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Sociedad

Del contenedor al escaparate: los ecuatorianos detrás de la ropa de segunda mano que en España es vintage y también ahorro

Lejos del estigma de que la ropa usada está destinada a personas con pocos recursos, la tendencia a mitigar el impacto ambiental, la economía circular y el ahorro son tres argumentos que amplían este mercado. En Madrid, 26 manos ecuatorianas trabajan y consumen en esta línea en una fundación que mueve 34 millones de dólares al año.

Carmen Blacio, migrante ecuatoriana que trabaja supervisando el equipo que clasifica zapatos de segunda mano en la planta de Humana, en el extrarradio de Madrid.

Carmen Blacio, migrante ecuatoriana que trabaja supervisando el equipo que clasifica zapatos de segunda mano en la planta de Humana, en el extrarradio de Madrid.

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Soraya Constante

Autor:

Soraya Constante

Actualizada:

20 sep 2026 - 00:05

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MADRID. Carmen Blacio suelta una carcajada cuando cuenta una de esas historias que circulan entre quienes pasan el día abriendo bolsas de ropa usada. Alguien encontró una vez una urna con cenizas. A ella, después de tantos años, nunca le ha tocado nada semejante. Su rutina es bastante menos misteriosa y mucho más precisa. En la enorme planta de Humana en el extrarradio de Madrid, supervisa el equipo que clasifica zapatos y sabe exactamente dónde mirar antes de decidir si un par merece seguir caminando.

"Siempre, siempre, la suela", explica. No puede estar rota ni demasiado desgastada. Después observa la estructura y comprueba que el zapato no haya quedado deformado con la forma del pie de su antiguo dueño. Solo entonces decide si conserva la calidad suficiente para tener otra vida. Cada clasificadora de su área debe revisar alrededor de 1.130 kilos de zapatos al día. En ropa el objetivo ronda los 1.160 kilos y en vintage baja a unos 700, porque esas prendas pasan por una segunda selección y exigen más atención.

A pocos metros, Blanca Odalis aplica la misma rapidez a camisetas, pantalones, chaquetas y vestidos. En verano trabaja con un ventilador casi a la altura del rostro mientras va sacando prendas de las bolsas que llegan dentro de grandes jaulas de metal. Ella tampoco ha hallado nada de lo que alimenta las leyendas de la nave. Ha oído que una trabajadora encontró 500 euros en un bolsillo, pero ella solo ha encontrado un par de euros y alguna lata de atún vacía.

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Blanca ha aprendido a mirar primero donde el cuerpo deja más huella. "¿Dónde suda uno? El cuello, las axilas", explica. Si una prenda está rota o demasiado deteriorada, no seguirá el camino hacia una tienda; si está en buen estado, puede ser reutilizada. Con el tiempo el ojo se acostumbra y la tarea se mecaniza. "El primer día dije: 'Yo no voy a poder ver esto porque son muchas jaulas, muchos conceptos'. Una vez lo tienes mecanizado ya te sale solo".

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Un punto para donar ropa usada en Madrid, que luego se clasificará y distribuirá como parte de un circuito que busca mitigar el impacto ambiental y también ofrecer prendas a menor costo.Cortesía humana-spain.org
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De los roperos parroquiales al vintage

Reutilizar ropa no es una novedad en España. Durante décadas las prendas pasaron entre hermanos, primos y vecinos, y la Iglesia desempeñó un papel importante como receptora y distribuidora de donaciones. El ropero parroquial, ya de una manera más estructurada, se extendió después de la Guerra Civil y durante los llamados años del hambre de la década de 1940. Con la creación formal de Cáritas Española en 1947, durante los años siguientes se organizaron redes para canalizar ropa y alimentos procedentes tanto de donaciones nacionales como de ayuda internacional.

