De la Vida Real
El sentido y el silencio
Valentina Febres Cordero

Valentina Febres Cordero

Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido. 

Actualizada:

26 Abr 2020 - 19:00

Cerrar los ojos, dejar que los pensamientos pasen sin detenerse, solo dejar que fluyan.

Ahora no puedo dormir, es más de media noche y el silencio me perturba. Ni los perros ladran, ni la mosca vuela, ni mi esposo ronca. Solo se oye silencio y es este silencio el que me hace tanto ruido, un ruido interno que pone todas mis dudas a flote.

Un silencio que me lleva a no detenerme en mis pensamientos sino a sentir miedo, un miedo profundo por todo lo que estamos viviendo. Si vivir con miedo se puede llamar vivir. Si vivir con pena se puede llamar vivir.

Vivir esperando que el tiempo pase, vivir esperando que pase lo que sea con tal de que el contagio no llegue. Oigo mi corazón latir. Oigo su ruido y me da miedo estar viva, pero mucho más miedo me daría no estarlo.

Ahora siento mis pies fríos. No quiero sentirlos porque esto se asemeja a la muerte y en este silencio me da miedo, miedo que quiero que desaparezca antes del amanecer, porque quiero y quiero de verdad poder seguir ¿hacia dónde? No lo sé. 

Desde que llegaste todo ha estado lleno de cambios e incertidumbre. Viniste a revolver el mundo, que ya estaba revuelto, saturado de tanto ruido y apareciste con fuerza para encerrarnos en un silencio que asusta. Viniste maldito virus a cambiarlo todo. Cambio que necesitábamos, pero sin tanta muerte, sin tanta hambre, sin tanto sufrimiento.

No quiero que me tapes la boca, quiero seguir gritando que no tengo miedo, gritando que creo en el amor, gritando que creo en una justicia, gritando lo que dudo, gritando a todo.

Pero ahora me has tapado la boca y tengo miedo de que mi grito sea un eterno silencio por temor al contagio, contagio que existe porque tú llegaste y nos pusiste en este encierro que se hace eterno, este encierro que se hace interno.

Quiero oler, oler aire, que no es inoloro. Huele a pasado, huele a recuerdo, huele a presente y también huele a esperanza. Esperanza que ahora tú nos has quitado.

Oigo llantos, quejas, reclamos y también estupideces que salen de nuestros dedos, dedos que ahora siento y son los únicos que permiten expresarnos por medio de unas pantallas, que hay que desinfectar constantemente. Oigo voces de extraños que reclaman su vida, su empleo, oigo voces cercanas que anhelan estar vivas.

¿Sabes qué? Nos mandaste a casa, porque la vida siempre estuvo afuera y ahora nos obligas a quedarnos adentro y sin seguridad de estar a salvo. Llegaste en este ruido y nos mandaste a todos al silencio extremo.

Los motores se han apagado, las voces desde sus balcones reclaman ser libres. Ponemos desinfectante para que el olor huela a algo, tal vez a un recuerdo que todos queremos olvidar, porque así nos teníamos los unos a los otros en un eterno olvido, olvido que ahora nos recuerda que nos tenemos guardados, llenos de incertidumbres en este silencio que en el fondo todos necesitamos.

Unos lloran por los que te has llevado, otros respiran profundo para poder tomar por última vez su  respiro, respiro que otros temen al ser contagiados, y otros -los peores y los más nefastos- de ti se han aprovechado.

Hoy quiero que este pensamiento fluya  y no se estanque, porque vivir con miedo es un verdadero infierno.

Tú favores no haces, pero si estás por aquí, ándate te lo ruego, que ya no soporto más taparme la boca, taparme la nariz, taparme los ojos, taparme los sentidos.

A unos les quitas el gusto al comer, a otros les quitas la comida.

Ya has hecho mucho ruido. Ándate ya te lo suplico.

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