'En defensa de la usura'
Fellow en Estudios Latinoamericanos del Instituto Cato. Entre 2006-2026 escribió para El Universo (Ecuador). Es autora de En busca de la libertad: Vida y obra de los próceres liberales en Iberoamérica (Editorial Planeta, 2025).
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Hay ideas o prejuicios que, como la mala hierba, nunca mueren. Entre estas se encuentra aquella de que las tasas de interés deben estar controladas, esto es, que el precio del crédito debe ser controlado mediante la ley. Hay creencias limitantes como esta que deben ser derribadas para poder avanzar hacia las reformas que necesita el país para crecer más. Una de estas reformas es la internacionalización del sistema bancario, hazaña que no se logrará sin, entre otros factores, la eliminación del control de las tasas de interés.
El control de las tasas de interés tiene una larga historia. Hace más de 2000 años (siglo 4 a.C.) Aristóteles consideró el dinero como algo “estéril”, por lo cual no se podía cobrar interés. Luego, en el Medioevo el cobro de intereses era mal visto por las religiones cristiana, judía y musulmana —todas diseñando sus excepciones mayores o menores para permitir el desarrollo de las actividades económicas. Siglos después, en 1787, Jeremy Bentham publicó un libro titulado como este artículo para defender la libertad en el cobro de intereses. Hoy, persiste el prejuicio en contra de la usura.
La semana pasada comentamos aquí la tradición hispana de la libertad en cuanto a la soberanía popular. Aquí podemos volver a esta tradición sobre una de sus importantes contribuciones a la libertad económica propia de las civilizaciones modernas. Es allí donde pensadores de la Escuela de Salamanca desarrollaron conceptos económicos importantes que aportaron fundamento para empezar a aceptar moralmente el cobro de intereses. Francisco de Vitoria empezó por determinar que el “precio justo” se derivaba de la “estimación común” de los participantes en el mercado. Domingo de Soto describió y aprobó la concesión de crédito por parte de los bancos. Se refirió al lucro cesante o costo de oportunidad del dinero. La historiadora Marjorie Grice-Hutchinson explica que se argumentaba que, como el dinero era la herramienta del comerciante, este tenía derecho a una compensación cuando se privaba asimismo del dinero para realizar un préstamo.
Finalmente, Luis de Molina (1535-1600) argumentó que el dinero es “fructífero” puesto que al ser invertido puede generar un retorno y que, por ende, no está mal cobrar un interés por prestarlo. Entonces, se reconoció el costo de oportunidad del dinero, la preferencia temporal del dinero y que el capital es fructífero.
Como los escolásticos trabajaban dentro de una Iglesia que formalmente prohibía la usura, se proveyeron ficciones legales para evadir la prohibición formal del cobro de intereses y los pensadores aquí se cuestionaron la moralidad de una práctica abundante, expresando un conjunto de conceptos económicos básicos que darían—tímidamente y con muchas excepciones—cuenta de su justicia.
Volviendo a Bentham y su defensa de la usura, libre de ataduras religiosas y ya en plena Revolución Industrial, escribió desde Rusia en 1787 que a ningún adulto “en pleno uso de sus facultades mentales, que actúe libremente y con plena conciencia, se le debe impedir, en beneficio propio, que celebre el acuerdo que considere adecuado para obtener dinero; ni tampoco, (lo cual es una consecuencia necesaria) se debe impedir a nadie que le proporcione dicho dinero, en los términos que él considere convenientes”.
Los controles de tasas de interés suelen justificarse en aras de proteger a los prestatarios de abusos por parte de los banqueros y de lograr acceso a crédito a tasas más bajas. Lo que sucede en la práctica, decía Bentham, es que se excluye del mercado a quienes más necesitan el crédito y se los relega a opciones más desagradables que un crédito costoso: tener que vender por necesidad sus escasos activos, usualmente a precios desfavorables para quien vende. Esto sucede en Ecuador, donde la exclusión de sujetos de crédito del mercado formal—solo 16,4% de la población accede a un crédito formal— los relega a los mercados informales, donde están sujetos a tasas que promedian un 1.238% anual.
Bentham explicaba que los controles no solo excluyen clientes del mercado formal, sino también a la competencia para los bancos existentes, ejerciendo una presión al alza sobre las tasas de interés. Adicionalmente, culminaba Bentham, excluyen a un sinnúmero de proyectos e innovaciones que por su novedad o desconocimiento implican un riesgo superior que no alcanza a ser cubierto por el tope de la tasa de interés arbitrariamente decretado por las autoridades. Así se limita la oferta de crédito, relegando a quienes se pretende proteger a un mercado negro onerosísimo y se le cortan las alas a los empresarios del país.