Lo invisible de las ciudades
Seguridad y espacios públicos
Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador del Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación sobre asuntos urbanos. Ha publicado también como novelista.
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A pocas semanas de ocurrido el terremoto de Manabí, hace ya diez años, el Colegio de Arquitectura y Diseño Interior de la USFQ organizó un foro sobre arquitecturas en tiempos de emergencia. A este evento se invitó a varios arquitectos que trabajaron en lugares afectados por desastres naturales. Mucho de ellos eran provenientes de Chile, país que ha tenido que lidiar constantemente con terremotos y tsunamis.
Ya al final de su visita, saliendo de merendar en algún restaurante, escuché a uno de ellos decir: “¡Qué interesante es Quito! Una pena que no hayamos podido conocer su Centro Histórico”. Era pasada la medianoche. Sin dudarlo, los llevé a la Plaza Grande. La recorrimos a pie por algunos minutos. De pronto, ellos notaron las puertas que hay debajo del soportal frontal, en el Palacio de Carondelet. Me preguntaron para qué eran; y les respondí que se trataba de locales comerciales; que uno era una barbería, otro vendía golosinas y otro le ofrecía souvenirs para los turistas. Ante mi respuesta quedaron perplejos, y de inmediato me preguntaron: “¡¿Y a nadie se le ha ocurrido que alguien pudiera entrar ahí con una bomba?!”.
Puedo comprender que esa sea una preocupación para personas que han vivido momentos violentos de alto calibre, como los chilenos. Pero eso me demostró también la bondad y la ingenuidad de nuestra cultura.
Sin embargo, ese escenario ha cambiado con el paso de los años. Los locales bajo la galería de Carondelet están cerrados, vacíos. Desde hace algunos gobiernos atrás, tenemos una reja que le da la vuelta completa a la cuadra donde están la Presidencia y la Vicepresidencia de la República. En la calle Chile, entre Benalcázar y García Moreno, los peatones tienen que apretarse para poder circular. Si no fuera por el soportal del edificio frente a la Vicepresidencia, caminar por ahí sería imposible.
Entiendo que vivimos tiempos distintos; pero creo que puden pensarse mejores formas de mantener la seguridad, sin perjudicar al espacio público. Sobretodo, porque el impacto que tienen las rejas y los alambres de púas en la ciudadanía.
Hace poco estuve conversando al respecto con las personas que encontré en la Plaza de la Independencia. En la actualidad, existe en ella un gran contraste. Por un lado, es la única plaza del Centro Histórico que fue concebida para que la gente se siente. Es la que más espacio tiene para ello, con sus carácterísticas bancas de piedra. Pero en contraparte, las rejas que acorralan la cuadra donde se ejerce el poder ejecutivo resultan hostiles.
Dejando las opiniones políticas a un lado, quienes acuden a la Plaza de la Independencia rechazan estas barricadas. Contrarrestan las actividades que inyectan el turismo y el comercio de las áreas colindantes.
¿Podríamos lograr que las actividades del Centro Histórico convivan con las medidas de seguridad que se aplican ahora desde la Presidencia? Complicado, pero no imposible.
Siempre que se toca este tema, salen algunas personas retomando la idea de sacar a la Presidencia de la República de Carondelet. Eso le dejaría la cancha libre a los encargados de la seguridad presidencial para implementar las medidas que quieran. Sin embargo, el efecto negativo de dicho planteamiento es la extracción de actividades del centro, aumentando aún más el riesgo de su tugurización. Se habla también de convertir a Carondelet en un museo. Resulta evidente que un museo no podría jamás generar las actividades directas e indirectas que provoca la presencia del poder ejecutivo en el corazón de la ciudad.
La respuesta a este dilema no va a ser fácil de encontrar. Podría pensarse en aumentar las vías peatonales alrededor de la Plaza Grande. Es algo que debemos pensar con detenimiento, pero sin darnos por vencidos en la desafiante tarea de encontrar una solución.