Carles Lalueza-Fox, genetista: “Hay cosas que en la sociedad del pasado eran monstruosas y ahora son normales”
Uno de los mayores expertos del mundo en genética humana y ADN antiguo acaba de publicar el libro 'Identidad', donde reflexiona sobre las sorpresas que tiene profundizar sobre quiénes somos. La genética camina a lograr polémicos avances como editar el genoma de los hijos, advierte este español que ha estudiado a los famosos doppelgängers. Todos podemos tener más de un doble en algún lugar del planeta, dice.

El genetista Carles Lalueza Fox, en el Centro de Exposiciones Martorell de Barcelona.
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Massimiliano Minocri/ Contenido exclusivo de El País
Autor:
Nuño Domínguez
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A los 30 años, Bettina Goering se esterilizó para no tener hijos jamás. Quería evitar que los genes de su tío abuelo pasasen a una nueva generación y naciese “otro monstruo”. Era la sobrina-nieta de Hermann Goering, mano derecha de Hitler, creador de la Gestapo e impulsor de los campos de exterminio y el Holocausto. Lo cierto es que su parentesco suponía que ella llevaba solo en torno al 12% del ADN de Hermann, “un porcentaje tan bajo que podía resultar insignificante”.
La anécdota la cuenta el genetista Carles Lalueza-Fox en su último libro, 'Identidad' (Crítica), que acaba de salir a la venta. En él, reflexiona sobre quiénes somos y sobre cómo el ADN, que nos hace únicos respecto al resto de personas, puede esconder sorpresas que hacen tambalear nuestra identidad.
Es lo que les pasó a los serbios cuando descubrieron que compartían origen genético con sus enemigos croatas, expone Lalueza; y lo que experimentan muchos estadounidenses que se autodefinen como afroamericanos al hacerse tests genéticos y descubrir que buena parte de sus antepasados eran blancos, y que su ADN ha llegado hasta ellos debido a violaciones sistemáticas de las esclavas de origen africano.
Las enrevesadas ramas de la genética en Estados Unidos, y la obligación de autodefinir la raza llega a extremos paradójicos. Por ejemplo, el expresidente Barack Obama se autodefine como negro, pero su ADN le cualificaría también como “blanco y negro” o como “mestizo”, escribe Lalueza.
“Si analizamos con detenimiento todas y cada una de las definiciones del concepto de identidad, nos daremos cuenta de que estamos pisando un terreno que, intelectualmente, es bastante turbio”, escribe Lalueza, barcelonés de 61 años.
Este científico es uno de los mayores expertos del mundo en genética humana y ADN antiguo. Sus estudios pueden leerse como una novela de aventuras que arranca con los neandertales, la especie humana más parecida a la nuestra, desaparecida hace 40.000 años. Después recorre momentos desconocidos de la historia de nuestra especie, el Homo sapiens, haciendo paradas alucinantes, como el diagnóstico de una enfermedad bacteriana gracias al análisis de la sangre seca conservada en el periódico que leía el revolucionario Jean Paul Marat antes de ser apuñalado en su bañera en 1793; la falsa sangre del rey Luis XVI que pereció en la guillotina; o el descubrimiento de una epidemia desconocida gracias a ADN extraído de los cadáveres de un vasco y un sardo que murieron en el asedio de Barcelona en 1652. La tesis doctoral de Lalueza, la primera en su clase de España, se centró en la genética de las poblaciones humanas extinguidas en Tierra del Fuego.
En entrevista con El País, el director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona e investigador del CSIC recorre sus últimos hallazgos, entre ellos otra sacudida a nuestra identidad: las personas a las que nos parecemos mucho físicamente sin ser parientes, hasta el punto de que nos confundan por la calle —los llamados doppelgängers, o dobles— no solo comparten rasgos faciales, sino también un comportamiento y personalidad más parecidos. La razón, claro, está en la genética.
Dice que la personalidad es como el tiempo, que sabemos definirla hasta que nos preguntan qué es.
Yo tengo una hija adolescente, y veo que ahora intenta definir quién es fuera de su familia. Desde el extremo individual hasta la tribu o el Estado, o el continente incluso, la genética interroga nuestra identidad. Pero a veces le pedimos a la genética cosas que no nos puede explicar.
¿La genética puede redefinir nuestra identidad?