Con el tiempo, ese sistema asistencial y familiar empezó a convivir con un modelo mucho más profesionalizado. Aparecieron otras entidades que instalaron contenedores en la calle y desarrollaron plantas de clasificación, redes logísticas y tiendas. Rubén González, de Humana Fundación Pueblo para Pueblo, que pertenece a una red internacional de organizaciones dedicadas a proyectos sociales y ambientales, explica que la ropa usada pasó durante mucho tiempo por el estigma de ser un producto destinado a personas con pocos recursos. Eso ha cambiado. "A la motivación económica se han sumado la conciencia ambiental, el interés por la economía circular y la búsqueda de prendas distintas a las de las grandes cadenas", explica.

El cambio tiene incluso un nombre propio: el vintage, un concepto que define la revista Vogue de esta forma: "Prendas que fueron realizadas —y vividas— en años o décadas anteriores y que cobran valor con el tiempo". Carmen recuerda que, cuando empezó, aquellas prendas apenas despertaban interés. "Para mí el vintage era todo de abuelo", dice. Ahora ocurre lo contrario. Humana llegó a concentrar ese producto en establecimientos especializados y Rubén sitúa actualmente su red española en unas 60 tiendas, alrededor de 15 dedicadas específicamente al vintage.

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Rubén González, de Humana Fundación Pueblo para Pueblo, red internacional de organizaciones dedicada a proyectos sociales y ambientales, entre ellos la distribución de ropa de segunda mano. En la imagen, en la planta en el extrarradio de Madrid.Soraya Constante

El 2025 Humana vendió 7,6 millones de artículos y recibió a unos 2,8 millones de compradores. Entre ellos hay quienes buscan ropa singular, quienes quieren reducir su impacto ambiental y quienes entran porque necesitan pagar menos. El ahorro sigue siendo una razón fundamental para consumir prendas de segunda mano.

La dimensión del negocio contrasta, además, con la montaña de ropa que España sigue desechando. El país genera alrededor de 900.000 toneladas de residuo textil al año, unos 19 kilos por persona, pero la recogida selectiva apenas alcanza el 12,9%. La gran mayoría termina mezclada con otros residuos, en vertederos o incinerada. La operación de Humana recupera unas 20.000 toneladas anuales, poco más del 2% de todo el residuo textil generado en España.

La organización lleva alrededor de cuatro décadas trabajando con ropa usada. Rubén González sitúa su volumen económico en torno a 30 millones de euros anuales (USD 34,4 millones) y una plantilla cercana a 800 personas. Según los datos facilitados para este reportaje, el 29% del equipo es de otras nacionalidades y 26 trabajadores son ecuatorianos.

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Carmen, la machaleña que pasó de limpiar la nave a dirigir un equipo

Carmen, de 48 años y madre de una hija de 21, es una de ellas y ha visto el crecimiento desde dentro. Llegó de Machala con 17 años, el 16 de junio de 1996. Recuerda incluso la fecha porque en Ecuador era el Día del Padre y el suyo se quedó "muy dolido". Era una de cinco hermanos y la economía familiar había obligado a los mayores a salir a buscar oportunidades. Su hermana mayor llegó primero; un año después viajó Carmen acompañada de un tío porque todavía era menor. En aquella época, dice, las oportunidades para ellas estaban principalmente en el servicio doméstico y el cuidado de mayores y niños.

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Carmen, machaleña que trabaja dirigiendo el equipo de control de calidad en la planta de Humana, donde se selecciona, clasifica y distribuye ropa de segunda mano para España.Soraya Constante

Empezó cuidando a una niña de tres años y permaneció con la familia hasta que la pequeña llegó a Primaria. Ese empleo le permitió avanzar con su documentación. Después convalidó el bachillerato, trabajó durante años como administrativa y aprendió a manejar nóminas e impuestos. La crisis de 2008 rompió aquella estabilidad y terminó devolviéndola a la limpieza. "Volví otra vez a mis antepasados", dice sobre un mercado laboral en el que sentía que los inmigrantes perdían espacios cuando llegaban las dificultades.

