Una Habitación Propia

Las razones del amor

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

16 Dic 2021 - 19:00

Es la primera Navidad en mucho tiempo que no pasaré con mi familia. 

Extrañaré todo: la casa decorada de arriba abajo, desde el baño hasta la vajilla, el mítico relleno de mi mamá, el mejor del mundo, el jugar al escondite para envolver los regalos, ponernos todos un poco borrachos en la cena, poner al Niño en el nacimiento a las doce, el calentado del día 25. 

Extrañaré lo mío, a los míos. 

Seré sincera: en mi familia no siempre hemos sido ni somos ni seremos felices. Quizás lo imaginaron por la estampa que recreé: se imaginaron una casa llena de risas y de champagne y de brindis. 

A veces lo hemos sido y a veces no lo hemos sido. A veces lo hemos sido y no lo hemos sido a la vez. Creo que me entienden. 

En las familias hay cicatrices en las que se hurga cada vez que alguien dice algo hiriente y vuelven a supurar. En las familias hay remiendos que se rompen muy fácilmente, en las familias hay masilla epoxica aquí y allá. 

No existen las familias sin fisuras. 

Mi padre, que ya no está, creía en la Navidad. Podíamos pasar odiándonos 364 días del año, pero ese uno, el 24 de diciembre, creía en la Navidad, o, lo que es lo mismo, creía en la familia. En esa familia que no era feliz todo el tiempo, pero en la que nos escondíamos para comprar regalos y envolverlos. 

En esa familia no siempre hubo plata para regalos, pero se envolvía una botella de shampoo o un desodorante. 

En esa familia no siempre nos queríamos, pero siempre nos queríamos. 

No siempre nos queremos, pero siempre nos queremos. No sé si me explico.  

No existe la Navidad sin familia. Puedes comprarte el mundo entero, un árbol de dos metros, poner a sonar villancicos en el equipo más moderno del planeta, puedes tener una mesa repleta de los manjares más exquisitos de la tierra, el mar y el cielo. 

Pero no es Navidad.  

A veces estás tan enojada con alguien de tu familia que te semiabrazas, respiras profundo y te sientas a la mesa mirando mucho al plato, con la cara un poco sombría. 

Eso también es la familia: la infelicidad feliz de formar parte de algo. 

Yo no siempre estoy de acuerdo con mis hermanos, pero los quiero y sé que ellos me quieren, aunque nos miremos desde cada lado del ring con los puños arriba. 

En Navidad bajamos los puños. Navidad es bajar los puños un rato, una noche, una cena, un brindis, un intercambio de regalos. 

Navidad es bajar los puños. 

El amor es una cosa muy rara que adopta formas increíbles. Mi papá creía hermosamente en la Navidad, aunque su familia, en la que creció, era de las que lanzaban dardos envenenados los 364 días restantes. 

Nunca faltó un regalo para mis abuelos. Nunca dejamos de arreglarnos para ir a cenar con ellos, nunca dejó de haber un rezo, unas palabras, un brindis en esas copas anchas de mi abuela que ahora están obsoletas. 

Las familias, si las miras bien, son unas cosas extrañísimas donde el amor y el dolor se juntan en una cosa irrespirable y a la vez el único oxígeno que conoces y, por tanto, te permite respirar a gusto. 

Pienso todo esto porque pasaré mi primera Navidad sola y aunque no siempre quiero a mis hermanos ni ellos a mí, siempre quiero a mis hermanos y ellos a mí. 

Les deseo una familia esta Navidad. 

Sin eso, sin ellos, es nada más una comida, un champagne, una melancolía tan honda como un duelo. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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