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Sociedad

“En Ecuador la atención especializada es inalcanzable”: la madre que migró a España para diagnosticar y escolarizar a sus hijos

Alejandra dejó Guayaquil dejando atrás la inseguridad y un sistema de salud y educación donde la atención especializada para el autismo y la epilepsia era un lujo inalcanzable para sus hijos. Su historia en Madrid refleja la realidad de miles de madres migrantes que enfrentan la separación familiar, la falta de diagnósticos y una dura maraña burocrática con un único fin: asegurar que sus hijos tengan un derecho que en su país no consiguieron.

Alejandra, guayaquileña, junto a sus tres hijos en Madrid, hacia donde decidió migrar para encontrar educación especializada para sus tres hijos, que necesitan, además tratamientos especiales.

Alejandra, guayaquileña, junto a sus tres hijos en Madrid, hacia donde decidió migrar para encontrar educación especializada para sus tres hijos. Ellos también necesitan tratamientos especiales.

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Soraya Constante

Autor:

Soraya Constante

Actualizada:

24 jul 2026 - 00:05

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MADRID. El 2026 comenzó para Alejandra y sus tres hijos en el aire. Mientras el avión de Air Europa avanzaba hacia España, se tomaron las uvas y brindaron con champán por el nuevo año. Dejaban atrás Guayaquil, la inseguridad, las dificultades para acceder a tratamientos médicos y una vida familiar que, desde ese momento, quedaría dividida entre dos países.

Aterrizaron en Madrid el 1 de enero. Alejandra, de 36 años, llegó con una hija de 16, un adolescente de 13 y su pequeño de seis, que presenta rasgos de autismo. Su esposo, Luis, permaneció en Ecuador para conservar su trabajo y ayudar a sostener económicamente a la familia mientras ella trataba de abrirse camino en España.

Alejandra no llegó completamente a ciegas. Su marido había vivido algunos años en España y conserva aquí parte de su familia. Ese vínculo, que puede considerarse una ventaja frente a otras personas migrantes que aterrizan sin una red de apoyo, le permitió tener un lugar donde instalarse con los niños en Usera, uno de los distritos madrileños con mayor presencia de población latinoamericana.

La vivienda, uno de los primeros y más difíciles obstáculos para cualquier familia recién llegada, estaba al menos resuelta. Alejandra vive con su suegra y otros familiares, aunque la casa compartida y la dependencia económica también reflejan la fragilidad de sus primeros meses en Madrid.

Desde el primer día comenzó una carrera que no solo tenía que ver con conseguir papeles o encontrar un empleo. Su prioridad era sentar a cada uno de sus hijos en un aula.

La búsqueda exigió insistencia, organización y una carpeta cada vez más abultada de documentos. “No quedarme con una sola idea, buscar solución, tener organizado todo. Si me vieras, tengo papeles y papeles”, resume Alejandra, meses después, cuando los tres han conseguido finalmente encauzar sus estudios.

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Alejandra, migrante ecuatoriana, llegó a Madrid este 2026 y enfrentó una dura burocracia para escolarizar a sus hijos en los lugares adecuados para sus necesidades.Soraya Constante

La búsqueda de seguridad y atención médica

La familia dejó Ecuador empujada por varios motivos. Alejandra habla de la inseguridad que afecta especialmente a los hogares con hijos adolescentes, pero también de las dificultades para acceder a médicos y terapias especializadas.

Buscaba para sus hijos una vida con menos miedo y con mayores oportunidades. “La situación del país y el tener los chicos adolescentes, todo eso. También darles otra oportunidad, otra forma de que ellos tengan una mejor situación dentro de lo que se pueda”, explica.

Sus dos hijos mayores tienen crisis de ausencia, un tipo de epilepsia que puede provocar breves episodios de desconexión. En el caso de su hija, la familia tardó años en encontrar una respuesta médica adecuada.

El tiempo perdido en consultas y diagnósticos todavía pesa en el relato de Alejandra. “Con mi hija fue un lapso de unos tres años desperdiciados en su tratamiento porque no sabía ningún médico”, lamenta.

Con el menor, la preocupación era diferente. Alejandra había observado retrocesos en su desarrollo y comportamientos asociados al autismo, pero conseguir especialistas y terapias en Ecuador suponía un costo difícil de asumir.

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Cynthia Andino, presidenta de la Fundación Aleluya, muestra un cartel durante un plantón en Quito  frente al Ministerio de Educación, el 8 de julio de 2026, para exigir una mejor atención a niños con autismo y discapacidades.Robel Revelo / Primicias

España aparecía ante ella como un país con más recursos y conocimientos para atender a los niños con autismo. “Yo siempre veía que aquí era como un poco más avanzado en cuanto al tema del autismo, algo más fácil de acceder”, cuenta.

En Ecuador, añade, la atención especializada se había convertido en un gasto inalcanzable para muchas familias. “Los especialistas cobran mucho por ayudar”, sostiene.

  • El drama de las familias con niños con autismo en Ecuador: El sueldo de los 'maestros sombra' ahora corre por su cuenta

Dos semanas esperando el padrón

El primer obstáculo apareció nada más llegar. Alejandra pensó que debía empadronarse antes de solicitar una plaza escolar, pero conseguir una cita le llevó cerca de dos semanas.

Después descubrió que podía haber iniciado las consultas sobre la escolarización con el pasaporte de sus hijos, mientras completaba el empadronamiento.

La falta de información le hizo perder un tiempo que, a mitad del curso escolar, resultaba especialmente valioso. “Yo hubiese sabido que podía pedir plaza sin estar empadronada… Perdí dos semanas”, señala.

Durante los meses siguientes, esa sensación se repetiría. Alejandra visitó centros, preguntó en secretarías, acudió a oficinas educativas y recibió respuestas que a veces eran parciales o contradictorias.

Pronto comprendió que la escolarización de cada uno de sus hijos sería una historia diferente.

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El hijo que encontró un instituto cerca de casa

El proceso más sencillo fue el de su hijo de 13 años. Alejandra buscó plazas por internet, recorrió varios centros y preguntó en los institutos próximos a Usera.

Finalmente, el adolescente consiguió una plaza cerca de su barrio. La proximidad fue importante porque le permitió ganar autonomía, integrarse en la zona y empezar a desplazarse solo al instituto.

En Ecuador parecía estar retrasado respecto a otros alumnos de su edad por la organización de los cursos escolares. En España fue escolarizado según su año de nacimiento y comenzó segundo de Educación Secundaria Obligatoria.

La adaptación académica, sin embargo, no fue automática. Encontró asignaturas que no había cursado anteriormente, como Física y Química, y diferencias en la forma de enseñar Matemáticas.

Su carácter sociable facilitó el aterrizaje. Alejandra lo describe como un niño “amiguero”. Hizo amistades, aprendió el recorrido y empezó a ir solo a clase. De los tres hermanos, fue quien encontró antes su sitio dentro del sistema educativo español.

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Los tres hijos de Alejandra, migrante ecuatoriana en Madrid, que lograron escolarizarse en España.Soraya Constante

Dos meses sin poder ir a clase

La situación del hijo pequeño fue mucho más compleja. Aunque Alejandra llevaba información médica de Ecuador, el niño no contaba con un diagnóstico reconocido en España que permitiera asignarle directamente una plaza con los apoyos que necesitaba.

La ausencia de esa valoración se convirtió en la primera barrera. “Al no tener el diagnóstico, no podían darle un cupo en aula TEA (trastorno del espectro autista), que es lo que yo entendí”, explica.

Un equipo de orientación educativa intentó evaluarlo, pero la primera valoración quedó incompleta. El niño quería jugar, tenía dificultades para permanecer quieto y no respondió a todas las pruebas.

Inicialmente fue admitido en un colegio ordinario. Allí observaron que le costaba permanecer en el aula y que reaccionaba con miedo ante determinados ruidos, como el de los secadores de manos.

Poco después, el centro pidió a Alejandra que lo mantuviera en casa mientras los servicios educativos buscaban una plaza más adecuada.

La madre todavía recuerda con desconcierto aquel momento. “Le recibieron en un colegio y luego le dijeron que se fuera a la casa. Me dijeron que lo tuviera hasta que le saliera alguna plaza”, relata.

El niño permaneció alrededor de dos meses sin escolarizar, algo completamente irregular. Para Alejandra, la situación fue especialmente frustrante porque temía que perdiera avances y, al mismo tiempo, se vio obligada a quedarse con él en casa, lo que condicionó sus posibilidades de buscar empleo.

La solución llegó en abril, después de nuevas evaluaciones y gestiones con los equipos de orientación que se volcaron con el caso. El pequeño consiguió una plaza en un centro de educación especial de Madrid, cuyo nombre se omite para proteger su identidad.

Alejandra asegura que el cambio ha sido positivo. Sobre todo, destaca la implicación de quienes trabajan directamente con su hijo. “Se nota que sí tienen la intención de ayudar. Los maestros, los tutores, los orientadores están comprometidos”, afirma.

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Una adolescente entre la educación de adultos y la Formación Profesional

El camino de su hija mayor fue distinto. La joven llegó con 16 años, una edad fronteriza para el sistema educativo. Ya no tenía garantizado el mismo itinerario que un menor que llega en plena etapa obligatoria y el acceso a los estudios que buscaba dependía de sus certificados académicos y de la homologación de lo cursado en Ecuador.

Alejandra no había traído inicialmente toda la documentación porque a su hija le faltaban apenas dos meses para terminar el curso en Guayaquil. Cuando la familia comenzó a solicitar desde España los certificados que necesitaba, se encontró con un proceso lleno de errores, correcciones y retrasos.

Luis, el padre, se encargó de recorrer en Ecuador el distrito educativo y el Ministerio de Educación. Los documentos regresaban una y otra vez por fallos mínimos en los nombres, las fechas o las calificaciones.

La homologación se convirtió en uno de los trámites más agotadores para la familia. “Por una letra, por una fecha, por una nota, por un decimal, a cada rato le decía: ‘Este papel está mal, este papel está mal’”, cuenta Alejandra.

Mientras intentaba resolver la documentación, matriculó a su hija en un centro de educación de personas adultas para que pudiera continuar sus estudios. Sin embargo, la adolescente fue ubicada en un nivel inferior porque la familia había llegado después del periodo de inscripción.

La diferencia generacional terminó pesando en su adaptación. “No se adaptó, la verdad. Ella tenía 16 años y estaba con personas adultas. Vi que había personas ancianas también estudiando. Como que se aburrió, no se sentía bien ahí”, explica su madre.

Alejandra continuó buscando alternativas. Primero preguntó en las secretarías de los centros y más tarde pidió hablar directamente con la dirección de uno de ellos.

Tras varios meses de trámites, la familia consiguió corregir, apostillar y homologar la documentación enviada desde Ecuador.

La adolescente logró finalmente matricularse en un grado medio de Formación Profesional relacionado con la animación en tres dimensiones, que comenzará en septiembre.  “Ahora sí, ya va a ir a Formación Profesional. Ya está matriculada”, celebra Alejandra.

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Los dos menores adolescentes que llegaron de Guayaquil para insertarse a la escolarización en Madrid.Soraya Constante
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Una red familiar que amortiguó la llegada

Mientras Alejandra gestiona colegios, médicos y documentos en Madrid, su esposo continúa en Ecuador. Luis conserva un trabajo estable y envía dinero para ayudar a cubrir los gastos de la familia.

La decisión de separarse no fue improvisada. Él había vivido anteriormente en España y conocía parte de las dificultades que podían encontrar. Además, su familia en Madrid podía ofrecer a Alejandra y a los niños una vivienda en Usera.

Esa red familiar facilitó la llegada. Tener un techo evitó que Alejandra tuviera que enfrentarse desde el primer día a los precios del alquiler y a las dificultades que encuentran muchas personas sin contrato de trabajo ni documentación para acceder a una vivienda.

Pero esa ventaja no resolvió todos los problemas. Alejandra vive con su suegra y otros familiares, ha empezado a trabajar algunas horas en servicios de limpieza y todavía depende del dinero que su esposo envía desde Ecuador.

Ambos consideraron más seguro que Luis conservara su empleo mientras ella trataba de estabilizar la vida de los niños. Llegar los dos sin trabajo habría dejado a la familia sin una fuente regular de ingresos.

