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¿A dónde se van los mensajes de voz?

Irene Torres

Investigadora. Directora Técnica de Fundación Octaedro. Integrante del Comité Asesor Internacional de The Lancet Global Health y del Consejo Editorial de BMJ Public Health. Asociada a la Cátedra UNESCO de Salud Global y Educación.

Actualizada:

25 jun 2026 - 05:50

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En el advenimiento de WhatsApp, me molestaba que la gente mandara mensajes de voz. ¿No se dan cuenta de que soy una persona ocupada? Si estoy en una reunión, pensaba, no puedo sentarme a escuchar el torrente de pensamientos sueltos sobre cualquier problema de un amigo. “¿Quieres que te lo suba a Spotify?” era mi broma de rigor. En coherencia, no los mandaba ni en reciprocidad. Con el tiempo, he descubierto la facultad terapéutica que tiene ponderar sobre una u otra opción inútil relacionada con un tema todavía más inconsecuente cuando grabo mis discursos. Puedo exaltarme, sonar debidamente aburrida o, mejor aun, hurgar espontáneamente en algún agujero que me surge ese momento, sin luchar contra el corrector automático. Mis pensamientos encapsulados en mensajes de voz contienen una sensación de resguardo; no pueden ser inmovilizados en una captura de pantalla usada con el fin de acusarme de cualquier cosa con alguien más.

El mensaje de voz exige más atención y tiempo que un mensaje de texto, tanto del receptor como del emisor. Tiendo a escuchar el mensaje de un colega dos veces para asegurarme de que lo entendí, pero si puedo leerlo, solo lo hago una vez. Y, aunque me pongo nerviosa al oír mi propia voz, encuentro reconfortante escuchar los mensajes que he grabado aunque ya sé lo que dicen. ¿Por qué, si siento que estoy demasiado ocupada para atender todos los mensajes que me llegan, le he agarrado gusto a los mensajes de voz? Tal vez he desarrollado una nostalgia por las conversaciones telefónicas de antaño, eternas, libres, con temas explorados por asociación simple entre unos y otros. No siento lo mismo cuando empiezo a recibir series de mensajes escritos cortos, que se suceden como un torrente de ideas sueltas. Es la cadencia del habla lo que vuelve a los mensajes de voz idiosincráticos y, así, personales.

  • El coeficiente intelectual alto en la era de la inteligencia artificial

En esta vida agitada, llena de ocupaciones, donde nadie quiere ni tiene tiempo para tomarse las cosas con calma, un mensaje de voz nos desespera. Queremos, en un pantallazo, recibir rápidamente la información. Preferimos leer unos caracteres fríos para olvidar que detrás de ellos hay una persona, lidiando con sus emociones, con ganas de, en su lugar, volvernos locos con un mensaje de dos, tres, cinco minutos, para suscitar una reacción de nuestra parte que un texto escrito no obtendría. Si no fuera nuestra amiga, o un colaborador cercano, es posible que no estuviéramos recibiendo un mensaje de voz en el teléfono. Las transacciones con extraños comúnmente no vienen con sonidos propios. La vendedora de Royal Prestige nos manda un video atractivo para convencernos de la bondad de su producto. El agente de seguros nos hace una oferta seductora con viñetas que organizan la información como si fuera un correo electrónico.

El mensaje cálido, aunque eterno, de voz, en el que una amiga nos cuenta la visita al médico con pelos y señales de los resultados de sus exámenes, un amigo nos describe sus pensamientos sobre la situación en su universidad ante la suspensión de la acreditación nacional este año, el tío que nos dice exactamente en qué esquina de la calle se encuentra antes de subir por ella para ir a nuestro encuentro, no puede expresarse de la misma manera usando la palabra escrita. La casilla diminuta de WhatsApp, donde en escasos caracteres se pierde la secuencia de lo que una quería explicar, nos ha llevado a remplazar la epístola por la vocífola, que no es una palabra real. Surge un nuevo género literario, impaciente, que rechaza la pluma y el teclado, que refleja un ritmo empujado por una tecnología inclemente pero paradójicamente rescata nuestro calor humano.

 Habrá mensajes de voz que recibo o mando que no serán escuchados, otros que serán olvidados porque con la lupa de WhatsApp puedo encontrar antiguos mensajes solo de texto. Esos se van al limbo de los mensajes que no han cometido ningún pecado. Y tal vez ahí está su gracia, en que no buscan sino interrumpir, recordarnos que hay alguien detrás de esas barritas que denotan el volumen cambiante del sonido de una voz. Convertirse en acertijos que solo pueden resolverse si alguien hace una pausa para escuchar sin hacer nada más.

  • #WhatsApp
  • #sociedad
  • #redes sociales
  • #comunicación
  • #humanidad
  • #Chats

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