Leyenda Urbana
Quito se sacude de un lastre. La remoción de Yunda es ejemplar
Thalía Flores y Flores

Thalía Flores y Flores

Periodista; becaria de la Fondation Journalistes en Europa. Ha sido corresponsal, Editora Política, Editora General y Subdirectora de Información del Diario HOY. Conduce el programa de radio “Descifrando con Thalía Flores” y es corresponsal del Diario ABC de España.

Actualizada:

7 Jun 2021 - 19:02

Hay que felicitar a Quito y a los concejales del Municipio del Distrito Metropolitano por haberse librado de Jorge Yunda quien, a pesar de haber sido elegido en las urnas, nunca mereció ser su alcalde. Su remoción parece tener un efecto balsámico para una sociedad en permanente sobresalto por su incómoda presencia.

Yunda avergonzó a Quito de principio a fin. Ni siquiera los oscuros manejos denunciados, los tomó en serio. Hoy pretende hacerse la víctima, arguyendo que lo botaron en razón de su extracción social.

En realidad, debe costarle creer lo que le ha pasado. Su estrategia era salir vencedor por la vía de la fatiga de sus contradictores. No pudo. Los ediles se llenaron de coraje, impulsados por la desfachatez del funcionario para encubrir sus acciones reñidas con la ley y el decoro.

Yunda avergonzó a Quito de principio a fin.

El alcalde ha sido removido de su cargo con un proceso legal, sustentado en el Código Orgánico de Ordenamiento Territorial (Cootad), que contempla la figura de la remoción, mediante una denuncia presentada por la ciudadanía.

La participación ciudadana resultó destacable por la solvencia argumentativa de Carolina Moreno y de Jessica Jaramillo, del Frente de Profesionales por la Dignidad de Quito, lo que hundió más a Marcelo Hallo, del colectivo Quito Unido, quien pretendió invalidar el proceso, al retirar su pedido de remoción, a pesar de haber asegurado que las causales de destitución son por “el incumplimiento expreso de la ley” y “mal uso y despilfarro de fondos de la ciudad”.

Yunda hizo del Municipio una suerte de hacienda propia, en la que su hijo Sebastián se encargaba de los negocios. Los chats de su teléfono, incautado por la Fiscalía, dan cuenta de que ofertaba terrenos municipales para hoteles o estadios, y transaba con los contratistas.

Pero el alcalde, responsable institucional, dice que lo desconocía, lo que confirma que no estaba siquiera preparado para proteger los bienes de la ciudad.

En realidad, se trata de un caso para psicólogos, que tendrían que profundizar en el estudio del cinismo exacerbado; el doble estándar de alguien que quería hacerse pasar por persona sensible, adoptando perritos, reportando en vivo la llegada de las vacunas, en tanto que su hijo se involucraba hasta en el nombramiento de funcionarios.

En Teleamazonas, el viernes, Yunda aludió, otra vez, a sus orígenes como la causa de su remoción, olvidando que el grillete que porta, como medida sustitutiva a la prisión preventiva, fue dispuesto por el juez que lleva el caso por el presunto peculado en la compra, con sobreprecio, de 100 mil pruebas para detectar Covid-19.

Si de encontrar culpables para su desgracia se trata, Jorge Yunda debería mirar a su propio hijo, leer sus chats, cuya información está judicializada, y darse cuenta de que, en realidad, es él quien propició su caída.

Podría también mirar las observaciones de la Contraloría sobre la repavimentación y enterarse de que incumplió con la Constitución al no presentar informes sobre la ejecución presupuestaria, entre otras faltas.

Para Yunda debe resultar un enigma que la imagen de buen tipo que transmitía desde su conglomerado de medios de comunicación, que le resultó útil durante la campaña, no le sirviera como alcalde. Tampoco hay que olvidar que, políticamente, Yunda es hechura de Correa.

Ese poder le acorazó ante el gobierno de Moreno, incapaz de aplicarle la ley y reglamentos como sí lo hizo a otros concesionarios de frecuencias de radio y televisión.

Por esto y más, la remoción de Yunda, el alcalde del Masseratti, no es un tema menor. Ocurre por primera vez en la historia de Quito, cuyos 23 alcaldes culminaron su mandato, desde que, en 1945, se eligió a Jacinto Jijón y Caamaño, como primer administrador de la ciudad.

Hoy, mientras el Tribunal Contencioso Electoral absuelve sobre la legalidad del proceso, se impone una reflexión colectiva.

Una tiene que ser de aquellos políticos que coparon la papeleta, en la que hubo 18 candidatos a la Alcaldía de Quito, aunque muchos sabían –porque se les dijo- que entre ellos se neutralizarían, favoreciendo a algún advenedizo. Perjudicaron a la capital.

La ciudadanía también tiene que hacerse un mea culpa, porque no puede dejarse encandilar por las luces y el sonido estridente de las ofertas de políticos impostores. Con responsabilidad tiene que analizar los antecedentes, el entorno y el pensamiento de los candidatos. Pero allí estamos.

La ciudadanía no puede dejarse encandilar por las luces y el sonido estridente de las ofertas de políticos impostores.

Habiéndose librado del lastre que le agobiaba, es momento de recuperar el tiempo perdido; ojalá también el dinero robado.

La remoción es ejemplar por la valentía al haberla adoptado, y por la advertencia que implica para otros funcionarios del país.

Con apenas dos años de gestión por delante, el desafío para el nuevo alcalde es descomunal. Tiene que resolver temas delicados como el del Metro, la repavimentación, el aseo de la urbe, a la vez que forjar un liderazgo en la ciudad.

Es momento de recuperar el tiempo perdido; ojalá también el dinero robado.

No hay tiempo que perder. Hay que poner el contador a cero y reiniciar. Camino al Bicentenario, Quito tienen que hacer honor a quienes nos dieron la libertad.

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