El miedo a la muerte: reflexiones antes del capítulo final de ‘Cien años de soledad’
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Cuando se convierte en la nueva matriarca de la familia Buendía, Fernanda del Carpio parece encarnar la energía del Siglo XX colombiano y de gran parte del continente. Había llegado al carnaval de Macondo como Reina de Madagascar. No lo sabía, pero fue el Caballo de Troya de los conservadores para, servidos de los disfraces, entrar al jolgorio y masacrar a los liberales. Se habían propuesto, además, asesinar a todos los hijos del coronel Aureliano Buendía, para que su descendencia no amenazara su proyecto largo de poder. El joven Aureliano Segundo, sobrino del coronel, quedó prendado de su belleza y su pronunciación de páramo. Le atraía su imagen, mezcla de misterio y pureza. No tardó tanto en saber cómo era en realidad. Orgullosa, curuchupa, reprimida y cruel. Remedios la bella, cuando le canta sus verdades, le dice que el pudor es para la gente que tiene que rezar día y noche a fin de sacarse lo que llevan dentro.
Para ese entonces Macondo había cambiado radicalmente. El coronel Aureliano Buendía había dejado las armas, no porque creyera en la necesidad de la paz, sino porque la lucha armada había perdido su significado: los liberales habían terminado convirtiéndose en aquello contra lo cual combatieron. Ese fracaso, rotundo porque era el de un pueblo entero, no era el término de una etapa o una guerra, sino su fin existencial. Y como luego había fracasado también en su intento de acabar consigo mismo, no le quedó otra que asumir un irreductible encierro. No era uno monástico, sino uno sin esperanzas. Hacer y rehacer los pescaditos de oro, fundirlos y refundidos una y otra vez, solo para hacer algo con el tiempo, sin entender que ese acto era una metáfora de su familia: repetir generación tras generación, los ciclos.
El precio de la derrota es ese: reconocer que todo aquello contra lo cual se ha luchado se volvió un nuevo y dominante modelo de poder. Cuando la compañía bananera llegó a Macondo y se dedicó a explotar y reprimir a los trabajadores, el coronel no es más que un viejo vencido, a quien la indignación no le sirve de nada frente a un orden que, ni de lejos, puede cambiar. Quizá ese es el verdadero momento de su muerte. Y claro que luego queda el resplandor de la historia, y sus misterios, como prueba de que esas luchas dolieron, pero también valieron la pena. El mismo Gabriel García Márquez otorga en la ficción de ‘Cien años de soledad’ el lugar y la dignidad que la historia no le concedió a aquella clase obrera, pues la masacre de las bananeras fue un evento real, borrado de todo registro, que aconteció la noche del 5 al 6 de diciembre de 1928 en la Ciénaga. Nunca se logró determinar el número de víctimas. Esa duda o misterio, también es Colombia y la América Latina.
Con la United Fruit Company había llegado el progreso y Macondo sentía, por fin, que se conectaba con el mundo. De ese tiempo solo quedará una nostalgia violenta que ardía en la memoria y confundía la realidad, en medio del marasmo y la sensación de estancamiento. A partir de entonces, Macondo ya solo era pasado e imágenes decadentes. Por esas calles nauseabundas, entre el ruido y la apatía de los transeúntes, deben conducir el ataúd de la matriarca Úrsula Iguarán de Buendía, la olvidada fundadora del pueblo. Lejos había quedado el tiempo de la magia y de su marido, José Arcadio, cuyo funeral dio ocasión a la lluvia de flores amarillas, que ya no llegó. Era el fin de una era de sincretismo, folclor y alegría, la de mamá Úrsula, para dar paso al siglo XX colombiano, encarnado, ya está dicho, en Fernanda del Carpio.
García Márquez había dejado muy claro que detrás de ‘Cien años de soledad’ estaba la voz de su abuela, Tranquilina Iguarán Cotes, que en la Aracataca de su infancia le narraba, con la naturalidad y frialdad de quien describe lo cotidiano, los relatos sobre supersticiones, apariciones, presagios y todo tipo de acontecimientos sobrenaturales, incluso las levitaciones de quienes desaparecen en el cielo y entre sábanas. Para la historia de la literatura latinoamericana, ese tono, fue el fundamento del realismo mágico: contar lo imposible como un suceso del día a día. Me gusta pensar que para García Márquez, quizá, solo fue la nostalgia de un nieto que evocaba, aún, su infancia y a quienes le descubrieron el mundo. La historia sobre las guerras civiles, la violencia política, las gestas militares y los hechos descarnados de la historia, como la masacre de las bananeras, los aprendió de su abuelo curtido, el coronel Nicolás Márquez, que había sido combatiente de la Guerra de los Mil Días y que esperó, hasta la muerte, a que le enviaran su pensión de veterano.
Ante la inminente llegada, el próximo 26 de agosto, del capítulo final de la serie de Netflix hay que pensar que, tal vez, el motor de la historia era otro: se trata de algo aún más sencillo, que José Arcadio, el primogénito de los Buendía, había descubierto gracias a Pilar Ternera cuando era muy joven y que le describió a Aureliano, su hermano menor y futuro coronel, como un temblor de tierra. Así lo sintieron las siguientes generaciones de la familia cuando cada uno entendió por qué la especie humana le tiene miedo a la muerte. Sobre ese tema, Borges reflexionó en un famoso cuento, en el que hablaba de una secta alrededor de un rito antiguo y universal que ni siquiera necesitaba de palabras y que se practicaba con todo tipo de variaciones, costumbres y circunstancias. Fernanda del Carpio aseguraba al creador que no era por vicio ni por fornicio. Ella, metáfora de que la historia la escriben los que ganan y no los que pierden, jamás comprendió que también era posible el baile, el movimiento y el ritmo, incluso o sobre todo ante la muerte. Porque así de misteriosa es la memoria. Por eso, pienso, es preferible que las esperanzas mueran en la literatura, allí y solo allí. Es nuestro intento de darnos, como dijo García Márquez el día en que recibió el Nobel, una segunda oportunidad sobre la tierra.