Tablilla de cera
La política bandwagon de Noboa con Estados Unidos no consigue mayor cosa
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Solo tras la ola de protestas de los periodistas por el silencio sobre la agenda en EE. UU. del presidente Daniel Noboa, la cancillería del Ecuador publicó, pasadas las 21:00 del domingo, que se reuniría el lunes con el secretario de Defensa de EE. UU. Pete Hegseth y el asesor presidencial Stephen Miller.
Ningún presidente de la historia ha viajado tanto como Noboa y, a la vez, ninguno ha sido tan opaco en transmitir los motivos y los resultados de sus viajes. Según un recuento realizado por Ecuador Chequea, el presidente Noboa ha realizado al menos 33 viajes internacionales entre su posesión en noviembre de 2023 y junio de 2026, acumulando alrededor de 152 días fuera del país.
Las protestas periodísticas se activaron el domingo tras la aparición del presidente Daniel Noboa en el estadio de Filadelfia.
Nadie en el Ecuador se sorprendió, pues estaba cantado que Noboa iba a ir al partido: lo que molesta es que se lo haya ocultado como secreto de Estado. A la salida del recinto, manifestantes ecuatorianos le gritaron de todo al presidente, pero sobre todo “vago”, que es la impresión que proyecta con estos viajes en que no avisa qué va a hacer.
Y no solo que no se difunde su agenda (el presidente viajó el jueves y no se sabe qué hizo durante tres días hasta que le poncharon en la transmisión internacional), sino que tampoco se sabe quiénes integran sus comitivas. El truco que adoptó Noboa es que en los decretos del viaje incluye ahora la disposición de que será la Secretaría General de la Administración la que defina la comitiva, con lo cual esta ya no consta en el decreto presidencial ni en documento al que tenga acceso la prensa.
Mucho peor y en otro orden de magnitud está la necedad de Noboa de seguir acudiendo a citas con personajes de segunda fila en la Casa Blanca sin que hasta ahora haya sido recibido en visita oficial por Donald Trump.
Sí, todos sabemos del personaje siniestro que es Steve Miller, que impulsa las políticas más radicales en asuntos internos y seguridad nacional (como arquitecto de las deportaciones masivas, de los ataques al multiculturalismo y a las políticas de inclusión, del control de las universidades y de las agencias federales), y que es uno de los asesores más cercanos y leales a Trump.
Y también sabemos quién es Hegseth, probablemente el más inepto secretario de Defensa de EE. UU. por el consenso de los analistas serios, y quien también es cercano a Trump y se ha ganado su confianza.
Pero ninguno de los dos es Trump. El presidente del Ecuador no hizo valer nunca su posición como jefe de un estado soberano que primero debe reunirse con su par, y solo después con sus colaboradores, una vez que ya hay línea política y acuerdos en la cúpula. Y esta vez, ¿siquiera fue a firmar algo?, ¿trajo algo concreto? ¿O solo fue a conversar? A esto último, según la Presidencia de la República, “para fortalecer los niveles de interoperatividad táctica”, cualquier cosa que eso signifique.
Ya es tarde para hacer valer al Ecuador, tras 31 meses de Gobierno y entrevistas con los secundones, aunque estos sean tan siniestros como la Noem, Miller y Hegseth. Pero indigna, porque no se trata de él: se trata del país.
La política exterior del Ecuador se ha reducido al bandwagoning, palabra inglesa que en ciencias internacionales define a la política de un país que decide alinearse con la potencia dominante o con un líder poderoso para obtener beneficios, protección o evitar conflictos.
El Ecuador no solo que ha evitado confrontar a Trump, sino que ha adaptado su propio discurso a las prioridades de Trump (y de Netanyahu). Pero no se ven las supuestas ventajas comerciales, financieras, militares o diplomáticas que tal actitud debía haber cosechado.
Seguramente entre construir el salón de baile, pintar de azul el espejo de agua (que a los tres días volvió a ser verde por las algas), organizar las siete peleas de artes marciales mixtas en el patio de atrás de la Casa Blanca como gran celebración de cumpleaños y hacer una guerrita con Irán, Trump no tiene tiempo para Noboa (aunque sí lo tuvo para Petro y Milei y Lula y Bukele). No importaría tanto si es que plegarse al trumpismo internacional trajera alguna ventaja para el Ecuador, pero al país le cargan los mismos aranceles que a otros y el ICE persigue a sus migrantes con igual salvajismo.
Nadie niega la importancia de EE. UU. para la economía y la seguridad del Ecuador, y sería absurdo resistir u oponerse a Trump, pero precisamente porque la política exterior del actual ocupante de la Casa Blanca es tan transaccional y de acuerdos concretos, la posición adoptada por Noboa de bandwagoning — que ha llevado incluso a renunciar a las tesis que el Ecuador siempre ha defendido— debía haber logrado bastante más cooperación en seguridad, respaldo financiero e inversiones. La verdad es que la cooperación que existe de parte de EE. UU. fue lograda en 2023 por el acuerdo firmado por el presidente Guillermo Lasso.
Y eso sin mencionar el manejo deplorable de la embajada del Ecuador en Washington o los múltiples errores en la gestión de la canciller Sommerfeld.