Así aterrizó en Humana. En febrero de 2010 limpiaba la antigua nave de Leganés para una empresa externa y observaba a las clasificadoras que entonces se ocupaban de esa tarea. Vio allí una posibilidad de conseguir algo más estable y pidió una oportunidad. Antes de que acabara el año ya estaba separando ropa. Luego pasó por control de calidad, pidió una excedencia para probar suerte en Estados Unidos, estuvo allí dos años y regresó a España en 2021. Empezó de nuevo en zapatos y recuperó con el tiempo un puesto como responsable de equipo.

El trabajo también modificó su manera de consumir. "Me he vuelto una maniática del reciclaje en mi casa", admite. Separa vidrio y otros residuos y asegura que trabajar durante años entre montañas de prendas la hizo valorar más lo que ya tiene. "Hay mucha gente que va a comprar porque es económico", dice de las tiendas de segunda mano. Una prenda de calidad que nueva costaría más puede volver al mercado a un precio asumible.

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Blanca, la guayaquileña que aprendió a comprar de segunda mano y que ahora clasifica esa ropa

Blanca pertenece a otra generación migratoria y también conoció Humana primero desde el otro lado del mostrador. Cuando tenía unos 18 años y empezaba a ganar su propio dinero, esperaba las bajadas de precio de final de campaña. "Un día cinco euros, otro cuatro, otro tres... Yo aprovechaba los días de dos euros y de uno". Años después terminó trabajando en el lugar donde se decide qué prendas llegarán a esas perchas.

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Blanca, ecuatoriana que trabaja en la clasificación de ropa de segunda mano, en España.Soraya Constante

Tiene 25 años y una hija de dos. Llevaba alrededor de un año enviando el currículo porque buscaba la estabilidad que no había encontrado en sus empleos anteriores. Había trabajado cinco años como moza de almacén, normalmente con empresas temporales. En Humana encontró un contrato indefinido y un horario que le permite conciliar; incluso redujo su jornada para llevar a su hija a la guardería.

Su familia es de Guayaquil. Su padre migró cuando ella tenía alrededor de un año y su madre lo hizo después. Blanca permaneció en Ecuador con sus abuelas hasta que su padre regresó para buscarla cuando tenía siete años. "Por mucho que la gente diga: 'Viniste pequeña, no lo recuerdas'. Claro que recuerdo todo", dice. Recuerda también la separación de primos, tías y del resto de una familia que fue llegando poco a poco a España.

Estudió un grado superior de emergencias sanitarias y quería trabajar en una ambulancia, pero los turnos y el salario terminaron siendo difíciles de encajar con la maternidad. De ahí pasó a los almacenes y finalmente a la clasificación de ropa.

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Gabriel, el guayaquileño que pesa miles y miles de kilos de ropa

En otro punto de la nave aparece Gabriel Fabricio Canales, guayaquileño de 37 años. Su trabajo empieza donde termina buena parte del de las clasificadoras. Frente a una báscula y un ordenador registra cuánto pesa cada lote, quién lo procesó y en qué categoría terminó, ya sea vintage, invierno, verano, zapatos, accesorios o ropa que seguirá otros circuitos de reutilización. Las cantidades tienen que cuadrar. "Meter los datos en los ordenadores por peso, por chica, por categoría", resume.

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El guayaquileño Gabriel Fabricio Canales pesa y registra la ropa de segunda mano ya clasificada.Soraya Constante

Entró hace unos tres años abasteciendo las mesas de las clasificadoras, es decir, acercando los bultos de ropa dentro de las jaulas. Alrededor de año y medio después pasó a la báscula, un puesto con mayor responsabilidad. El ascenso añadió ordenadores y números a una vida laboral que había empezado mucho antes.

Gabriel llegó de Guayaquil con sus padres alrededor de los 14 años. "Dejar a los amigos, la familia, todo eso, un poquito complicado", recuerda sobre la adaptación. Terminó la enseñanza obligatoria y empezó a trabajar a los 16 y a los 18 ya era padre. Primero fregó platos, luego consiguió que el jefe le enseñara a cocinar y pasó ocho años como cocinero profesional. Después aprendió carpintería, pero dejó ambos sectores por una razón que se repite entre los trabajadores entrevistados. Los horarios no encajaban con la vida familiar. Tiene tres hijos y en Humana encontró fines de semana libres y una jornada que le permite estar más presente en casa.

