Es soldador en un astillero de Canarias y llegó a perder todos sus ahorros: hoy, este ecuatoriano dirige una marca de ropa inspirada en la Amazonía
A los 15 años dejó Puyo para instalarse en Gran Canaria, España, donde una serie de angustias lo obligaron a reinventarse. Jonathan Gamboa canalizó sus caídas usando las tzantzas y la simbología shuar para fundar Velanoxe: una marca de ropa urbana, propuesta nacida en Canarias y producida en Madrid.

Jonathan Gamboa, migrante ecuatoriano en España, que creó su línea de diseño para ropa: Velanoxe, inspirada en la Amazonía ecuatoriana.
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MADRID. Jonathan Gamboa llegó a España siendo adolescente para reunirse con su padre en Gran Canaria, donde un grupo de migrantes de El Puyo ya había echado raíces, algunos trabajando con las casas nobles de la isla. Pero él no siguió el camino de los suyos. Se formó como soldador, destacó con notas sobresalientes y se convirtió en el único ecuatoriano en la nómina de Astilleros Canarios, el principal motor industrial del Puerto de Las Palmas. Allí aprendió oficio y ambición, y luego intentó dar un giro e invirtió sus ahorros en criptomonedas y perdió, también vivió una separación y hasta enfermó de covid. Todo ocurrió hace unos cinco años. Pero se reconstruyó desde cero y ha vuelto a empezar otra vez, entre el astillero y Velanoxe, una marca de ropa urbana que busca ganar espacio y a la que dedica cada hora libre.
Para entender cómo llegó hasta allí hay que retroceder a 2002. Jonathan tenía 15 años cuando dejó Puyo, en la provincia amazónica de Pastaza. Había pasado cerca de tres años separado de su padre, al cuidado de su abuela paterna. Desde la ventanilla del avión, lo primero que vio al aproximarse a la isla fue un paisaje seco, cubierto de invernaderos y muy distinto de la vegetación exuberante de su ciudad. “¿Dónde coño me metí?”, dice que pensó aunque seguramente usó otras expresiones.
La impresión inicial pronto dio paso a la tristeza. Los primeros seis meses fueron, según recuerda, “fatales”. En el instituto se encontró con un trato que le parecía brusco y con diferencias en las palabras. A veces no le entendían y él tampoco comprendía del todo a sus compañeros. Lloraba, extrañaba su barrio, a sus amigos del colegio y la comida ecuatoriana. Durante meses quiso volver.
La adaptación fue lenta. Aunque en la isla ya vivían varios familiares y otros migrantes procedentes de Puyo, Jonathan necesitó cerca de un año para hacer amigos, acostumbrarse al entorno y empezar a sentir que también podía construir allí una vida propia.
Su padre había decidido llevarlo a España en una etapa difícil de la adolescencia. Jonathan reconoce ahora que aquella decisión terminó funcionando, aunque entonces la viviera como una ruptura. Gran Canaria dejó poco a poco de ser aquel paisaje árido que lo había desconcertado desde el avión y comenzó a convertirse en su hogar.
Tras terminar el instituto, optó por una formación profesional en soldadura y sus profesores lo recomendaron para participar en un proceso de selección de Astilleros Canarios. Entre los 20 aspirantes, él era el único migrante. Entró a trabajar con 20 años y no se ha marchado desde entonces. Ha reparado barcos y plataformas, ha participado en la construcción de embarcaciones y se ha desempeñado en proyectos de los sectores naval, industrial y petrolero. Su trayectoria ha transcurrido entre estructuras metálicas, maquinaria pesada y buques que llegan al Puerto de Las Palmas para ser reparados.

El trabajo le dio estabilidad, pero no apagó su inquietud por explorar otros caminos. El de las criptomonedas fue un camino fallido y la mala racha duró cerca de cuatro años. Jonathan conservó su empleo en el astillero, pero tuvo que buscar trabajos adicionales para salir adelante. Aceptó extras y se ganó la vida como pudo, decidido a no dejarse vencer por la situación.
“No me dejé doblegar”, repite.
Durante ese periodo también viajó a Ecuador y enfermó gravemente de covid. Llegó a temer por su vida. La enfermedad, el regreso a Puyo y la sensación de haber tocado fondo lo obligaron a detenerse y mirar hacia atrás. En aquella búsqueda reaparecieron las historias amazónicas con las que había crecido.
Puyo está situado en una región en la que conviven distintos pueblos indígenas y donde la cultura shuar forma parte de la memoria del territorio. Desde niño, Jonathan había escuchado relatos sobre las tzantzas, las cabezas reducidas elaboradas antiguamente por guerreros shuar y achuar dentro de determinados rituales.
Años después, su instinto para vestir bien, se unió a esos relatos y se lanzó a crear una marca propia de ropa y su primera colección.
Una marca nacida de un error

