El Chef de la Política
Menos ministerios no es igual a mayor eficiencia sino todo lo contrario
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Ahora Ecuador tiene diez ministerios y pasa a ser el segundo país de América Latina con menos Carteras de Estado, solo superado por Argentina, que tiene nueve. A primera vista, esa noticia luce alentadora si la reducción, la segunda durante este gobierno, implicaría eficiencia en la provisión de bienes y servicios básicos, sobre todo en favor de la población menos favorecida económicamente. Desafortunadamente, basta seguir la historia reciente del país para que las dudas surjan y las críticas también. Si con catorce ministerios la insatisfacción ciudadana era parte de la cotidianeidad, lo que la gente asume, y no le faltan razones, es que ahora las trabas y lentitud serán más notorias.
Tomemos un caso. Uno de los ministerios más importantes en cualquier país es el que administra los recursos económicos y diseña la política pública en ese sector. En algunos lugares se denomina ministerio de hacienda y en otros de finanzas o de economía. Independientemente del membrete que asuma el ministerio, lo que es común a América Latina, región en la que la forma de gobierno presidencialista es la constante, es que dicha Cartera de Estado funciona única y exclusivamente para cumplir esa tarea. Las funciones son tan específicas en ese ministerio que ningún país contempla la posibilidad de vincularlo con otras áreas de gobierno. La razón además de técnica es política. Una mano debe ser la que solicita los recursos económicos y otra la que autoriza el desembolso.
En Ecuador, esa división social del trabajo no existe más. Ahora el ministerio de economía de este país no solo resuelve el manejo del tesoro público, sino que controla también una de las Carteras de Estado más sensibles en el campo social, como es la de agricultura. En un país en el que más del treinta por ciento de la población vive en zonas rurales y el agro es una de las fuentes esenciales de la actividad comercial, convertir al ministerio de agricultura en una dependencia subordinada es simplemente una jugada arriesgada, por no decir irresponsable. No es lo mismo ser ministro que ser viceministro, ni en las formas ni en el fondo. Más aún si, por la estructura misma del ministerio de agricultura y la enorme capacidad de asignación de recursos que tiene, el componente político que circula en esa Cartera de Estado es de alto voltaje. Cualquiera que haya pasado por ese ministerio sabe que allí los conflictos distributivos son una parte esencial del día a día del ministro y de sus tres enormes viceministerios que, dicho sea de paso, ahora seguramente pasarán a tener un rol terciario.
Acá otro caso. El ministerio de trabajo, clave en cualquier país y más en uno como Ecuador en el que la falta de empleo es uno de los problemas más graves e irresueltos, ahora no solo se encargará de ese álgido sector, sino que también abarcará las enormes funciones del ministerio de desarrollo humano, antes denominado de inclusión social y mucho tiempo atrás conocido como de bienestar social. Tres viceministerios y nueve subsecretarías integraban a esta Cartera de Estado que ahora pasa a ser parte de un monstruo burocrático seguramente ingobernable, más allá de las buenas intenciones que pueda tener la flamante ministra y entusiasta precandidata. Menudo entuerto en el que han colocado a la señora Gellibert.
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Como se ve, eliminar ministerios para crear estructuras burocráticas enormes y con funciones incompatibles, no aportará a la supuesta eficiencia que busca alcanzar el gobierno. Por el contrario, lo que se prevé es el aumento de la conflictividad social por las dificultades sistémicas que se generarán para la provisión de bienes y servicios básicos. Tomar decisiones públicas trascendentales en función de opiniones, conjeturas o anécdotas, nunca lleva a resultados favorables para la ciudadanía y tampoco para los intereses políticos de sus ejecutores. Solo es cuestión de tiempo y el país podrá valorar la desafortunada opción que ha tomado el gobierno. Como siempre, quienes terminarán asumiendo las consecuencias de la improvisación serán los más pobres.