Columnista Invitado
Ciudad sin párpados
Arquitecto y consultor urbano con más de 20 años en su oficio. Analiza ciudades y su gobernanza desde la intersección entre diseño, instituciones y ciudadanía.
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Hoy, casi todo lo que nos vende algo trae un botón de apagado. Cierras la pestaña, te saltas el comercial a los cinco segundos o pagas la suscripción premium. Y ese mismo aparato, que nos tiene jorobados y babeando en un scroll infinito, al levantar la vista, la ciudad te remata con la valla LED frente a tu ventana, sin control de apagado, o con el parlante del local de abajo sin opción de mute. En un mundo donde casi todo se silencia, nuestras ciudades nos gritan 24/7.
Es que a Quito le fascina empapelarse. Poste, fachada, árbol, ladera: a cada superficie se le mete capa tras capa de anuncios. Crecimos creyendo que una ciudad tapizada de pantallas gigantes y figuras 3D, como carros alegóricos sin ruedas, nos convierte en primer mundo —cosmopolitas, dinámicos, despiertos—, un Times Square con olor a hornado que nos abre el apetito. Pero no tanta hambre como la del Municipio. Casi nueve de cada diez vallas fuera de norma y 76 millones de dólares en multas que nadie cobró. En octubre de 2025 arreglaron el problema al revés: cambiaron la norma para que lo ilegal dejara de serlo.
El daño ocurre mucho más por dentro: en nuestros cerebros. La atención dirigida —la capacidad de concentrarse e ignorar el resto— es finita y se fatiga como un músculo; la psicología ambiental lleva décadas mostrando que los entornos saturados la agotan y los naturales la reponen. Un cerebro obligado a filtrar, todo el bendito día, estímulos que nadie pidió —un letrero encima de otro, una luz parpadeante, una marca cada diez metros— mantiene encendido el sistema nervioso autónomo, ese que se dispara ante una amenaza. Cortisol, pulso y alerta sostenidos en el tiempo. Terreno fértil para la ansiedad, la irritabilidad y el insomnio.
La luz nocturna de las pantallas hace lo suyo aparte: desordena los ciclos circadianos; una valla iluminando la ventana hasta medianoche hace justo eso, igualito a la pantalla azul del celular, con el detalle de que a esa sí podemos voltearla boca abajo; a la valla, te la bancas, sí o sí. Uno cree que con el tiempo se acostumbra. Mentira. Se desgasta de a poquito, sin sentirlo, hasta que la mala leche de las calles se vuelve nuestro temperamento local y resulta que es, en buena parte, un agotamiento colectivo.
La Encuesta de Salud Mental del propio Municipio encontró que el 92,6% de la población presenta algún nivel de estrés y que, entre los síntomas más frecuentes, figuran el cansancio, los problemas para dormir y la irritabilidad. Hubo una pregunta que lo dice todo: al consultar qué obras mejorarían su bienestar, la gente pidió más árboles y más parques. La ciudad se recetó su propio antídoto: sombra, verde, un poco de silencio. Pero la calle le encaja más pantallas, con la bendición de las agencias de control.
Son tan delirantes las estimaciones que un estudio técnico calculó que Quito aguantaría hasta 6.500 estructuras publicitarias antes de saturarse. Como si se tratara de una subasta de metros cuadrados listitos para ser capturados. El Concejo, tan prudente, pasó de 151 legales a un cupo de 1.400. Un salto del 827%. Y una sola empresa controla el 40% del negocio. En ese cálculo no entran el campo visual, ni el sueño de nadie, ni el paisaje, ni el dato de fatiga que el mismísimo Municipio levantó en su otra encuesta. Dos instrumentos, dos verdades, y entre ambos un silencio comodísimo, porque cruzarlos saldría carísimo.
São Paulo entendió el peso del asunto y en 2007 descolgó quince mil vallas en un solo año. El espacio público no se pierde solo porque alguien le planta una reja. Se pierde, calladito, cuando te obligan a mirar, a oír y a procesar lo que otro decidió venderte. Ahí ya no te quitan un pedazo de vereda. Te quitan la atención, que era lo único que te quedaba gratis.
Y, mientras tanto, arriba sigue el cerro. El paisaje es un derecho colectivo —el de mirar el Pichincha, el Panecillo, esa vaina rara y hermosa de vivir metidos en una hondonada andina—, solo que ya casi no lo ejercemos, tapados por una cubeta de presas de pollo más alta que los edificios. Una ciudad sin párpados no puede cerrar los ojos para descansar ni cuando levantas la vista.