Jonathan llevaba tiempo pensando en crear una firma de ropa urbana. Su primera opción fue llamarla Sacha, una palabra kichwa relacionada con la selva y lo silvestre. No pudo registrar el nombre porque ya existía una marca de cosméticos en España.
Después pensó en Medianoche. La noche siempre le había atraído y solía salir a correr cuando las calles estaban vacías, pero temía que aquel nombre encasillara el proyecto en una estética demasiado concreta.
La solución apareció por accidente. Mientras escribía “medianoche”, el teclado o el corrector transformó la palabra en “velanoche”. Jonathan se quedó mirando el término. Le gustó cómo sonaba y decidió adaptarlo como Velanoxe.
A partir de ese error construyó su propio significado, una luz que persiste en la oscuridad.
La definición encajaba con el momento que atravesaba. Velanoxe no sería únicamente una marca de ropa, sino una forma de contar la caída y la capacidad de levantarse. Jonathan quería que cada colección tuviera un concepto y que las prendas llevaran consigo una historia.
Tomó como elemento central las tzantzas cuyo valor no reside en la imagen macabra que suele difundirse fuera de la Amazonía. Él las interpreta como el resultado de una transformación simbólica. En la tradición que conoció desde niño, el guerrero convertía la cabeza del enemigo en un elemento protector, canalizando una fuerza negativa para utilizarla a su favor. “Lo que significa, en síntesis, es que algo que pudo haberte destruido, tú lo enfrentaste y lo superaste”, explica.
En esa idea reconoció su propia experiencia. Había perdido sus ahorros, atravesado una separación, enfermado y pasado varios años sin conseguir levantar cabeza. La tzantza se convirtió así en una metáfora de resistencia y en el emblema con el que quería presentar Velanoxe.
También era una manera de reencontrarse con una identidad que había quedado atrás desde que salió de Puyo a los 15 años. Jonathan quería crear un recordatorio cultural porque considera que, al emigrar, muchas personas terminan alejándose de los símbolos, relatos y costumbres de su lugar de origen.
Diseñar una tzantza sin convertirla en un zombi

El proceso de producción obligó a Jonathan a viajar con frecuencia a Madrid. En Gran Canaria no encontró los proveedores ni los diseñadores que necesitaba para desarrollar el proyecto, por lo que comenzó a fabricar las prendas en la península.
Uno de los mayores retos fue trasladar sus ideas a los profesionales encargados de las ilustraciones. Jonathan hacía bocetos, reunía referencias y explicaba el concepto, pero las primeras propuestas no se parecían a lo que había imaginado.
Cuando hablaba de tzantzas, algunos diseñadores le enviaban imágenes de zombis, momias y muertos vivientes. “No, no es esto”, les decía.
Tuvo que explicar qué eran, de qué pueblos procedía la tradición, por qué se elaboraban y cómo se relacionaban con el mensaje de superación personal de la marca. No buscaba una estética de terror ni una caricatura de la Amazonía, sino una interpretación urbana que respetara el significado que él quería transmitir.
Velanoxe trabaja inicialmente con prendas ya confeccionadas, conocidas en el sector como blanks. Sobre esas bases incorpora los diseños, las etiquetas y otros detalles que permiten dar a cada pieza una identidad propia. “Le das una historia a esa prenda”, resume.
Jonathan se encarga de la estructura del proyecto, de desarrollar las ideas y de transmitirlas a los diseñadores. También gestiona la comercialización por internet y las ventas en eventos presenciales.
Cada camiseta incluye una etiqueta y un llavero. En el texto que acompaña el producto se explica qué es una tzantza, con qué cultura se relaciona y qué simboliza dentro de la colección.
Jonathan decidió limitar la explicación a unas diez líneas para que no resultara demasiado extensa, pero quiso que cualquier persona que comprara una prenda pudiera comprender el origen del diseño. “Me gustaría que entienda lo que lleva puesto”, señala.
Diez mil euros para volver a arriesgar
Poner en marcha Velanoxe exigió una inversión aproximada de 10.000 euros (USD 11.530). Después de haber perdido sus ahorros con las criptomonedas, Jonathan volvió a arriesgar capital, aunque esta vez en un proyecto construido por él y vinculado con su propia historia.
La primera colección salió al mercado con ocho modelos de camisetas unisex, tres sudaderas y cinco diseños de gorras. Durante los primeros seis meses consiguió vender alrededor del 65 % de la producción.
El balance le permitió comprobar que existía interés por una propuesta nacida en Canarias, producida en Madrid e inspirada en la Amazonía ecuatoriana.
El proyecto, sin embargo, todavía convive con su trabajo diario. Jonathan entra en el astillero, cumple su jornada entre barcos y estructuras metálicas y, al terminar, dedica las horas restantes a revisar diseños, organizar pedidos, contactar con proveedores y preparar las ventas.
No romantiza el esfuerzo. Sabe que emprender resulta caro, que cada producción exige capital y que los beneficios no llegan de inmediato. Tampoco ha olvidado lo que ocurrió la última vez que apostó sus ahorros. La diferencia es que ahora no invierte en una promesa ajena, sino en una idea sobre la que puede decidir.

Velanoxe es, en cierto modo, el resultado de todo lo anterior. El adolescente que lloraba porque quería regresar a Puyo, el soldador que destacó entre 20 aspirantes, el trabajador que lleva casi dos décadas en el astillero y el hombre que pasó cuatro años tratando de levantarse confluyen en la misma marca.
Jonathan ya trabaja en la segunda colección, que también se fabrica en Madrid. La nueva propuesta estará inspirada en Baños de Agua Santa, la ciudad ecuatoriana situada entre los Andes y la entrada a la Amazonía, y en las historias sobre duendes que forman parte del imaginario popular.
La idea nace de una frase que suele utilizar al hablar de cómo consiguió salir de su peor etapa. “Gracias a Dios y a mis duendes”, solía decir.
A sus 39 años y más de dos décadas después de dejar Puyo, las historias amazónicas que lo acompañaron durante la infancia han regresado convertidas en camisetas, sudaderas y gorras. Jonathan no ha vuelto definitivamente al lugar del que salió, pero ha encontrado una manera de llevarlo consigo.
La primera vez que contempló Gran Canaria desde un avión solo vio desierto e invernaderos y se preguntó dónde se había metido. Hoy, desde esa misma isla, construye una marca alrededor de una idea que conoce bien, la luz puede debilitarse, pero no necesariamente se apaga.
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