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Con ayahuasca sobre el Upano
Rafael Lugo

Rafael Lugo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

27 Jun - 19:00

Hace unos días circularon en Internet algunas fotos del río Upano colapsando la carretera que une a la ciudad de Macas con el resto de la Amazonía, precisamente en el sitio donde un enorme puente de concreto lo atraviesa. 

Además de la tristeza por el daño, regresó a mis recuerdos una visita que realicé a esa zona hace más de 20 años. En ese entonces el puente tampoco funcionaba pues se había destruido con el último terremoto. 

En 1997, de puro comedido terminé involucrado en un proyecto para que una asociación de mujeres Shuaras (se llamaba NUNKUI, si no me equivoco), construyera una panadería comunitaria en el poblado de Sevilla Don Bosco.

Para llegar a Sevilla Don Bosco, había que aterrizar en Macas, cruzar el Upano y dirigirse al sur. 

Fui invitado a visitar el pequeño pueblo, originado por una misión salesiana (Don Bosco es el Yoda de los salesianos) que llegó por esa zona totalmente shuar en los años 30 del siglo pasado.

En esas mismas fechas a mi mejor amigo le agarró una fiebre matrimonial sin sustento lógico, visible para todos, menos para él. Así que le pedí que me acompañara, para que sumergidos en la inmensidad de la selva, “pensara bien”. Mi taita pagó por su pasaje porque la preocupación era generalizada.

Llegado el día nos subimos a un avión que despegó desde Quito hacia Macas. Cuando íbamos por Tambillo los motores empezaron a sonar horrorosamente y el fuselaje temblaba, pero como nadie más parecía preocuparse, nos quedamos en el molde.  

Poco a poco el suelo fue cambiando de color, todo se volvió de un verde oscuro casi idéntico y atravesado por ríos marrones y sinuosos de distinta magnitud. 

Aterrizamos sin contratiempos en Macas. Y apenas bajamos del avión se me acercó un periodista de la “Voz del Upano” a preguntarme por el proyecto. El Papa, amebas. 

Un entrañable dirigente shuar llamado Rubén Pitiur nos llevó al hotel en Macas. Nos instalamos y salimos hacia Sevilla Don Bosco. La agenda incluía visita a la población, caldo de ganso, charla con las mujeres y remate nocturno con shamán certificado para el respectivo consumo guiado de ayahuasca.

Nos transportaron en una camioneta, pero el trayecto no duró demasiado. Al llegar al puente sobre el río Upano me enteré de su caída años atrás.

Lo que había hecho –asumo que el Gobierno- fue usar las torres del puente para templar unos alambres de acero y colocar una tarabita con piso de madera por la que la gente caminaba bamboléandose y agarrándose de los cables, mientras el iracundo Upano iba por abajo con toda la cara de llevarse al infierno lo que le cayera encima. Indiana Jones se iba de jeta en esa tarabita, señores.

El trayecto tenía unos doscientos metros. El vértigo que me paraliza se hizo presente, pero cuando empezaba a cristalizarme la gente que iba atrás mío me hizo saber con amabilidad que me moviera carajo.

Al otro lado esperaban otros vehículos, entre ellos, impacientes buses interprovinciales que continuarían el trayecto hacia otras provincias, y también una blanca camioneta de los amigos de Sevilla Don Bosco. 

Voy directo a lo de la Ayahuasca: Luego de cumplir con la agenda, rodeado de gente muy amable, nos volvieron a subir a la camioneta y nos fuimos selva adentro. Por fin llegamos a un caserío, con chozas de madera sostenidas sobre pilotes y sin cristales en sus ventanas. El shamán nos esperaba ya con la raíz preparada y lista para sacarnos los malos espíritus. 

Bebimos el calientísimo y amargo brebaje luego de las explicaciones pausadas del shamán, cuyo nombre no recuerdo. A cada uno de nosotros nos ubicaron en una cama dura sin colchón dentro de unas de las rústicas cabañas. 

Ambos tuvimos ganas de vomitar. Afuera, salvo las tenues luces del caserío, todo estaba recontra oscuro.  En esas mismas fechas había salido una película de Michael Douglas cazando leones. A mi me agarró un verdadero pánico. Vomitamos cerquita de la luz. El shamán me aplastaba el estómago. “Bote todo, licenciado”, creo que me decía. Chao caldo de ganso, pensaba yo.

Tipo una de la mañana yo tenía un mini helicóptero que me zumbaba en la oreja derecha y una colección de imágenes extrañas a las que no les pude dar sentido. No hablé con ningún espíritu del bosque y la Pachamama me hizo la ley del hielo.

Nos despedimos del shamán, agradecimos su hospitalidad, y nos llevaron en la misma camioneta que había hecho varios mandados por la zona. Íbamos en el cajón con las partes de una vaca muerta, cuya sangre circulaba por el piso al son del movimiento del vehículo. 

Fue la primera vez que vi a Venus reflejarse en un charco de sangre. Parecía una bola de fuego en el mejor cielo que he visto en mi vida. 

Llegamos al puente roto. La camioneta se fue por donde vino. Nos quedamos solos mi amigo y yo en plena negrura. Veíamos luces blancas salir de nuestros cuerpos, como si nuestros brazos fueran focos de neón.

Y sentimos raros estremecimientos intestinales. Estábamos mareados y jubilosos. Mareados y desconcertados. Y cruzamos la tarabita, caminando con torpeza, en una noche tan oscura que el río sólo se podía ver con los oídos.

Al otro lado no había un alma. La única opción era seguir andando hacia Macas. Seguíamos lanzando luces blancas desde los antebrazos, y cada chasquido nos ponía a sufrir creyendo que seríamos devorados por una anaconda, un jaguar o una familia de chichicos. Fueron algunos kilómetros hasta que las primeras luces de la ciudad asomaron en nuestro horizonte. 

El asunto intestinal se puso serio. Sólo en la última carrera del Carapaz en Italia apreté igual el asterisco para llegar libre de pecado al baño del hotel. Logramos alcanzar la habitación, y nos dormimos al instante. Al otro día con apuro llegamos al aeropuerto, pero nos tocó volver al hotel porque el avión salía al día siguiente.

Y mi amigo no pensó bien.

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