El ecuatoriano que cruzó la frontera de milagro junto a sus hermanas y hoy es vicecónsul en Nueva York
Durante años trabajó de noche en un bar de Nueva Jersey para pagar sus estudios sin saber si su situación migratoria le permitiría ejercer. Hoy, el ecuatoriano Bladimir Quito es el vicecónsul en Queens. Esta es su historia de superación.

Hoy, como vicecónsul del Ecuador en Queens, Bladimir Quito recorre una de las zonas con mayor presencia de migrantes ecuatorianos en Nueva York. El tren 7, que atraviesa buena parte del distrito, forma parte del paisaje cotidiano de la comunidad ecuatoriana.
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Selene Cevallos
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NUEVA YORK. Hace poco más de dos décadas, Bladimir Quito llegó a Estados Unidos con 18 años junto a sus dos hermanas, entonces de 15 y 11. El viaje duró más de dos semanas. "No pueden llorar. Solo súbanse al carro", les advirtieron antes del reencuentro con sus padres, a quienes no veían desde hacía casi cuatro años. "La frontera nunca se la recomendaría a nadie. Llegamos de milagro", recuerda. Aquella noche, después del abrazo, toda la familia durmió en una misma cama.
La adaptación no fue sencilla. Aprendió inglés mientras trabajaba de noche en un bar de Hoboken para pagar libros y estudios. Sus padres insistían en una sola idea: la educación era el único camino para construir un futuro.
Luego de varios meses ingresó al Hudson County Community College, donde apareció la persona que cambiaría su historia: Esperanza Robles, una consejera académica que vio sus calificaciones y le preguntó por qué nunca había solicitado una beca. “Me daba vergüenza decir que no tenía documentos”, cuenta. Ella le explicó que existían donantes privados y poco después obtuvo una beca presidencial que financió sus estudios. “Nunca me voy a olvidar ese nombre”, afirma.
Después continuó sus estudios en New Jersey City University. Allí cambió Justicia Criminal por Ciencias Políticas y Estudios Internacionales, participó en el Modelo de Naciones Unidas y realizó una pasantía en la misión de República Dominicana ante la ONU. Esa experiencia despertó su interés por la diplomacia.

¿Y ahora qué?
Pero el título universitario no resolvía su principal problema. “Me preguntaba para qué estudiaba si al final no iba a poder ejercer por mi estatus migratorio”, recuerda. Sin embargo, decidió postular a una maestría en una de las universidades más destacadas de Estados Unidos.
Cuatro días después recibió la carta de aceptación. Su madre estaba cosiendo cuando él le dio la noticia. Los dos se abrazaron y lloraron. No sabían cómo pagar una universidad como New York University (NYU), pero una beca otorgada en Ecuador hizo posible ese sueño. A cambio debía regresar al país una vez terminados sus estudios.
Algunos compañeros le decían que no volviera, que podía buscar trabajos mejor pagados en Estados Unidos y devolver el dinero. Para Bladimir, en cambio, regresar era parte del compromiso y también una forma de poner en práctica lo aprendido.
“Para mí fue volver a emigrar”, dice sobre su retorno. Sabía que salir de Estados Unidos podía significar no volver nunca por su historial migratorio. Aun así, regresó.
La historia luego del retorno
Su primer trabajo profesional fue en la Superintendencia de Control del Poder de Mercado. Recorrió comunidades, conoció agricultores y participó en procesos relacionados con buenas prácticas comerciales para que pequeños productores pudieran acceder a supermercados.
Luego trabajó en el Consejo Nacional Electoral, en la provincia de El Oro. Más tarde llegó a la Asamblea Nacional, donde trabajó en temas de migración y vulnerabilidad. Allí acompañó casos de ecuatorianos deportados, personas que llegaban al país sin redes, sin documentos actualizados o en situaciones complejas.
En esos años intentó varias veces volver a Estados Unidos para visitar a sus padres. Pero recibió negativas. Le recordaban que tenía una penalidad de 10 años por haber permanecido sin estatus regular. Entonces apareció una oportunidad inesperada: lo propusieron para trabajar como diplomático en el Consulado de Ecuador en Nueva Jersey.

La vuelta fue una sorpresa para sus padres. No lo esperaban. El reencuentro cerró un círculo que había comenzado años atrás, cuando él y sus hermanas llegaron a una gasolinera después de cruzar la frontera y vieron a sus padres después de casi cuatro años.
Durante tres años trabajó en el Consulado de Ecuador en Nueva Jersey. Luego pasó al Consulado de Ecuador en Queens, donde actualmente, a sus 39 años, cumple funciones como vicecónsul.
Su historia personal, dice, cambió su forma de atender a la comunidad. “Haber vivido la experiencia migratoria me permite entender mejor la angustia de quienes llegan al consulado con cualquier tipo de problema, que parecen pequeños, pero que para una familia pueden ser enormes”.
Su vínculo con la educación no terminó con su historia personal. Bladimir sigue ligado a la Organización Juventud Ecuatoriana, la misma que le dio una de sus primeras becas. Hoy es su presidente. La organización entrega cinco becas anuales y, aunque su nombre alude a Ecuador, ha abierto espacios también para jóvenes de otros países latinoamericanos.
Cuando mira hacia atrás, reconoce que pensó varias veces en abandonar. Pero insiste en que el estatus migratorio no define el talento ni la capacidad de una persona.
Su sueño pendiente es participar en la toma de decisiones y contribuir al diseño de políticas públicas, en Estados Unidos o en Ecuador, que ayuden a la comunidad migrante a salir adelante.
También quiere tener algún día una fundación propia para entregar becas. “Al cambiar la vida de un estudiante, se puede cambiar también la vida de su familia y de su comunidad”, asegura.
A Bladimir Quito la educación no le borró las dificultades del camino. Pero le dio herramientas para cruzar otras fronteras: las del idioma, la falta de recursos, el miedo, la frustración y la imposibilidad de ejercer. Y, con el tiempo, también le abrió la puerta para servir desde el mismo país al que un día llegó como joven migrante.
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