En sus Marcas Listos Fuego
Códigos para rastreros
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
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Hoy les voy a contar cómo se mide la decencia de un país. No con encuestas, no con discursos, no con esas cadenas nacionales donde todos son muy patriotas. Se mide con un cadáver. Con lo que hacemos cuando se muere alguien que no nos gustaba por pura paja ideológica.
Michele Sensi-Contugi y Stephany Hollihan son la noticia de esta semana. El helicóptero que los transportaba en Kenia se estrelló y ambos murieron.
Y no eran dos personas cualquiera. Sus cargos no importan. ¿Director de Inteligencia? Hoy me resulta irrelevante. Eran los mejores amigos de Daniel y de Lavinia y, esa amistad, bastó y basta a sus enemigos políticos para burlarse de sus muertes, para cuestionar lo que hicieron en vida, para emitir más de una teoría de la conspiración.
Soy crítico de este gobierno. ¿Por qué? Porque siempre me enfrentaré a cualquier régimen que, en mi criterio, restrinja libertades. ¿Pero saben qué jamás podré hacer, ni contra mi peor enemigo? Regocijarme sobre la tumba ajena.
Porque incluso en política, incluso en los contrastes ideológicos, existen códigos. Y quien no respeta esos códigos no merece más calificativo que el de escoria.
¿A alguno de sus críticos se le ocurrió siquiera preguntarse si dejan hijos huérfanos? ¿A alguno le ha importado el dolor de sus padres? ¿O es que en esta sociedad nadie ha tenido que llorar, hasta secarse, la muerte de un ser amado?
¿En qué momento el ecuatoriano dejó de ser persona para convertirse en un ruin y rastrero carroñero? Los que se burlan no son oposición. Realmente no merecen ningún calificativo humano.
Stephany Hollihan no era funcionaria. No firmaba decretos, no manejaba fondos reservados, no le debía cuentas a nadie. La única razón por la que hay gente escribiendo bajezas sobre una mujer muerta es que estaba casada con un funcionario público. Eso tiene nombre: culpa por matrimonio. El invento más viejo y más cobarde del repertorio humano.
Ya sé lo que viene, porque siempre viene: "¿entonces no se puede criticar al jefe de inteligencia porque se murió?".
Se puede. Se debe. Y lo hago yo, que llevo años escribiendo sobre esto. El Centro Nacional de Inteligencia opera con fondos reservados, con opacidad de fábrica y con un control parlamentario que en este país es más un rumor que una función del Estado. Esa discusión no se cierra con un helicóptero estrellado en África; se abre más, porque ahora hay que preguntar quién queda a cargo, con qué reglas y con qué contrapesos.
Pero hay que ser muy vil para no distinguir que el escrutinio se le hace al cargo y la burla se le hace al cuerpo. Lo primero es un deber ciudadano. Lo segundo es lo que hacían las turbas medievales.
Esto no es un asunto de modales. Es el ensayo de algo mucho más feo, y la secuencia siempre es idéntica. Primero el otro es un rival, después es un enemigo, después es un no-humano, y cuando ya es un no-humano, contra él todo está permitido.
Yo no sé todavía qué hizo Michele Sensi-Contugi con los fondos reservados del Estado. Hoy no me importa. Hoy respeto el luto y el dolor ajeno.
Lo que sí sé es qué hicieron ustedes con su cadáver y con el de su mujer.
Y para saberlo no hace falta ninguna investigación. Está publicado, con nombre, apellido y foto de perfil.
Esta es una columna para agradecer a los monstruos por retratarse de cuerpo entero.
De mi parte, mi más sentido pésame, de todo corazón, a las familias Sensi-Contugi y Hollihan. Mi más sentido pésame, de todo corazón, a Daniel y a Lavinia.
Que la vida les dé fuerza para superar esta pérdida y que sus actos, lean bien, sean siempre pensando en hacer sentir orgullosos a quienes hoy se marcharon. Que las vidas de Michele y Stephany no hayan sido en vano.