Mientras sostiene económicamente al hogar desde la distancia, Luis también se ha encargado de gestionar en Guayaquil los documentos escolares y académicos que sus hijos necesitaban en España.

El plan es que permanezca allí hasta que la situación administrativa de Alejandra se aclare y la familia pueda valorar una futura reunificación con mayores garantías.

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Fuera de la regularización extraordinaria

Alejandra también ha quedado atrapada en la espera de los papeles, como muchas otras personas que viven en España sin autorización de residencia y aguardan el tiempo necesario para solicitar alguna modalidad de arraigo.

Su fecha de llegada resultó determinante. Aterrizó el 1 de enero de 2026 y no pudo acogerse al proceso de regularización extraordinaria aprobado este año, porque estaba dirigido a quienes pudieran acreditar que ya se encontraban en España antes de esa fecha.

Ahora deberá esperar y ver qué vía de arraigo se ajusta a sus circunstancias cuando cumpla el periodo de permanencia exigido por el Reglamento de Extranjería, que con carácter general se ha reducido a dos años.

Mientras tanto, no cuenta con autorización para trabajar formalmente. Esa situación le ha impedido aceptar empleos con contrato, aunque asegura que ya recibió una oferta.

Por ahora, trabaja algunas horas en servicios de limpieza. Sus ingresos rondan los 500 euros mensuales (USD 568) y no son suficientes para mantener a sus tres hijos sin el apoyo de Luis.

Alejandra admite que la distancia pesa, pero considera que la estrategia familiar les ha permitido conservar cierta estabilidad económica durante los primeros meses.

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El consejo para los que quieran migrar a España: “No quedarse con una sola respuesta”

Después de recorrer oficinas, centros escolares y consultas médicas, Alejandra ha desarrollado su propio método para enfrentarse a la burocracia. Guarda los documentos en archivadores, lleva copias adicionales a cada cita y anota los pasos pendientes. La organización se ha convertido en una herramienta para defenderse de las respuestas incompletas y de los procedimientos que cambian.

Su principal aprendizaje ha sido no conformarse con la primera información que recibe. “No me tengo que quedar con una sola opinión, con una sola respuesta. Si no me quedo contenta, me voy a otro lado hasta que me expliquen bien cómo es el proceso”, asegura.

También recomienda desconfiar de los consejos basados únicamente en experiencias migratorias antiguas. Lo que funcionó para alguien hace diez o quince años puede haber dejado de ser válido.

Escuchar a personas que llevaban mucho tiempo en España llegó a retrasar algunos de sus trámites. “Perdimos tiempo por dejarnos llevar de personas que han estado aquí años. Yo me he dado cuenta de que aquí cambia la cosa constantemente, los procesos cambian constantemente”, afirma.

A las familias que planean emigrar les aconseja llevar desde el país de origen todos los informes médicos, certificados académicos y documentos apostillados.

Contar con esos antecedentes puede evitar meses de llamadas y gestiones a distancia. “Traer la mayor información de sus hijos del colegio. Si tienen alguna condición, traer el diagnóstico, todo el historial médico, todo eso para que se facilite más y no volver a empezar desde cero”, señala.

Alejandra no oculta que el proceso ha sido duro. Durante meses ha vivido pendiente de llamadas, plazas vacantes, evaluaciones y documentos que se gestionaban en Ecuador.

Pero tampoco quiere que su experiencia se lea únicamente como una sucesión de obstáculos.

Sus tres hijos han encontrado finalmente un camino educativo. El adolescente se ha integrado en un instituto próximo a su casa; el pequeño acude a un centro adaptado a sus necesidades; y la mayor se prepara para comenzar una Formación Profesional en septiembre.

El consejo que deja a otras madres nace de esos meses de incertidumbre. “Que las personas no se desanimen. Que sepan que siempre va a estar cambiando la cosa y que tengan paciencia”, dice.

El año comenzó para ellos en un avión, entre uvas, champán y las dudas de una vida nueva. Alejandra todavía no tiene todas las respuestas sobre su futuro en España, pero ha conseguido algo que al aterrizar parecía lejano: que cada uno de sus hijos tenga un pupitre, un profesor y un lugar desde el que empezar de nuevo.

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