Cindy Castro, la diseñadora ecuatoriana que quiere cambiar el lugar de los inmigrantes en la moda de Nueva York
Salió de Quevedo a los 18 años. Trabajó como niñera durante un año. Dos décadas después dirige un atelier en el Garment District, en Manhattan.

Cindy Castro, diseñadora de modas ecuatoriana radicada en Nueva York.
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Cortesía Cindy Castro
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NUEVA YORK. En las Navidades de su infancia, Cindy Castro tenía una tarea favorita en la joyería de su madre en Quevedo: envolver regalos. Cuando aparecía una caja por preparar, se ofrecía antes que nadie. Quería hacer el lazo, acomodar el papel, dejar bonito el paquete. Su padre era profesor; su madre había empezado vendiendo joyas hasta abrir su propio negocio, donde ofrecía piezas que llevaba desde Cuenca.
Era la menor de tres hermanas, creció mirando a su madre salir cada día a trabajar. Mucho antes de saber cómo funcionaba una empresa, entendió que quería tener algo suyo. “Mi mamá me inspiró a ser una mujer independiente”.
Quevedo era entonces, en su recuerdo, una ciudad donde casi todos se conocían. Pero la familia de sus padres estaba lejos: su madre era de Riobamba y su padre de Azogues. Durante las vacaciones subían desde la Costa hacia la Sierra con el carro cargado de frutas para los familiares. Cindy miraba por la ventana. “En las carreteras veía niños vendiendo caramelos o pidiendo dinero. Aquellas imágenes de pobreza se me quedaron grabadas”. También comenzó a resistirse a la vida que suponía que estaba escrita para ella. “No quería depender económicamente de nadie ni aceptar que crecer significaba simplemente casarse y quedarse en casa”. Quería viajar. Trabajar. Y, sobre todo, quería diseñar ropa.
Su primera idea fue Milán, pero estudiar moda allí estaba fuera del presupuesto familiar. Cambió de plan y se mudó entonces a Quito con sus hermanas y pensó estudiar lenguas y negocios internacionales. Mientras aprendía inglés y francés, escuchó a una estudiante hablar de un programa "au pair" en Estados Unidos: cuidaría niños, recibiría un pago y, sobre todo, podría aprender inglés.
Cindy convenció a sus padres y trabajó en una guardería para completar la experiencia que le exigían. A los 18 años tomó un avión rumbo a Chicago.
Su camino a la alta moda

Durante un año cuidó niños parte del día y tomó clases universitarias el resto. “Y regresé a Ecuador, tal como había prometido”, cuenta. En Chicago, sin embargo, había conocido a Henry, quien hoy es su esposo. Fue él quien le hizo ver que aquel sueño que había descartado por falta de dinero todavía era posible. Podía pedir préstamos, buscar becas y pagarse una carrera.
Para alguien que venía de un sistema en el que la universidad se estudiaba si la familia podía costearla, endeudarse para estudiar era una idea nueva. Sin embargo lo hizo. Entró a Columbia College Chicago, obtuvo algunas becas, pidió préstamos, todavía paga una pequeña parte de aquella deuda, y se graduó con honores en Diseño de Moda.
Nueva York tampoco estaba en el plan. Después de graduarse, Cindy viajó a Manhattan de vacaciones. Mientras recorría la ciudad vio una oportunidad de trabajo en la casa de moda Coach y decidió aplicar. Consiguió una entrevista y, cuando terminó, volvió al auto para regresar a Chicago. La respuesta la alcanzó en la carretera: la querían el lunes siguiente, justo cuando comenzaba New York Fashion Week.
Cindy regresó con una maleta y llegó sola a la Quinta Avenida. Empezó a trabajar. Luego tomó otra pasantía. Y otra. Llegó a hacer dos y tres al mismo tiempo. Los estudiantes de Parsons o FIT tenían profesores, compañeros y contactos en la industria. Ella no conocía a nadie. “A mí me tocó abrirme las puertas sola”.
Durante la década siguiente entendió también dónde estaban los latinos dentro de la moda neoyorquina. En Coach empezó como asistente de atelier y fue ascendiendo, pero en los equipos de diseño muchas veces era la única latina. Al principio medía sus palabras por miedo al acento o a equivocarse en inglés. En los talleres era distinto: allí encontraba a los latinos que confeccionaban las prendas y ella, por hablar español, servía de puente entre ambos mundos. Esa división terminaría marcando la empresa que crearía después.
Cindy Castro, Made by Inmigrants
En 2020, la pandemia la dejó sin empleo. Cindy ya hacía trabajos freelance y había ahorrado pensando en crear algún día su propia marca. Invirtió ese dinero y nació 'Cindy Castro New York'. Primero compraron amigos y familiares, hasta que llegó una orden inesperada: un vestido corto de seda verde para una mujer que no conocía. Era la primera vez que una desconocida elegía algo diseñado por ella.
La marca creció sin grandes inversionistas. Cindy reinvirtió sus ahorros, postergó incluso la compra de una casa, y decidió que los inmigrantes no estarían únicamente detrás de las máquinas. Cuando quiso formar como costurera a una refugiada ecuatoriana, consiguió un préstamo comunitario sin intereses: desconocidos aportaron más de USD 9000 en cinco días. Dos de las costureras que han pasado por su atelier son ecuatorianas y buena parte de la confección recae en manos inmigrantes.

De ahí que su colección 'Made by Immigrants' pretende ser mucho más que una frase estampada en una prenda. Cindy también es inmigrante. La lanzó en medio del endurecimiento de la política migratoria y pronto comenzaron a escribirle personas que no se atrevían a hablar públicamente de su situación. También estadounidenses que compraban la prenda para mostrar apoyo a sus vecinos. La ropa se convirtió en una manera de decir lo que algunos preferían callar.

Ecuador aparece también en sus diseños. Uno de los más vendidos es el Manuelita Dress, inspirado en Manuela Sáenz. Cindy dice que tuvo que irse para mirar de otra manera el país donde creció. La distancia, sin embargo, todavía pesa: “Cuando vuelvo a Ecuador, siempre lloro. Cuando me voy de Ecuador, siempre lloro”. Su familia está allá; su esposo, su trabajo y la vida que construyó están aquí. “Ahora me siento dividida”.

Hay una última distancia, entre la niña que peleaba por envolver los regalos en la joyería de Quevedo y la mujer que hoy abre la puerta de su propio atelier en el Garment District, el famoso distrito de la moda de Nueva York.
Cindy dice que nunca imaginó llegar hasta aquí. “No porque me creyera incapaz, sino porque quedaba demasiado lejos de todo lo que conocía”. Durante años vio a muchos latinos confeccionando las prendas, pero a pocos participando en las decisiones creativas. Ahora, desde su propio atelier, quiere acortar esa distancia. “Para mí es cambiar la narrativa de lo que se cree de una latina y de lo que se cree de la moda latina”. Y luego lo dice con orgullo: “Latina fashion is luxury” ("la moda latina es lujo").
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