Causa gran impacto descubrir antepasados nuestros que acabaron mal. Pasa con los chuetas de Mallorca; gente actual que descubre que desciende de judíos del siglo XVII y se convierte al judaísmo. La probabilidad de heredar algo de un ancestro nuestro de hace 500 años es baja. Así que seguramente lo que la genética nos puede decir no es lo que esperamos.
Usted ha estudiado la genética de los dobles.
Hicimos un estudio genómico con doppelgängers, estos dobles que aparecen en las redes sociales, algunos espectaculares. La pregunta era: ¿por qué se parecen? Y encontramos que se parecían en todo un grupo de genes que podían estar implicados en la estructura de la cara. Pero curiosamente también aparecían genes asociados al comportamiento, a la dieta, a los hábitos, como fumar o no. Es decir, que aparentemente la semejanza con otra persona va más allá de la identidad básica que percibimos cuando nos miramos al espejo. Parece que los humanos hemos sido seleccionados para diferenciarnos fácilmente. El resto de especies tiene una estructura mucho menos variable por cuestiones sociales. Es evidente que la diferenciación facial de cada persona, del individuo, ha sido un motor evolutivo.

¿Todos tenemos al menos un doble por ahí viviendo una vida diferente a la nuestra?
Se podría calcular estadísticamente, cogiendo los 200 genes más importantes de estructura facial, y calculando cuál es la probabilidad con las frecuencias de estos alelos en la población mundial de unos 8.000 millones de personas. Pero sí, seguramente tengamos más de un doble en algún lugar del planeta.
Ahora con las redes sociales es mucho más fácil encontrar a ese doble, contactarlo, saber cómo es su vida.
Sí, y no es una frivolidad, porque vamos hacia una sociedad donde las cámaras te enfocan por la calle. Hace unos días mataron a una persona en Barcelona y las cámaras grabaron al asesino. Por tanto, te puedes encontrar con problemas si te confunden con otro. Por cierto, estos softwares de reconocimiento facial, ¿sabes cómo se entrenan? Con gemelos idénticos.
En su libro desbanca otra idea muy aceptada, que los gemelos idénticos son copias exactas el uno del otro.
Sí, lo ha demostrado un estudio muy reciente. Cuando se han secuenciado los genomas completos de muchas parejas de gemelos, se ha visto que la mayoría diferían en unas cuantas mutaciones que se habían producido una vez los dos embriones se habían separado durante el proceso de embarazo. El promedio está cerca de cinco diferencias, pero algunas parejas llegan a casi 20. Dos humanos al azar diferimos en cerca de 30 millones de diferencias, pero si somos de la misma zona geográfica, ese promedio puede estar cerca de esas 20 diferencias, en promedio.
¿Pronto podremos identificar a todo el mundo a partir de bases de datos genéticas, incluso a quienes no figuran en ellas?
Me hice un test genético y figuro en las bases de datos de una compañía que hace estas pruebas. Pueden identificar parientes de hasta 4.º, 5.º o 6.º grado, mucho más allá de cualquier registro familiar. Si yo no estuviera en esa base de datos y cometiera un crimen, detectarían a 400 clientes que están un 1% más cerca del asesino. Y usando genealogía inversa, me encontrarían.
¿Ni siquiera en lo referente al ADN tenemos ya privacidad?
No. Es una polémica ética y legal. Porque las personas que dieron el consentimiento para tener un análisis de ancestralidad en ningún momento aceptaron que el FBI los comparara con un asesino. Pero bueno, esto ya se ha hecho.
¿Tiene algún sentido hacerse estos tests?
La mayoría de interpretaciones que hacen son sesgadas o discutibles. No explican cómo las hacen. Estoy harto de que me escriba gente para que se los explique. Pero esto en teoría es un negocio, si no lo entiendes, es que lo hacen mal. Algunas de estas compañías te dicen: eres un 10% vikingo, por ejemplo. No tiene ningún sentido. Lo que hacen es utilizar genomas antiguos para modelizar la ancestralidad de tu genoma. Por cierto, está comprobado que la gente después escoge las cosas que les gustan. O sea, si te refuerzan lo que tú tienes pensado, las coges, y si no, las tiras.
Usted dice que la genética nos hace a todos los humanos miembros de una misma familia, pero cada vez resuenan más mensajes como prioridad nacional, o los independentismos nacionalistas, incluso la tendencia a un individualismo radical.
