La Parca y la Mirsa
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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México entiende la muerte. Por eso en Comala todos estaban muertos, incluido Miguel Páramo, el hijo de Pedro, que pensaba que seguía vivo. Luego dijo que había mucha neblina o el humo o no sé qué, en alusión, creo, a la frontera entre el mundo de los vivos y el de los que ya no están, la misma que se vuelve permeable el 1 de noviembre de todos los años, durante el Día de Muertos, el equivalente mexicano al que Ecuador celebra el día 2 de ese mes. Las familias mexicanas esperan, sobre todo a los ancestros, con altares que son prueba de que la memoria aún persiste. El hecho de recordar a los seres queridos que han partido es el vehículo entre esos dos planos y, también, la fuerza poderosa que mantiene la unión entre las personas de acá y del más allá.
El alebrije es una criatura fantástica del arte popular mexicano y combina rasgos distintos de animales, como el cuerpo del jaguar, alas de águila, cuernos o cola de serpiente. No es, sin embargo, un concepto tan antiguo pues su creador fue el artesano Pedro Linares López en los años treinta del siglo XX, luego de un sueño o estado febril en el que esas criaturas le gritaban la palabra “alebrijes”. Es probable que un concepto de esa naturaleza se haya basado en el xoloitzcuintle, el perro que ayuda y acompaña al difunto en su tránsito hacia el Mictlán, el lugar al que se dirigen buena parte de los muertos en la cosmovisión mexica. Quizá el alebrije encuentre su fundamento, también, en el nahual, que puede ser el alter ego espiritual de una persona y que toma la forma de un animal, como el perro, el guajolote, el jaguar, el coyote o el búho.
Inmenso en el mundo perruno de mi infancia, fui durante muchos años incapaz de comprender el poder de los gatos. Tuvo que pasar demasiado tiempo para empezar a entender que los egipcios tenían razón cuando los asociaban al hogar, la fertilidad y las fuerzas protectoras. Igualmente, estaban en lo cierto los nórdicos, que los relacionaron con Freyja, la diosa del amor, la magia y la guerra. Cuando la Mirsa llegó a mi hogar yo era un adolescente ansioso de un futuro que, ciertamente, no tardó tanto en llegar. Pronto dejé la casa de mis padres y me puse a recorrer el mundo y los estadios varios de mi libertad. Jamás agradecí esa presencia felina tan trascendental, que intentó llenar el vacío que yo dejaba. Creo, de hecho, que nunca merecí ese apoyo.
Mirsa no se llamaba así originalmente, pero jamás aceptó un primer nombre asignado. Con el tiempo encontró el suyo propio, y sin que mi madre lo intuyera, aludía a la etimología persa: Mirza, con z, significa hija de príncipe o de princesa. Y así vivió, pese a mí y a todas las dificultades que con los años se fueron derramando sobre nuestras vidas. Posada junto a la ventana, recibiendo los rayos del sol templado de los Andes, descansaba con la seguridad nobiliaria de su estirpe. Cuando por fin me acerqué para hacer las paces, ella tenía más de quince años. Me recibió, primero, con una dignidad basada en la sospecha y, luego, generosa y sublime, porque los seres superiores pueden ser indulgentes con esta pobre y confundida especie humana.
Así fue como descubrí el poder de los gatos. No solo son teléfonos, como pensaba Cortázar y como lo confirmó el novelista Carlos Arcos Cabrera. Me parece que son algo más. Quizá sean alebrijes o espíritus muy poderosos, que toman forma felina para venir a sanar los dolores de esta frágil humanidad. Por eso se comportan siempre como dioses. Murió unos pocos meses después de la curiosa e inesperada llegada de su reemplazo. Tenía 19 años y un mes el jueves 18 de agosto en que se fue, ronroneando en los brazos de la Parca. Yo la pensaba, justamente, al contemplar el eclipse de Luna sobre el cielo de Tepoztlán, en Morelos. Creo que la volveré a ver algún día, en esa neblina o humo o no sé qué, y, pese a que quizá no sabré hablar su antigua lengua felina, ella sabrá que le agradezco por haber estado con mis padres tantos años, justo aquellos en que yo no estuve. Pero los gatos saben siempre por qué llegan a una casa y cuál es su misión. Así de preciso es su poder.