Adolfo Rodríguez, el niño ecuatoriano que casi no entra a España y hoy preside a los educadores sociales de Madrid
Llegó desde Ecuador con apenas diez meses y estuvo a punto de ser devuelto en la frontera. Creció en León intentando borrar su acento, se hizo educador social y hoy, con 29 años, combina su trabajo con personas sin hogar y la presidencia del colegio profesional de Madrid.

Adolfo Rodríguez, ecuatoriano que preside el gremio de educadores sociales en Madrid, una profesión que hace acompañamiento a personas en situaciones de vulnerabilidad.
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Soraya Constante
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MADRID. Adolfo Rodríguez llegó a España con unos diez meses, cuando todavía era, como dice él, "un niño de brazo". Era diciembre y viajaba con su madre, Susana Sánchez, que se había separado y quería pasar las Navidades con su hermana y regresar después a Ecuador. En el control fronterizo de Madrid, los agentes dudaron de que aquella mujer de alrededor de 30 años fuera realmente una turista. Madre e hijo acabaron en una sala apartada, con la posibilidad de ser devueltos.
Nada de aquella noche forma parte de sus recuerdos. Lo sabe por su madre, que le ha descrito una habitación gris y fría y un bebé que no se calmaba. Llevaba un juguete que hacía "muchísimo ruido" y, según ella, "gritaba, lloraba, pataleaba y hacía ruido". Tras varias horas de espera, entre cinco y siete según el recuerdo familiar, los policías acabaron permitiéndoles entrar. "Este tío es muy pesado, cruce usted, señora, cruce y déjenos en paz", imagina entre risas que los agentes le dijeron a su madre.
Durante años pensó aquella llegada como la historia de su madre. Solo ahora ha empezado a entender que también era la suya. A sus 29 años, Adolfo preside el Colegio Profesional de Educadoras y Educadores Sociales de la Comunidad de Madrid y suele aparecer en los medios para hablar en nombre de la profesión. Esta es la primera vez que cuenta la suya: la de aquel niño que estuvo a punto de no cruzar la frontera y que hoy dirige una institución que reúne a unos 900 profesionales.
Desde ese cargo combina reuniones con administraciones, presencia en el debate público y la defensa de un mayor reconocimiento para una profesión que define de forma muy concreta. "Nosotros nos sentamos con una persona y trabajamos con su vida".
"Era el latino de León"
Tras aquella noche en el aeropuerto llegó otra decisión. La joven madre había viajado con la idea de pasar unas semanas junto a una hermana y regresar después a Ecuador. Pero, una vez dentro del país, cambió de planes. Durante unos meses vivieron sin documentación y se instalaron en el barrio de Carabanchel, donde ella empezó limpiando casas y trabajando en cuidados. Había estudiado Derecho en Ecuador, pero tuvo que dejar atrás su profesión. Pocos meses después, un contrato de trabajo permitió regularizar la situación de ambos.
Cuando Adolfo tenía unos cinco años se marcharon a León. Su madre había rehecho su vida con una persona de esa zona del norte de España y encontró allí una estabilidad que Madrid no siempre podía ofrecerles. León terminó convirtiéndose en el lugar donde creció. "Cuando pienso que me voy al pueblo, me voy a León", dice. Pero también fue allí donde empezó a entender que los demás podían verlo como alguien distinto. "Era yo el latino de León", recuerda de una ciudad en la que entonces la migración era mucho menos visible.

El colegio hizo más evidente esa diferencia. Sufrió acoso y empezó a percibir que su manera de hablar era otra forma de señalarlo. Había aprendido con su madre y conservaba su acento ecuatoriano, pero poco a poco decidió desprenderse de él. "Yo perdí mi acento completamente porque no quería tener acento, porque me señalaban más". Años después interpreta aquella transformación como una estrategia de supervivencia de un niño de seis o siete años que quería encajar en un entorno que podía ser hostil con quien sonaba diferente.
Mientras en el colegio aprendía a disimular aquello que lo hacía distinto, en casa encontraba un espacio donde se le animaba a preguntar y a pensar por sí mismo. "Nunca falta un libro", recuerda al hablar de una infancia en la que leer, dudar y preguntarse por qué las cosas eran de una manera y no de otra formaba parte de lo cotidiano. "Todo el rato estoy maquinando: ¿por qué hacemos esto así?, ¿por qué no lo podemos mejorar? Ese afán de conocimiento y de duda es lo que a mí se me inculcó en casa. Y lo inculcó mi madre".
Ecuador quedó como una pertenencia familiar más que como un territorio cotidiano. Adolfo solo ha viajado allí dos veces. La primera, con unos cuatro años, poco antes de que muriera su padre biológico. La segunda, durante la adolescencia. Entonces recuerda haber hecho una "gira" por una familia enorme. Su madre tiene 14 hermanos, siete de ellos en España y otros siete en Ecuador, y en aquella visita fue pasando por las casas de tíos, abuelos y primos, mientras ella le repetía que no podía rechazar la comida que le ofrecían. Ahora, con sus abuelos ya mayores, piensa volver porque siente que una parte de su historia continúa allí y todavía no la conoce del todo.
El oficio de acompañar a otros
Esa costumbre de preguntarse por qué ocurren las cosas terminó encontrando un cauce profesional. Adolfo sitúa el origen de la educación social en el trabajo de calle, la educación no formal y la intervención en plazas y barrios con jóvenes que carecían de recursos públicos. En Europa, explica, fue desarrollándose como una disciplina propia y adaptándose a los cambios sociales. "La educación social no tiene miedo a cambiar", resume Adolfo.
Pero no fue su primera elección. Pensó en estudiar Magisterio hasta que una amiga le dijo que intervenir directamente con personas y tratar de transformar sus circunstancias encajaba más con él. Estudió la carrera en León, pasó un año en Italia con una beca Erasmus y después regresó a Madrid para trabajar.