Cuando formulamos nuestra identidad, no solo nos preguntamos quiénes somos, sino también qué piensa el resto, cómo me ve. Muchos colectivos, partidos políticos, equipos de fútbol crean una idea de colectivo en el cual tú te sientes identificado y automáticamente perteneces. En realidad, lo que intentan es que este grupo sea lo más grande posible. La asimilación con la genética es peligrosa, como en el caso de los Balcanes. Va más allá de lo que la genética puede apoyar. En Estados Unidos, donde todavía hoy el tema racial es muy importante, la gente tiene que definir de qué raza es, para el censo o para pedir una beca. Te dan un menú muy raro donde puedes escoger si eres nativo americano o hawaiano, por ejemplo, si eres latino. Aquí en España esto en principio no lo tenemos.
¿Cree que podría pasar?
Estamos en un momento de transformación, con un pujante individualismo. Al mismo tiempo, vamos a una desglobalización. Si en algún momento alguien pensaba que llegaríamos a ser una gran tribu unida para afrontar los retos del futuro, vamos en sentido opuesto. No veo que la genética tenga un rol para apoyar este proceso. Pero la identidad, de una forma u otra, va a ser un actor muy importante en el siglo XXI. Desde el momento en que lo sea, la genética estará allí y emergerá apoyando de forma errónea o, si queremos hacerlo bien, sustentando de una forma científicamente comprensible cualquier sentimiento de identidad.
Usted dice que si se pudieran hacer análisis genéticos a todos los reyes de Europa de los últimos siglos, serían como los nativos de un pequeño país imaginario. ¿Qué quiere decir?
La mayoría de las casas reales europeas vienen de la reina Victoria de Inglaterra. Esta era descendiente de Guillermo el Conquistador, pero sus antepasados se habían cruzado tanto entre ellos que en su árbol genealógico había 12 caminos diferentes de llegar de uno a otro. Esto implica que debemos imaginar a los reyes como una isla, una población donde solo viven reyes y nobles durante centenares de años y se cruzan entre ellos. Obviamente, no son representativos de ninguno de los países donde reinan.
Usted cuenta que un rey español, Carlos II (1660-1700), tiene el récord mundial de consanguinidad, un 25%, y eso hizo que su linaje se extinguiera. La población general tiene en torno a un 1%. Juan Carlos de Borbón, un 5%.
Carlos II es el caso más extremo y extraño. Solo es comparable a las casas reales del antiguo Egipto, donde el faraón o el rey está tan divinizado que no puede cruzarse con nadie que no sea de su familia. Juan Carlos tiene ese coeficiente porque sus padres eran primos. Pero Felipe VI, por ejemplo, ya tendría un coeficiente parecido al de una persona normal, pues los efectos de la consanguinidad se liquidan rápido si entra gente de fuera. Es lo mismo que ha hecho el príncipe Guillermo al casarse con Kate Middleton o a su padre con Diana Spencer.
Usted también ha estudiado mucho la genética de los neandertales. ¿Por qué cree que desaparecieron?
Al analizar neandertales y humanos modernos del momento del contacto, hace unos 40.000 años, los neandertales nunca tienen un antepasado reciente humano moderno. En cambio, los humanos modernos tienen un antepasado neandertal; de hecho, la mitad tiene un bisabuelo o tatarabuelo neandertal. Este patrón apunta a una cuestión de identidad: quizás los humanos modernos tenían un patrón de identidad mucho más flexible y los neandertales, una percepción de sí mismos mucho más restringida.
En el futuro, ¿editaremos el genoma de los hijos para mejorarlos física y mentalmente?
Sí, pasará de una manera u otra. Ya hay gente intentando hacer edición génica para modificar el color de los ojos, para tenerlos azules. Hay cosas que en la sociedad del pasado eran monstruosas y ahora son normales, como la inseminación artificial o, en algunos países, los vientres de alquiler. No podemos descartar que lo que ahora nos parece mal no vaya a cambiar en el futuro.
Su libro incluye esta reflexión: “La mayoría de nosotros seremos olvidados en dos o tres generaciones. Incluso en el contexto familiar. Nuestra identidad, la que realmente nos hace ser diferentes, está en nuestras manos, no en nuestras células”.
Definirnos por lo que viene de generaciones atrás es fácil y acomodaticio. Lo que hace la diferencia en la sociedad actual es cómo actúas, cómo ayudas a la gente. Es mucho más complicado, pero más democrático que simplemente heredar unos genes. Debemos definirnos por lo que hacemos, más que por lo que somos.
Contenido publicado el 17 de junio de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
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