Gabriela Mayorga, la ecuatoriana que hoy ayuda a diseñar políticas que benefician a millones de personas en Nueva York
Llegó desde Ambato siendo adolescente y construyó su vida entre consulados, hospitales y comunidades migrantes. Hoy ocupa un puesto clave en la alcaldía de Nueva York de Zohran Mamdani, mientras defiende programas de salud y asistencia para millones de familias.

Gabriela Mayorga, migrante ecuatoriana que trabaja en la alcaldía de Nueva York, fue reconocida entre las mujeres más influyentes de la comunidad en Queens, por parte del presidente del Condado Donovan Richards Jr.
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NUEVA YORK. La llamada llegó cuando trabajaba en el Consulado de Ecuador en Nueva York. Del otro lado de la línea, un hospital solicitaba ayuda para una mujer que había sido trasladada de emergencia después de cruzar la frontera. Cuando Gabriela Mayorga llegó, encontró una escena que todavía recuerda con absoluta precisión. La paciente había perdido a su bebé, llevaba días sin recibir atención adecuada y no podía comunicarse con nadie. No hablaba español ni inglés. Hablaba quechua.
En una de las ciudades más grandes y diversas del mundo, aquella mujer permanecía sola en una habitación sin poder explicar su dolor ni entender lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Mayorga intentó convertirse en el puente que el sistema no había logrado ofrecerle.
Años después sigue hablando de ese episodio como uno de los momentos que definieron su vida profesional. “No porque fuera el único caso difícil que encontré trabajando con migrantes, sino porque entendí algo que terminaría guiando toda mi carrera: el problema no era únicamente la falta de recursos. Era también la ausencia de personas capaces de comprender lo que viven quienes llegan a un país nuevo sin dominar el idioma ni conocer cómo funcionan sus instituciones”, recalca.
Gabriela salió de Ambato a los 17 años y llegó directamente a Queens, el condado que se convertiría en su hogar. Los primeros años estuvieron marcados por el aprendizaje acelerado que acompaña a muchos migrantes. Un idioma nuevo, una ciudad desconocida y la necesidad de abrirse camino sola en un entorno que no siempre resulta acogedor para quienes acaban de llegar.
Con el tiempo descubrió algo que considera tan importante como cualquier empleo o título académico: encontró comunidad. Personas que enfrentaban desafíos parecidos y que compartían la experiencia de intentar construir una vida lejos de su país de origen. Fue entonces cuando comenzó a entender que su futuro no estaría únicamente ligado a su propio progreso, sino también al servicio público.
Su recorrido no siguió una línea recta. Primero trabajó en el Consulado ecuatoriano atendiendo asuntos relacionados con salud y migración. Más adelante pasó más de una década en MetroPlusHealth, conectando a familias inmigrantes con cobertura médica y servicios de salud en distintos barrios de Nueva York. Puerta a puerta, mercado a mercado, escuela a escuela.
Hoy forma parte de la Oficina de la Vicealcaldesa para Salud y Servicios Humanos de Nueva York, una posición desde la que participa en decisiones que afectan a millones de residentes de la ciudad, incluidos cientos de miles de inmigrantes ecuatorianos.

El miedo que no desaparece
Después de más de quince años trabajando con comunidades migrantes, Mayorga asegura que existe un problema que continúa apareciendo una y otra vez: el miedo.
“Miedo a preguntar. Miedo a acercarse a una institución pública. Miedo a hablar inglés. Miedo a solicitar ayuda. Miedo a que cualquier contacto con el gobierno pueda terminar perjudicando a una familia. Miedo a ICE”.
Según explica, muchas personas tienen acceso legal a servicios médicos, asistencia alimentaria o programas de apoyo, pero no los utilizan porque nadie les ha explicado en su idioma cuáles son sus derechos o porque temen llamar la atención de las autoridades.
La situación se ha vuelto más compleja en los últimos años. Desde su trabajo actual observa cómo numerosas familias evitan buscar atención médica por temor a que la información proporcionada durante una consulta pueda afectar su situación migratoria. Una pregunta se repite constantemente en reuniones comunitarias y centros de salud. “¿Me van a preguntar por mis papeles?”.

Para Mayorga, esa inquietud revela uno de los desafíos más profundos que enfrenta la salud pública. “Cuando las personas dejan de acudir a controles preventivos o retrasan tratamientos por miedo, las enfermedades avanzan y las consecuencias terminan siendo más graves tanto para las familias como para el sistema sanitario”, indica.
La preocupación también aumenta ante la posibilidad de recortes federales a programas como Medicaid y SNAP (Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria, por sus siglas en inglés). Según explica, para miles de familias trabajadoras estos beneficios representan la diferencia entre recibir atención médica o no recibirla, entre llegar a fin de mes o quedarse sin recursos suficientes para cubrir necesidades básicas.
Una mirada pública desde la experiencia migratoria
Su experiencia como migrante le permite observar esas discusiones desde una perspectiva distinta.
“Cuando participo en reuniones sobre comunidades inmigrantes, no solo estoy analizando estadísticas o informes técnicos. Siempre pienso en mi propia experiencia que viví al llegar a Queens sin dominar el idioma y sin conocer los mecanismos del sistema estadounidense”.
Gabriela Mayorga, migrante ecuatoriana, representante de la oficina de la Vicealcaldesa para Salud y Servicios Humanos de Nueva York
Esa mirada también explica por qué hace casi dos décadas ayudó a fundar Juventud Ecuatoriana, una organización creada para abrir oportunidades educativas y de liderazgo a jóvenes inmigrantes. En aquel entonces, recuerda, muchos adolescentes luchaban simplemente por terminar la escuela y aprender inglés. Hoy observa una generación con aspiraciones más amplias, aunque enfrentando nuevos desafíos relacionados con la incertidumbre migratoria y la identidad cultural.

Cuando piensa en el legado de la migración ecuatoriana, no habla únicamente de sacrificio. Habla de continuidad. Hace pocos días asistió a la graduación universitaria de su hija mayor en la Universidad de Nueva York. La joven caminó hacia el escenario llevando una bandera ecuatoriana bordada en su toga. Para ella, aquella imagen resumía décadas de esfuerzo familiar y una historia que comenzó mucho antes, cuando una adolescente de 17 años salió de Ambato sin saber exactamente qué encontraría al otro lado del viaje.

“Nosotros los ecuatorianos no venimos a rendirnos. Venimos a construir”, afirma. Y mientras observa a una nueva generación crecer entre dos países, sigue convencida de que la migración no es una historia de pérdida, sino una historia de multiplicación.
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