Leyenda Urbana
Evitar un suicido político colectivo
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

25 Ene 2021 - 19:01

En el año 399 a.c., Sócrates, el padre de la filosofía occidental, cuestionador y crítico, prefirió la copa de cicuta a renunciar a sus principios. 

A lo largo de la historia, la vida de los pueblos ha estado marcada por la defensa de sus valores; un enorme desafío que ha perdurado en el tiempo.

En las democracias, la herramienta más poderosa para que la gente exprese sus convicciones es el voto.

Ecuador va a las urnas el 7 de febrero próximo, con una descomunal crisis, por lo que la gran apuesta es atinar en el pronunciamiento popular.

En las condiciones del país, un certero movimiento de timón en la administración del Estado, podría enderezar el rumbo actual para avanzar. Por ello, se impone una seria reflexión previa de los 16 candidatos, uno de quienes tendrá en sus manos la conducción de la Nación.

Una clave para evitar cometer errores y arrepentirse cuando sea tarde, podría ser confrontar la realidad del país con el pensamiento del candidato.

Con miles sin un trabajo hay que escoger a quien propicie la generación de empleo, a partir de incentivar la inversión y el desarrollo de proyectos con reglas de juego claras.

Ante la enorme brecha educativa y la creciente deserción escolar, hay que ir por quien garantice la educación integral y de calidad, y promueva becas para los mejores estudiantes. 

Frente a un Seguro Social amenazado, cuyo colapso arrastraría a la miseria a miles de jubilados y dejaría sin salud a millones de afiliados, hay que escoger a quien se comprometa a no apropiarse del dinero de los cotizantes para usarlo como plata del gobierno.

Con una monumental y onerosa deuda pública, hay que decidirse por quién no desmontará los acuerdos con los multilaterales, que le han supuesto un respiro al país.

A quienes han abjurado de la dolarización y se presume buscarán la manera de desmontarla, no habría siquiera que mirarles.

Si la naturaleza está bajo acecho, hay que decantarse por quien garantice defenderla, entendiendo que su valor y riqueza son perdurables, en tanto que el extractivismo representa un ingreso temporal.  

Merece apoyo el compromiso de recuperar los miles de millones que se llevaron los corruptos, secundando la tarea de fiscales y jueces, y con la promesa de no meter la mano en la justicia.

Hay muchísimos otros temas, como aquel urgente de dotar de vacunas para frenar la pandemia, y otros más. 

El 7 de febrero también hay que apostar por la sensatez, el sentido común, la serenidad, la honestidad y la autenticidad. Jamás por un ventrílocuo impostado.

Hay que apoyar a quien promueva la paz y no el odio; que una al país y no lo divida. Que proteja las fronteras y luche contra el narcotráfico. Que propicie la libertad de expresión y no persiga a periodistas ni cierre medios. 

En las urnas también hay que desechar a los vendedores de ilusiones que, ahora, se han aprovechado de las redes para engañar, sobre todo a los jóvenes, de la misma forma que hacían los charlatanes en las ferias de los pueblos.

Tampoco se puede respaldar a esos que, evidenciando ausencia de olfato político y haciendo de la intransigencia ideológica una coartada, atacan al candidato equivocado. 

Hay que desechar a aquellos que, sin posibilidad alguna, juegan a la política. Advenedizos que han hecho de los sets de televisión pasarela de vanidades. Oportunistas que intentarán negociar respaldos a cambio de prebendas, en una segunda vuelta. 

Los electores, igualmente, tienen que dudar de quien ofrece entregar dinero apenas asuma el poder, ruin intento de comprar conciencias, pisoteando la dignidad y manipulando las emociones de los más pobres. Tanta abyección ameritaría, incluso, una denuncia del organismo electoral. 

La política y las elecciones tienen sus propios ritos, pero nunca ha incluido pretender hacer del país botín de piratas. Sería la perversión de la democracia.

Una elección es, en cierto modo, un mecanismo de autodefensa del propio sistema. Por eso, hay que plantar cara a cualquier indicio de autoritarismo. 

Ante unas votaciones decisivas, se tendría que privilegiar a quien reconozca en cada ecuatoriano un ciudadano libre, con capacidad para labrar su propio futuro. No un cliente al que se le ha vendido un producto engañoso, bien empacado. 

No se debe apoyar a quien, con vocación de tahúr de la política, pretenda deslegitimar el proceso electoral, aunque haya habido errores y limitaciones. 

Resulta inadmisible hacer de agorero como medida preventiva ante el riesgo de una derrota, sin entender que, de ganar, su propio triunfo estaría deslegitimado.

Apelar al voto nulo evidencia también una conducta rastrera. No hay que hacerles caso. “Después de mí, el diluvio”.  

Camino a las urnas, también servirá recordar la encrucijada moral que supuso la década pasada, cuando el totalitarismo persiguió, dividió, sojuzgó y movió el eje de la brújula ética del país. 

399 a.c., Sócrates prefirió la cicuta y morir, a renunciar a sus principios. En 2021, los ecuatorianos no podemos ir hacia un suicidio colectivo por no defenderlos.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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