Leyenda Urbana
El infierno que le espera al Presidente Lenín Moreno
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

8 Mar 2021 - 19:04

Los días que le restan en la Presidencia de la República a Lenín Moreno, hasta el 24 de mayo, se perfilan como una larga y dolorosa agonía política que tendrá sus momentos más delicados durante la campaña de la segunda vuelta electoral, en la que se volverá el blanco de toda la munición que se dispare, sin tener la menor posibilidad de poder esquivarla.  

Proporcionalmente inverso a lo que le pasó cuatro años atrás, cuando todo se alineó para que primero fuera el candidato de Alianza País (AP) y, luego, para que ganara las elecciones, hoy todo parece haberse confabulado para amagarle sus últimas semanas en el poder.

Con cifras de apoyo por los suelos, todo lo que haga o deje de hacer el gobierno será cuestionado. Y lo que diga el Presidente, aunque le asista la razón, ya no será creíble.

Son momentos de perplejidad porque para Moreno no todo lo malo viene desde afuera, sino que, en una suerte de implosión, su gobierno se desmorona lenta pero sostenidamente.

Viernes tras viernes, de manera religiosa, en las últimas semanas, el Presidente pierde a uno de sus más cercanos. 

En una suerte de implosión, su gobierno se desmorona lenta pero sostenidamente.

El 19 de febrero se fue Juan Sebastián Roldán, secretario del Gabinete y vocero del Gobierno, cuya palabra ya nadie quería oír. Y él tampoco quería decir nada. Se fue como en puntillas.

La semana siguiente, el viernes 26, se marchó el ministro de Salud, Juan Carlos Zevallos.

Renunció y abandonó el país al día siguiente llevando a cuestas la vergüenza de haber privilegiado la vacuna para familiares y personas que consideró importantes, antes que las de primera línea de las casas de salud expuestas al contagio de Covid-19, como era su obligación moral; al igual que a los ancianos de los albergues.

Zevallos dejó a la Asamblea Nacional con un juicio político en su contra en pleno desarrollo. Estaba acorralado.

A la semana siguiente, el viernes 5 de marzo, renunció el ministro de Gobierno, el general de Policía Patricio Pazmiño.

Su carga es pesada y dolorosa: un insólito motín en tres cárceles del país tomadas por las mafias del narcotráfico, con el aterrador saldo de 81 presos asesinados en una masacre sin nombre. Y luego la confirmación del descomunal atraco al Isspol, en el que, ahora, ha intervenido de la Justicia de Estados Unidos, y frente al cual nada pudo hacer durante su corta gestión.

Su carga es pesada y dolorosa: 81 presos asesinados en una masacre sin nombre.

¿Cuántos ministros y altos funcionarios más abandonarán a Moreno? ¿Cuántos más saldrán del país? Sin músculo político, el gobierno languidece también por falta de apoyos. 

Tras interpretar su contenido, el Consejo de Administración Legislativa o CAL devolvió a Carondelet, por segunda ocasión, el proyecto de Ley de Defensa de la Dolarización, que busca dar mayor autonomía al Banco Central de Ecuador.

Ni siquiera los que están de acuerdo en proteger la dolarización, lo respaldaron. La doblez del Gobierno se replica en la oposición.

En estos días es más notorio, pero la verdad es que Moreno nunca ha tenido un operador político competente; ni siquiera un operador. Con semejante déficit, el reparto de los hospitales fue un harakiri. Y la censura y destitución de la ministra de Gobierno, María Paula Romo, un golpe político del cual el gobierno no se ha podido reponer.

Moreno nunca ha tenido un operador político competente.

Hechos como estos quitarán lustre cuando al analizar el legado de Moreno se hable de la estratégica consulta popular que convocó y con la cual libró al país de autoridades de control alineadas y militantes; se prohibió la reelección indefinida y condenó al ostracismo moral y político a los sancionados por corrupción. Al igual que su oposición al socialismo del Siglo XXI, que desalineó el eje bolivariano. 

Eso sí, cargarán las tintas para recordar que dejaron escapar a acusados y sentenciados por corrupción, incluso, portando grilletes. Y hablarán del craso error o la complicidad inadmitida para mantener a correístas en toda la estructura del Estado, incluyendo el mismísimo palacio de Carondelet. 

Sabedores de que la política es un juego de acomodos, los correístas se acoplaron al morenismo y, sin hacer ruido, estuvieron cuatro años trabajando y conspirando, estimulados por el discurso de la traición que daba sentido a sus malas artes. Y allí siguen.

Los correístas se acoplaron al morenismo y, sin hacer ruido, estuvieron cuatro años trabajando.

A semanas de dejar el poder, y hasta expulsado de AP, Moreno debe preguntarse dónde están ahora que necesita oxígeno político aquellos que, desde diversos espacios sociales, defendían su gobierno con vehemencia. Hoy, no queda nadie.

Todo esto mientras el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de ecuatorianos es angustiante y peligroso y el país confirma que el liderazgo nacional es de medio pelo, pues no mira más allá de sus propios intereses. Y que a la dirigencia política le resbala todo. 

A la dirigencia política le resbala todo. 

Si existiera la eutanasia política, capaz que el presidente pediría se la aplicaran. Pero no hay. En semejante trance, Moreno está condenado a sobrevivir los últimos 76 días en Carondelet como en un verdadero infierno político.

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