De Otavalo a Boston | Yarina, una familia kichwa que encontró en la música su camino en Estados Unidos
Lo que empezó tocándose en calles y plazas en Boston, llegó décadas después al Lincoln Center, el Kennedy Center o al Smithsonian. En ese recorrido, una lengua indígena de Ecuador siguió sonando frente a públicos que muchas veces la escuchaban por primera vez.

Integrantes de Yarina, agrupación kichwa de raíces otavaleñas, en Boston. Al centro, sexto desde la izquierda), Roberto Cachimuel, líder de la banda musical.
- Foto
Cortesía Roberto Cachimuel
Autor:
Actualizada:
Compartir:
NUEVA YORK. Tenía 17 años cuando Roberto salió de Ecuador. En la maleta puso un rondador, una antara, pallas, quenas y un bandolín. Dice que la despedida fue más difícil de acomodar. Dejaba a sus padres y a sus hermanos pequeños en Otavalo, sin saber cuándo volvería a verlos. “A tan corta edad solo me invadía nostalgia”, precisa.
Roberto pertenece a la familia Cachimuel, donde la música había comenzado mucho antes de aquel viaje. Su padre, José Manuel Cachimuel, dirigente de una organización indígena durante los años ochenta, enseñó a sus hijos las primeras notas y acordes de guitarra. Cuando viajaba a conferencias por Ecuador, a veces regresaba con algún instrumento y les dejaba una tarea: aprender a tocarlo por su cuenta. De esa familia surgió la agrupación que entonces se llamaba Yawar Wawki, “Hermanos de Sangre”, y que ya había tocado en calles y escenarios de Ecuador, Colombia e Italia.
A comienzos de los años noventa, su padre gestionó que Roberto viajara a Boston para abrir camino a la música de la familia en Estados Unidos. Allí se alojó inicialmente con amigos que sus padres conocían desde Ecuador y comenzó a aprender inglés. Conforme aumentaron las presentaciones en colegios, festivales y museos, sus hermanos fueron sumándose. Roberto asumió también la gestión de los conciertos y el liderazgo del grupo.
En ese proceso también cambió el nombre. “Yawar Wawki resultaba difícil de pronunciar para el público de Estados Unidos y la agrupación pasó a llamarse Yarina”. Sobre los escenarios permanecieron los instrumentos andinos, las largas trenzas y las canciones en kichwa, frente a un público que muchas veces escuchaba esa lengua por primera vez.
La calle como escuela
Parte de esa historia ocurrió lejos de los grandes escenarios. Tocaron en Harvard Square, en Cambridge, y en Quincy Market, en Boston. Los instrumentos de carrizo y el bandolín despertaban la curiosidad de quienes pasaban y algunos se detenían a escucharlos. Para los hermanos, tocar allí también significó aprender a relacionarse con un público que desconocía Otavalo y, muchas veces, el kichwa. “La calle ha sido nuestra mejor institución”, dice Roberto. “Nos ha enseñado a ser cada vez más resilientes”.
El crecimiento fue gradual. Una presentación llevaba a otra y así la reacción del público fue cambiando la dimensión del proyecto. “La perseverancia ha dado frutos que tampoco nos imaginábamos”, dice.
Para Roberto, tocar dejó de ser únicamente una manera de hacerse escuchar. “Cada escenario era un espacio para amplificar nuestro mensaje”. Ese mensaje había empezado a construirse mucho antes, en casa, donde los hermanos crecieron escuchando hablar de igualdad y justicia social.
Cantar para conservar una lengua

El kichwa ocupa un lugar central en esta banda. Yarina crea canciones a partir de historias y experiencias de su comunidad y busca que los jóvenes comprendan lo que están cantando. Roberto habla de la música como una herramienta para conservar la lengua, especialmente frente a generaciones que crecen lejos de Ecuador. “Nuestro trabajo ha sido promover la conservación del kichwa a través de la música”, explica, para que los jóvenes puedan también “cuestionar y reflexionar sobre el sentido de cada historia”.

Boston terminó siendo apenas el comienzo. Yarina ha llevado su música por distintos puntos de Estados Unidos y llegó a escenarios como el Lincoln Center de Nueva York, el Kennedy Center de Washington y el National Museum of the American Indian del Smithsonian. En 2005, el álbum Ñawi recibió un Native American Music Award en la categoría de música del mundo. Para entonces, el sonido que había salido de Otavalo también había cambiado. El contacto con otras expresiones artísticas en Estados Unidos amplió su manera de hacer música y abrió espacio para nuevas fusiones. “La música kichwa es la raíz de donde nos sostenemos”, agrega.
Después de tantos años, Roberto pasa más meses en Boston que en Ecuador. Allí ha hecho su casa. Cuando piensa en el hogar donde nació y creció, sin embargo, vuelve a Monserrath, a la casa de sus padres y a la comunidad con la que dice mantener conectadas sus raíces. “Me considero visitante en los dos mundos”.
Los instrumentos que llegaron con él a los 17 años encontraron después otros músicos de la misma familia, otros sonidos y un público que obligó incluso a cambiar el nombre de la agrupación para poder pronunciarlo. Décadas más tarde, hay algo que Yarina todavía no necesita traducir antes de subir a un escenario y sus canciones siguen encontrando en el kichwa una manera de contar de dónde vienen.
Compartir: