Klever Alvarado, el ecuatoriano que salió de Cuenca de niño y la volvió a encontrar dibujando en Nueva York
Llegó a Estados Unidos con cuatro años y medio. Hoy, convertido en diseñador e ilustrador con un portafolio que incluye trabajos para LEGO, Microsoft, Bundesliga, PepsiCo's Brisk o NASCAR, transforma los recuerdos de su infancia en parte de su lenguaje creativo.

Klever Alvarado frente a Vibras Cuenca, su mural inspirado en la Vaca Loca. La obra del artista ecuatoriano radicado en Nueva York, reúne símbolos de la ciudad, como sus cuatro ríos, Pumapungo y las cúpulas, junto con los colores del Deportivo Cuenca.
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Cortesía Klever Alvarado
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NUEVA YORK. El Ecuador que Klever Alvarado recuerda primero tiene fuego. Hay un monigote ardiendo, juegos artificiales, cumbia, comida y una familia reunida alrededor del Año Viejo. Tenía cuatro años y medio cuando dejó Cuenca para mudarse con sus padres a Estados Unidos. De aquella infancia breve, quedaron imágenes que, con el tiempo, terminaron entrando en sus dibujos.. “Mis primeros recuerdos son el Año Viejo”, dice.
Klever llegó a Nueva York alrededor del año 2000. No fue una decisión suya. “Me hicieron la decisión”, bromea. Sus padres emigraron en los años de la crisis económica ecuatoriana y él aterrizó sabiendo español en una ciudad que le hablaba en inglés. Al principio le costaba entender y a veces tenía miedo. Pasó por clases bilingües hasta que el nuevo idioma dejó de ser extraño. En casa veía otra adaptación. Su padre madrugaba para limpiar e instalar filtros en restaurantes y edificios, con trabajos que podían llevarlo desde Manhattan hasta fuera de Nueva York.
El dibujo había viajado con él. “Recuerdo que desde niño necesitaba un lápiz para rayar cualquier cosa y las animaciones alimentaban esa obsesión”. Su madre nunca intentó apartarlo de ella. Cuando llegó el momento de escoger qué hacer con aquello, encontró una salida práctica en el diseño gráfico.
Así que, primero ingresó a la High School of Art and Design presentando un portafolio y después estudió Diseño en la School of Visual Arts de Nueva York. Durante la universidad trabajaba como asistente de laboratorio, ayudaba a otros estudiantes con impresiones y proyectos y, en los veranos, buscaba pasantías. Una de ellas lo llevó al Brooklyn Museum.

Diseñar en Nueva York, buscar a Ecuador
Su primer cliente llegó mediante un concurso. Brisk experimentaba con un nuevo sabor y Klever presentó un diseño para una botella. Ganó por votación en redes sociales. Después vinieron otros proyectos y clientes. Su portafolio incluye trabajos para LEGO, Microsoft, Bundesliga, PepsiCo's Brisk y NASCAR. Para esta última participó en un equipo creativo que desarrolló un proyecto para Bubba's Block Party, un evento vinculado al piloto Bubba Wallace.

Pero el problema creativo que más le interesa no llegó de una marca. Llegó de haber crecido lejos. “El reto mío, creciendo en Nueva York, era conocer mis raíces”, dice. Klever viajaba a Ecuador en vacaciones o durante el verano y volvía con imágenes que luego aparecían en sus trabajos. Nueva York le dio el street art, el cine, la fotografía, las portadas de discos y una mezcla permanente de culturas. Ecuador aportó otras cosas menos ordenadas: colores, personajes, palabras, música y recuerdos.
Una vaca loca terminó juntándolo todo. Cuando Klever regresó a Cuenca para pintar 'Vibras Cuenca', un mural dedicado a la ciudad, buscaba una imagen que hablara de Ecuador. Un amigo le propuso la Vaca Loca. Al principio la idea le pareció algo absurda, hasta que empezó a llevarla a su propio lenguaje. Alrededor de la figura incorporó los cuatro ríos, Pumapungo, las cúpulas de la ciudad e incluso los colores del Deportivo Cuenca.

Un país recordado a medias
Este verano volvió a poner esas imágenes frente al público. Klever realizó una exposición en Williamsburg, Brooklyn, entre julio y agosto. Le interesaba observar qué ocurría cuando alguien se detenía ante una obra y comenzaba a descubrir sus capas. Dice que esas reacciones le producen uno de los mejores sentimientos de su trabajo, pero también le dejan una sensación pendiente: “Todavía hay mucho Ecuador por representar".

Tal vez por eso, cuando imagina un mural capaz de explicar quién es sin escribir su nombre ni dibujar una bandera, no elige el Empire State. Piensa en el Diablo Huma. Le interesa su dualidad, esa posibilidad de contener dos lados a la vez. La respuesta parece apropiada para alguien que aprendió inglés y español casi al mismo tiempo y que construyó su mirada entre dos países.

Dice además que no intenta resolver esa mezcla, al contrario, la sigue dibujando. En una colección convirtió palabras ecuatorianas como “ñaño”, “zhungo” y “orito” en piezas cruzadas con referencias de la cultura pop estadounidense. En otras obras vuelve al fuego de diciembre, a una vaca que corre entre la gente o a personajes que sobrevivieron en la memoria de un niño de cuatro años.
Cuando vuelve a Ecuador, Klever tiene una pequeña rutina. “Recibir el sol, estar ahí parado”. Luego piensa en la comida, en la gente, en esa alegría que encuentra cada vez que regresa y eso para él, resume ser ecuatoriano: felicidad.
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