Contrapunto
El Nobel portugués tenía claro eso que se conoce como miseria humana
Fernando Larenas

Fernando Larenas

Periodista y melómano. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.

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28 Ago 2020 - 19:00

Durante los meses del confinamiento recurrimos a buscar aquellos libros que hablaban de plagas, pestes, pandemias, etcétera. Los libros más comentados fueron el de Albert Camus –La peste– que retrataba a una ciudad argelina devastada; también apareció Némesis, de Philip Roth, El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez.

Esos y otros libros fueron escritos sobre hechos reales ocurridos en un determinado tiempo, que dejaron millones de muertos, como los 25 millones de europeos, entre 1346 y 1353, en lo que se conoció como la peste negra y que Ole J. Benedictow cuenta con toda la crudeza del caso. 

Hay otros libros de ficción apocalíptica, como La carretera, de Cormac McCarthy o Ensayo sobre la ceguera (Ensaio sobre a cegueira), de José Saramago, un libro que valía la pena releer porque pareciera que cuando lo publicó, 25 años atrás, decidió hablar de nosotros (los humanos) sin reservas de ninguna clase y sin siquiera sospechar que una pandemia que salió de China iba a causar estragos tan grandes en la economía mundial.

El Nobel de Literatura de 1998 ensaya la posibilidad de que una epidemia de ceguera, a la que los actores denominan provisionalmente mal blanco, contagiase a toda la población de una ciudad-país que no identifica, con personajes que tampoco menciona por sus nombres y un gobierno desconcertado que no sabía qué hacer.

Al primer ciego se lo denomina así porque fue el primero en contraer el mal mientras conducía su automóvil; su esposa es la mujer del primer ciego; la chica de las gafas oscuras es otra de las víctimas; también el oftalmólogo identificado como el médico; la mujer del médico (la única que no pierde la vista), el viejo de la venda negra y el niño estrábico.

Era el grupo de los primeros infectados que fueron llevados hasta un edificio que antes era un manicomio. La idea era ponerlos en cuarentena hasta que las autoridades desarrollen los programas de emergencia sanitaria nacional e investiguen el origen de la repentina enfermedad.

Posteriormente, y de manera vertiginosa, el improvisado hospital comenzó a llenarse con otro grupo de contagiados, todos vigilados por el ejército que, además, debía cuidar que nadie se escape del cautiverio o cuarentena para evitar que el mal se propague.

En los hospitales el drama era terrible, similar al que hemos conocido en estos días. Los médicos de la novela, ya contagiados por la inexplicable ceguera, por vocación y ética tenían que atender a ciegas a los pacientes que llenaban y repletaban los dispensarios de salud.

En el primer cautiverio, adaptado para aislar a las personas no videntes, comenzaba el hacinamiento y ahí es donde el autor de El evangelio según Jesucristo comienza su relato sobre ese país en el que se traficaba con la poca comida que el Gobierno enviaba a los enfermos.

Aparece un grupo de poder, denominado Los malvados, que recibían directamente la comida y luego la distribuían racionada a los demás enfermos; incluso permitían que se pudriera porque habían planificado un perverso negocio.

La mafia primero exigió que los demás ciegos se desprendan de sus cosas de valor: anillos, relojes, radios a pilas… Pero eso se acabó pronto, las exigencias comenzaron a escalar y el precio fue la violación de todas las mujeres que estaban internadas en los otros pabellones.

“Si no nos traen mujeres, no comen”, fue la amenaza de los capos y los militares no dijeron nada.

La miseria humana quedaba crudamente retratada y Saramago tuvo la precaución de no identificar a ningún país. En esta columna tampoco vamos a identificar a ninguna ciudad, pueblo o país, no hace falta, la conducta miserable tiene la mala virtud de replicarse donde quiera que se presente una emergencia sanitaria.

En la crisis del Covid-19 muchos médicos, enfermeras, policías y otros servidores, murieron sin que se les haya proporcionado –en un principio- las herramientas necesarias para trabajar y evitar ser contagiados, igualito a como lo narra el autor del Ensayo sobre la lucidez

En el cautiverio por causa de la ceguera sí había comida en abundancia para todos, pero a costa de un sobreprecio inmoral.

En la actual pandemia, que todavía no acaba, se vendían mascarillas sobrevaloradas, se encontraron toneladas de medicamentos en la casa de un inescrupuloso político; mientras tanto en los hospitales los pacientes morían sin atención.

El autor de Todos los nombres no imaginó que, 25 años después, los billetes ganados con la pandemia los sacarían en aviones que luego se desplomarían por sobrepeso; tampoco sospechó que en los barrios se harían fiestas masivas mientras los contagiados se morían en la calle por falta de atención.

En la novela de Saramago, en las peores condiciones sanitarias, sin agua en los baños, una fila grotesca de mujeres malolientes, con sus ropas inmundas y andrajosas se entregaba al deseo animal por el sexo. Durante horas pasaron por la humillación de violaciones masivas, de ofensa tras ofensa.

En la historia del Nobel de Literatura se bajaron todos los escalones de la dignidad humana, se llegó a la abyección; en la actual pandemia caímos al inframundo del cual será difícil regresar.

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