes pensadores en Iberoamérica en los albores de la independencia, como he intentado hacerlo en mi libro 'En busca de la libertad' (Crítica, 2025), vemos que tenían mucho en común con aquellas de los Padres Fundadores de Estados Unidos. La soberanía popular, el gobierno limitado y descentralizado, la libertad de expresión, la protección de la propiedad privada eran todas parte de lo que nuestros Padres Fundadores proponían como principios sobre los cuales cimentar las nuevas repúblicas. ¿Por qué las mismas ideas derivaron en fortunas tan distintas?
Primero señalemos la gran brecha. Según las cifras del Proyecto Angus Maddison, el PIB per cápita en lo que hoy es Estados Unidos en 1775 era de USD 2.419, mientras que Latinoamérica tenía para 1776 un PIB per cápita promedio de USD 1.446. Esto es, al momento de la independencia de Estados Unidos, ya las 13 colonias tenían un ingreso promedio por persona que era considerablemente superior. El ingreso promedio del entonces español americano era un 59% de aquel de un colono inglés.
Desde ese entonces, esa brecha ha continuado creciendo. En 2022, el PIB per cápita de Estados Unidos era de USD 58.487 mientras que el promedio de América Latina fue de USD 14.028, o apenas un 23%. Otra manera de verlo es que el latinoamericano promedio tenía en 2022 un ingreso promedio similar al de un estadounidense promedio en 1949—un retraso de 77 años. Por supuesto que hay grandes diferencias entre los países latinoamericanos. Por ejemplo, Uruguay registró ese año un retraso de 62 años, mientras que Bolivia uno de 132 años.
La brecha es grande y seguro hay múltiples factores que la explican. Pero aquí nos enfocaremos en las ideas y cómo viajan, se mezclan y compiten entre sí. El liberalismo que permeó la Revolución Americana no solo contenía la dimensión política compartida con la tradición hispana de la libertad—desde Francisco de Vitoria en la Escuela de Salamanca, pasando por John Locke en Inglaterra, hasta los Padres Fundadores de Estados Unidos y los nuestros—sino que también contenía una dimensión económica que coincidiría con las ideas de libre comercio y libertad económica en general del célebre escocés. Muchos de nuestros padres fundadores al sur del Río Bravo también creían en ambas dimensiones.
Pero hay una importante diferencia. Para el gobierno de la joven república de los Estados Unidos el libre comercio en “barcos libres con bienes libres” y en base al principio de Nación Más Favorecida (NMF) era visto como algo que ofrecer a sus aliados, que además resultaría conveniente al progreso económico del país. No es que la joven república practicara el libre comercio al estilo de Hong Kong, pero al menos creía en un sistema relativamente más abierto al comercio con el resto del mundo. Para la corriente que se terminó imponiendo dentro de la Monarquía de los Borbones en España, el libre comercio con el resto del mundo era visto como el fin del sistema mercantilista que beneficiaba a múltiples grupos de intereses en torno a los puertos privilegiados.
Lo que terminó sucediendo el 6 de febrero de 1778 es que Estados Unidos celebró con Francia el Tratado de Amistad y Comercio, no con una política de verdadera apertura comercial como lo había propuesto John Adams, pero con un principio comercial relativamente libre para la época, aquel de NMF. Según este principio, ambas partes se comprometían a extenderle a la otra cualquier trato comercial favorable concedido a una tercera nación.
En cambio, el 12 de octubre de 1778, la Monarquía Española termina promulgando el “Reglamento y Aranceles Reales para el Comercio Libre de España a Indias”, que, aunque contiene el término “comercio libre” no era nada más que la ampliación para comerciar dentro del imperio, más no con extranjeros. El imperio español, ya en franco declive y a los inicios de la Revolución Industrial, era un imperio que continuaba —oficialmente— cerrado al comercio exterior y que solo aumentó la libertad para comerciar dentro de la monarquía como una medida de pacificación y de aumentar la recaudación. Como lo tenía claro Juan Pablo Viscardo y Guzmán, cuyo panfleto utilizaría Francisco de Miranda para promover la causa de la independencia en la región: “La libertad tan enunciada del nuevo sistema de comercio no es más que una burla para los españoles de los dos hemisferios; y como mucho se las podría comparar a estas cadenas menos ajustadas que se da a los esclavos para ponerlos en estado de proporcionar más trabajo para su amo”.