Leyenda Urbana
Evo Morales, el presidente de Bolivia que malogró su legado, vencido por la adicción al poder
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Licenciada en Ciencias de la Información de la Universidad de Cuenca; becaria de la Fondation Journalistes en Europa (París). Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Fue Jefe de Información de Diario Expreso, en Quito. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

11 Nov - 17:55

En una ceremonia ancestral en las ruinas precolombinas de Tiahuanaco, a 71 kilómetros de La Paz, Evo Morales asumió el mando indígena, el 21 de enero de 2006, la víspera de juramentar la Constitución.

Fue un acto emotivo, cargado de simbolismo; por primera vez, en un país donde más del 60% de la población es indígena uno de los suyos, un dirigente cocalero, estaba al mando de la nación. “Somos presidentes”, repetía la gente.

La ceremonia al día siguiente, el 22 de enero en la La Paz, flanqueado por presidentes de la región (de Ecuador Alfredo Palacio), fue seguida con expectación por miles de indígenas que coparon la ciudad.

Entre los periodistas presentes era imposible no contagiarse del entusiasmo por el momento histórico que se vivía. La Paz era una fiesta.

Tan pronto inició su gestión, Morales integró a su gobierno a representantes de diversas etnias, y empezó la nacionalización de los hidrocarburos.

Combatir el analfabetismo, otro de sus grandes objetivos, lo zanjó con un acuerdo con Cuba que le dotó de cientos de expertos.

Seis meses después de asumir el poder, en julio de 2006, se eligió una Asamblea Constituyente de 255 miembros. Comenzó su tarea el 6 de agosto, en Sucre. La Carta Magna, se aprobó el 1º de diciembre de 2007.

Con “la caja de herramientas” a su favor, Evo comenzó a gobernar. Hizo importantes cambios.

Morales logró una primera reelección en 2009 y en 2014 gana para un tercer mandato. Pero Evo ya no quería dejar la Presidencia.

En lo económico ha tenido una gestión exitosa. Por 13 años, Bolivia creció al 4,9% anual. La pobreza cayó de 60% a 35%.

Tan bien le fue que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) lo elogiaron por las cifras positivas.

“Nunca he buscado el poder, me ha llegado”, solía repetir. El poder mostraba sus efectos perniciosos. 

Quizá afectado por ese mal del poder (llamado hibris), convocó un referendo para ir más allá de su propia Constitución, que establece que no se puede gobernar más de dos períodos consecutivos.

Evo pierde el referendo, en 2016. Y, como tenía que buscar un culpable, acusa a la prensa. Habló de “conspiración mediática”.

En el acto más deleznable para un mandatario nacido en las entrañas del pueblo, tras haber dicho que se irá si el pueblo le dice No en el referendo, con los resultados en contra, pidió al Tribunal Constitucional (TC), cercano a él, interprete la Carla Magna.

El TC autoriza seguir como candidato porque es “un derecho humano”. Así, se lanzó para el período 2020-2025.

Atornillado al poder, en 2018, inaugura una lujosa nueva sede del gobierno, en pleno centro histórico de La Paz, al que llama “Casa Grande del Pueblo”. La oposición la bautiza como el “Palacio de Evo”.

Se trata de un edificio de 130 metros de altura y 29 pisos, ubicado en la plaza Murillo, y que costó USD 34,6 millones (sin el equipamiento). Consta de una suite de más de 1.000 metros cuadrados y de un helipuerto. 

La propuesta arquitectónica es discordante con toda la ciudad, dijeron defensores del patrimonio. “Se critica porque es indígena”, respondió el oficialismo. 

En los últimos meses, Evo ha afrontado serios problemas. Los incendios, entre julio y septiembre de este año que habrían consumido más de 5 millones de hectáreas, le desgastaron políticamente “por no haber gestionado bien la catástrofe”.

Por si fuera poco, un importante déficit fiscal desmejoró las cifras positivas de la economía.

En esas condiciones fue a las urnas con los resultados conocidos. Tras un apagón de 24 horas en el escrutinio Morales asoma como ganador, y la oposición habla de un monumental fraude.

La gente se echa a las calles y pide, primero, segunda vuelta y, luego, nuevas elecciones.

Una auditoría de la OEA es contundente: dice que era estadísticamente improbable que Morales hubiese ganado por el margen de 10% que necesitaba para evitar una segunda vuelta.

Y dice más: que encontró actas físicas con alteraciones y firmas falsificadas; que hubo manipulación de datos y que, en muchos casos, no se respetó la cadena de custodia.  

El líder aymara que mejoró la vida de su gente renuncia a la Presidencia, luego de que las Fuerzas Armadas le “sugieren” hacerlo. 

Evo había “mimado” a las FFAA, involucrándolas en los programas sociales de entrega de bonos y cediéndoles espacios en la administración del Estado, como en la aeronáutica.

Pero el domingo 10 de noviembre de 2019 todo estaba consumado. La gente se cansó, el modelo se agota.  

La credibilidad minada y una crisis de legitimidad hundieron a Evo Morales que podría haber pasado a la historia como el presidente indígena que reivindicó a la mayoría de bolivianos, pero le superó su adición al poder. 13 años, 9 meses y 18 días estuvo en la Presidencia. Se fue por la puerta trasera.

Bolivia tiene que superar la era Morales. Sería inadmisible una democracia tutelada. Es el Socialismo del Siglo XXI el que agoniza; se debería darle cristiana sepultura. Bolivia es para siempre.

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