Dato y Relato

Cisnes negros y la amenaza de la estanflación

Fidel Jaramillo

Fidel Jaramillo

Ph.D. en Economía Universidad de Boston, secretario general del FLAR y docente de la UDLA. Ex gerente general del Banco Central y exministro de finanzas de Ecuador, y alto funcionario de CAF y BID.

Actualizada:

12 Mar 2022 - 19:05

El matemático y filósofo libanés-estadounidense Nassim Taleb escribió el libro El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, en 2007. Enseguida, se convirtió en un best seller y publicación de cabecera para explicar las crisis inesperadas.

Taleb define al cisne negro como un evento “raro, impredecible y de alto impacto”. No es fácilmente identificable, no hay manera de establecer probabilidades de ocurrencia y no se puede medir su impacto de antemano. Lo único que sabemos es que, tarde o temprano, tendremos que enfrentar algún evento de esta naturaleza.

De manera premonitoria, Taleb anticipó uno de los peores cisnes negros en un siglo: la pandemia del Covid 19. Pero cuando el mundo estaba sacando la nariz de esta crisis y parecía que lo peor había pasado, la guerra entre Rusia y Ucrania se presenta como un nuevo cisne negro que ensombrece la recuperación económica global. Añadió sal a la herida.

Un cisne negro es raro, pero dos seguidos es algo rarísimo. Nadie imaginó un escenario de tanta incertidumbre. A más de las irreparables pérdidas de vidas humanas, desplazados y destrucción, los efectos económicos de este nuevo cisne negro ya son evidentes.

El precio del petróleo aumentó más de 100% en los últimos 3 meses y rompió la barrera de los USD 100 por barril, un nivel que no se había visto desde 2014. Los precios internacionales de minerales, alimentos y otras materias primas han seguido esta tendencia.

Las bolsas de valores de Estados Unidos y Europa han registrado pérdidas acumuladas de entre 12,5% y 15% desde los máximos del año pasado. Adicionalmente, las cadenas de suministros y de pagos se han visto afectadas por la guerra y las sanciones económicas a Rusia. El volumen del comercio mundial será otra de las víctimas de este conflicto.

Todo ello ha complicado la situación postpandemia que ya era delicada. La economía global venía con signos de desaceleración.

En el caso de América Latina, luego de una auspiciosa recuperación de 6,8% en 2021, las estimaciones de crecimiento para 2022 se habían moderado a solo 2,4%, antes de que se desatara el conflicto bélico. Es muy probable que ahora se revise por debajo de 2%. Sería un caso agravado de partida de caballos, parada de burros.

Igualmente, el aumento de la inflación, provocado por las políticas fiscales y monetarias expansivas, la disrupción en la cadena logística y el paulatino desconfinamiento de las economías, ya venía afectando a los países desarrollados y a la mayoría de emergentes.

El incremento mundial de los precios de los combustibles y alimentos ha complicado aún más este fenómeno. En febrero, la inflación de Estados Unidos llegó a 7,9%, el nivel más alto en los últimos 40 años. Varios analistas pronostican inflaciones de dos dígitos y prevén que será un demonio que nos acompañará un tiempo.

El panorama cada vez más se acerca a una situación de estanflación, es decir, de estancamiento con inflación, especialmente en Europa. El fantasma genera ya una gran preocupación en el mundo. Esta semana, su búsqueda fue tendencia en Google y muestra más de dos millones de entradas en las últimas semanas.

Un menor crecimiento con aumentos de precios afecta el empleo y los ingresos de las familias, especialmente de aquellos más vulnerables, que tienen trabajos informales y que carecen de mecanismos para protegerse frente a los aumentos de precios.

En la canasta básica de los más pobres, por ejemplo, el peso de los alimentos y el transporte llega a alrededor de 40%, por lo que cualquier aumento de precios de estos bienes afecta duramente su bienestar.

La estanflación es uno de los problemas más difíciles de enfrentar en política económica. Los dilemas son evidentes. Por una parte, las autoridades quisieran incrementar las tasas de interés para controlar la inflación. Sin embargo, tasas más elevadas afectarían el acceso y costo de financiamiento de las empresas y las familias, con lo cual se empeoraría el estancamiento económico.

Por otra parte, las autoridades quisieran encarar tal estancamiento con bajas tasas de interés y políticas de expansión monetaria y fiscal. No obstante, esta combinación sería fatal en términos de inflación.

Adicionalmente, la historia económica muestra que si las expectativas de inflación se disparan, su control requiere ajustes más drásticos y costosos, con consecuencias económicas que muchas veces son impredecibles.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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