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Un vínculo que va de España a Ecuador

El vínculo ecuatoriano de Humana no termina en sus trabajadores. La fundación española colabora con Humana Ecuador desde 2008. La organización ecuatoriana se había concentrado tradicionalmente en proyectos de cooperación, pero recientemente ha empezado a desarrollar también la recogida de textil usado en grandes núcleos urbanos, su clasificación y venta para financiar programas sociales. Es, según Rubén González, una adaptación del modelo aplicado en Europa. El objetivo es fomentar la reutilización, generar recursos y destinarlos después a programas sociales.

La comparación, sin embargo, tiene límites porque Ecuador no dispone del mismo nivel de medición del residuo textil posconsumo. Las estimaciones reunidas para este reportaje hablan de unas 550 toneladas de textiles que terminan anualmente en vertederos o incineradas, una cifra que debe leerse con cautela precisamente por la falta de un sistema estadístico tan sistematizado como el europeo.

La segunda vida también llega a los ordenadores

De vuelta en la nave del extrarradio madrileño, no todo sucede entre jaulas, suelas y montañas de ropa. Alex Espinosa casi no toca ropa en su jornada y, sin embargo, hace posible que la maquinaria funcione. Lleva cerca de dos años en el departamento de informática y se encarga de la gestión interna de hardware, software, servidores, redes y herramientas como SharePoint, OneDrive o Teams. Su trabajo da soporte tanto a la nave como a las tiendas y se extiende a la operativa de España, Portugal y Francia.

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Alex Espinosa, ecuatoriano que trabaja en la planta de Humana, en las afueras de Madrid, en el área de informática.Soraya Constante

Hasta su departamento ha acabado absorbiendo la lógica de reutilizar antes de desechar. Cuando un ordenador falla, cuenta, intentan sustituir la pieza dañada antes que reemplazar el equipo completo; cuando necesitan comprar, priorizan aparatos reacondicionados. "No hacemos lo típico de ir comprando lo nuevo, lo último. Siempre vamos con ese tema de reciclaje y ahorro", cuenta.

Alex llegó a España desde Ibarra con unos dos años y medio, en 2002. Su madre, Marta Revelo, formó parte, junto con otros familiares, de una migración en cadena. Alex cursó prácticamente toda su educación en España y después estudió formación profesional en informática, una disciplina que al principio escogió porque "se le daba bien" y tenía salidas laborales.

Antes de trabajar para Humana también había comprado allí. Buscaba prendas diferentes, piezas que no encontraba en las tiendas convencionales y, en los primeros años, también un precio más bajo. "Era un poco por tema economía, porque al fin y al cabo es más barato, más asequible". Su madre también recurría a esas tiendas por la misma razón.

Ahí aparece quizá la imagen más completa de la segunda mano en España. En una misma tienda puede entrar un estudiante de moda buscando una chaqueta vintage, alguien que quiere reducir su consumo de ropa nueva y una familia que espera el día en que las prendas bajen a dos o a un euro.

En el extrarradio de Madrid, esa mezcla empieza mucho antes de la vitrina. Una mano revisa una suela, otra busca el desgaste en el cuello de una camisa, Gabriel registra el peso y Alex mantiene en funcionamiento los sistemas que permiten seguir el proceso. Carmen lleva tantos años viendo pasar ropa que ya no la mira como algo desechable. "En la ropa incluso valoras más lo que tienes", dice.

Quizá esa sea la mejor manera de entender lo que ocurre allí. Lo que para alguien ya no vale puede terminar convertido en vintage, en una compra de un euro, en una prenda que cruza una frontera o en material que todavía puede aprovecharse. Antes de decidirlo, alguien tiene que abrir la bolsa, mirar la ropa, tocar la suela y preguntarse una última vez si aquello que fue descartado todavía puede tener otra vida.

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