El coeficiente intelectual alto en la era de la inteligencia artificial
Investigadora. Directora Técnica de Fundación Octaedro. Integrante del Comité Asesor Internacional de The Lancet Global Health y del Consejo Editorial de BMJ Public Health. Asociada a la Cátedra UNESCO de Salud Global y Educación.
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Hace pocas semanas, anunciaron que un joven ecuatoriano de 14 años entró a estudiar en la Escuela Politécnica del Litoral (ESPOL). Citando su coeficiente intelectual de 163, los medios y las redes sociales lo describieron como un “genio” y celebraron este logro.
La historia que se ha desarrollado a partir de esto es fascinante. En una entrevista, el chico afirmó: “conozco el alfabeto ruso”; pero en otro momento, cuando le preguntaron cuántos idiomas domina, respondió suelto de huesos: “manejo el inglés, alemán, ruso y portugués”. Aunque conocer un alfabeto no sea sinónimo de un nivel avanzado en una lengua, la síntesis final en internet es que “domina” cinco idiomas. Pero cuando habla en su idioma materno, no se expresa tan fluidamente como se podría esperar de un superdotado lingüístico, sino algo más razonable: un joven de 14 años que terminó el colegio de forma acelerada.
He tomado especial interés en este caso porque, como algunos de ustedes, conozco a personas que han enarbolado su alto coeficiente intelectual o su título universitario como un mérito, sin poder demostrar que son realmente especiales. Por eso, es importante aclarar cuál es el efecto de catalogar a una persona como genio usando una prueba.
Primero, los psicólogos consideran que las pruebas de medición del coeficiente intelectual son confiables para evaluar el razonamiento abstracto, el procesamiento espacial y la memoria operativa. Pero no las usan para determinar si alguien es inteligente sino para diagnosticar necesidades de aprendizaje, ya sean compensatorias para estudiantes desfavorecidos o de enriquecimiento para superdotados. De hecho, científicamente no se usa el concepto de genio para describir a las personas con alto coeficiente intelectual.
Segundo, por estas razones, es posible que un niño que obtuvo un puntaje alto en una prueba de coeficiente intelectual luego obtenga un puntaje menor e incluso fracase escolarmente, especialmente si lo adelantaron de grado con base en el puntaje original. También es posible lo contrario: que un estudiante obtenga un puntaje bajo y, por esa razón, se le prive equivocadamente de oportunidades. La inteligencia, la genialidad, la superdotación no se agotan en estas pruebas estandarizadas.
Tercero, estudios recientes, como el de Arne Güllich y colegas, muestran que los niños prodigio no se convierten, en su mayoría, en adultos talentosos. El progreso sorprendente a una edad temprana realmente se limita a áreas disciplinarias reducidas y la curva llega a aplanarse justo cuando los seres humanos que progresaron gradualmente los superan con el pasar de los años. Por eso, se escucha hablar de los desafíos que tuvieron que superar quienes luego ganaron un premio Nobel o se convirtieron en atletas de élite, y no que tuvieron un coeficiente intelectual alto y eran miembros de Mensa.
Aunque creo que el joven estudiante de la ESPOL tiene una alta probabilidad de graduarse con éxito, me preocupa que no cuente con todas las herramientas y características necesarias para triunfar como espera. Se ve que tiene motivación y muestra indicios de curiosidad, pero los jóvenes verdaderamente extraordinarios no se saltan hitos importantes antes de ir a la universidad como, por ejemplo, ganar una Olimpiada de Matemáticas o una edición del concurso científico Regeneron. De hecho, universidades de élite como el Massachusetts Institute of Technology (MIT) prefieren no admitir a estudiantes demasiado jóvenes, aunque hayan demostrado aptitudes intelectuales suficientes.
En esta era de inteligencia artificial, habilidades que eran admiradas en los jóvenes, como programar, hoy pueden ser replicadas por herramientas como Claude. Es decir, han dejado de ser excepcionales y tampoco bastan por sí solas. Las destrezas que cobrarán importancia progresivamente serán otras: desde la creatividad y la capacidad de hacer preguntas hasta la inteligencia moral que permite tomar decisiones responsables en el trabajo y en la vida.
No debemos confundir habilidades limitadas y pragmáticas con la capacidad de aprender y de resolver problemas, especialmente si parecen excepcionales en una edad temprana pero son normales a la edad en la que las personas empiezan su educación superior. Eso significa que no debemos entusiasmarnos con la idea de que los jóvenes se gradúen anticipadamente del colegio sin aprovechar oportunidades que les ayuden a formarse más allá del currículum.