Se graduó en 2020, en plena pandemia, cuando los educadores sociales fueron considerados trabajadores esenciales. Desde entonces ha trabajado con menores migrantes sin acompañamiento familiar, jóvenes sometidos a medidas judiciales, personas sin hogar y proyectos de mediación comunitaria. En muchas de esas intervenciones utiliza su propia experiencia migratoria para establecer confianza. "Utilizo muchas veces el tránsito migratorio de mis padres y el mío para conectar con las personas", explica.
Hubo un caso que cambió su manera de entender hasta dónde podía llegar ese acompañamiento. Trabajaba con personas sin hogar cuando un joven marroquí de unos 23 o 24 años murió en la calle. Adolfo y otros trabajadores fueron a despertarlo y no respondió. Él tenía prácticamente la misma edad. Aquella muerte le hizo descubrir los límites de intervenir únicamente desde la calle. Podía acompañar, buscar recursos y tratar de resolver problemas concretos, pero había decisiones que dependían de estructuras administrativas y políticas.
"En ese momento soy consciente de que no vale, de que yo no puedo quedarme en educador social y ya está", recuerda. Fue entonces cuando se acercó más al colegio profesional y a los espacios institucionales desde los que cree que se pueden cambiar las reglas para que "los derechos lleguen hasta el último".
Como presidente tiene ahora una meta que él mismo considera complicada. Quiere que la Comunidad de Madrid modifique su normativa de empleo público para incorporar expresamente la categoría profesional de educador social. Actualmente, la Administración autonómica utiliza la categoría de "Titulado Medio Educador", para la que no exige específicamente el grado en Educación Social. Adolfo considera que determinados puestos que atienden directamente a menores y personas vulnerables requieren la formación específica de esta profesión.
También le preocupa la precariedad. Calcula que muchos educadores sociales cobran entre 1.200 y 1.500 euros mensuales (USD 1.377 a 1721), aunque las condiciones varían según el convenio y el número de pagas. El colegio colabora con los sindicatos en estas reivindicaciones, aunque la negociación laboral corresponda a estos últimos. "Para una ciudad como Madrid es un sueldo bastante ajustado", resume.
Adolfo sigue trabajando ocho horas diarias con personas sin hogar y compatibiliza ese empleo con un cargo no remunerado, salvo por las dietas correspondientes. Cuando se le pregunta cuánto tiempo dedica al colegio, responde sin hacer demasiadas cuentas. "Todas las del mundo".
Ceuta, el hambre y el odio
Esa necesidad de intervenir lo llevó también a Ceuta. Había seguido una crisis migratoria en la que numerosos niños y adolescentes habían quedado solos y decidió desplazarse hasta allí. Escribió por Instagram a organizaciones que trabajaban sobre el terreno y terminó sumándose a unas furgonetas que trasladaban ayuda humanitaria desde Madrid hasta Algeciras para después cruzar en ferry a la ciudad autónoma.
Lo que encontró fue "hambre, mucha hambre", menores muy pequeños sin acompañamiento y una emergencia para la que percibió poca previsión. Su tarea inicial era transportar y repartir comida, pero terminó haciendo también de educador social. Por las noches llevaban alimentos hasta niños y jóvenes que dormían en acantilados, montes y zonas boscosas, y durante el día orientaba a algunos sobre dónde acudir o qué recursos podían solicitar.

En sus recuerdos aparecen dos Ceutas. La primera es la de vecinos que ayudaron desde el primer momento. "Son los vecinos ceutíes los que les dan de comer", recuerda. La segunda apareció después, cuando comenzaron las movilizaciones y mensajes contra los recién llegados. "El odio corre muy rápido", resume. Adolfo sostiene que vio llegar a grupos de fuera de la ciudad que, en su opinión, alimentaron esa hostilidad e incluso recuerda intentos de impedir el reparto de comida.
Una crisis fronteriza posterior volvió a mostrar la dimensión del discurso de odio en torno a Ceuta. El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia registró en agosto de 2026 101.025 mensajes de carácter racista y xenófobo, un 76% más que en julio; el 39% de los contenidos analizados estaba vinculado al cruce fronterizo de Ceuta. El organismo observó también una mayor presencia de discurso de odio contra menores migrantes no acompañados."
No tenemos que tener miedo a soñar"
Adolfo ocupa ahora lugares en los que todavía se siente una excepción. "Cuando voy a los eventos con la Administración pública, yo soy el único joven inmigrante", cuenta. Por eso insiste en la importancia de que existan referentes con trayectorias como la suya, para que quienes llegaron de otros países o crecieron como hijos de migrantes puedan imaginarse también en puestos de responsabilidad.
Cuando termina la entrevista con PRIMICIAS, su jornada no acaba. Sale de la sede del colegio para acompañar a un joven marroquí al que acaban de conceder un piso tutelado. La escena lo devuelve a la definición más sencilla que ha dado de su oficio: trabajar con la vida de las personas.
El gesto devuelve también el relato al principio. Adolfo tenía diez meses cuando pasó varias horas en una sala fría del aeropuerto mientras se decidía si él y su madre podían entrar en España. Casi tres décadas después, es él quien acompaña a otros cuando empiezan una etapa nueva y quien ocupa lugares que aquel niño difícilmente podía imaginar.
Cuando se le pregunta qué le gustaría que quedara de su historia, elige mirar hacia delante: "Las personas migrantes no tenemos que tener miedo a soñar. Podemos llegar a donde queramos".
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